La virgen puta. Una novela negra y punk por entregas de Patxi Irurzun con ilustraciones de Juan Kalvellido.

Compré un periódico y lo hojeé en el autobús que me llevó a la clínica San Andrada. No decía nada sobre profanaciones en el cementerio, pero sí respecto a la muerte del tipo de la tirita. Hablaba de un accidente y citaban las iniciales del fallecido. En la sección de esquelas busqué la de alguien que se correspondiera con ellas. El funeral se celebraría al día siguiente. Memoricé la dirección de la iglesia. No pensaba faltar. Tenía la impresión de que allí se iba a solucionar todo. 

Pero ahora mi principal preocupación consistía en saber cómo conseguiría hablar con el doctor Balaguer. Todavía no tenía ni idea de que otra de las noticias de aquel día me facilitaría las cosas.

«Su Majestad el Rey visitará hoy Jamerdana para someterse a un chequeo médico», decía un titular, y aparecía una foto que le había sido tomada recientemente en una cacería en la cual se había cobrado una pieza, un macho cabrío de unos quince años de edad.

-Que pedazo de cabrón- me dije.

Había muchos policías en los alrededores y también en la propia clínica, pero a mí el plastón en la nariz me permitía moverme sin ningún tipo de problemas. Eso sí, del doctor Balaguer ni rastro. Todos los bedeles o enfermeras a los que preguntaba me miraban estupefactos, o sonreían sin contestarme nada. Al parecer el doctor Balaguer era inaccesible, innombrable, una especie de dios. Alguien como él sólo trataba con personajes de su estatura y por eso cuando vi arremolinarse en una ventana a un grupo de gente y exclamar «¡El rey, el rey»! comprendí que inevitablemente tendría que salir a recibirle.

Me lancé escaleras abajo, hacia la entrada. No me costó reconocerle. El doctor Balaguer era un hombre mayor. Quizás sesenta años. Quizás setenta. Llevaba una barba cenicienta y algo desgreñada, sin bigote. Parecía un chivo; o un genio loco. El pelo, también ceniciento, le caía en un flequillo deslavazado sobre la frente y se sublevaba reseco, por detrás, en mil gallos que se erguían quiquireando cada vez que meneaba la cabeza. Sus ojitos, allá al fondo, tras los cristales de sus gruesas gafas, eran sólo dos puntitos que los libros, el trabajo, habían ido desgastando como el último caramelo en la boca de un niño goloso, y eran sus cejas despeinadas las que expresaban, arqueándose, retorciéndose, todo cuanto a aquellos resultaba imposible. El mohín despectivo de sus labios y sus mejillas desencajadas, tal vez venidas abajo por el peso de infinitas sonrisas echadas a perder, le concedían a su rostro un aspecto solemne, distante… En suma, el doctor Balaguer era una de esas peligrosas personas que no parecen haber sido niños jamás.

Estuve observándole, siguiendo todos sus movimientos allá hasta donde los guardaespaldas del monarca me permitieron. No pensaba perderle de vista. Si los dos hombre-dios se dirigían a una planta yo aguardaba en el extremo del pasillo mezclado con el resto de los mortales. Era algo tedioso y sin embargo la gente sonreía, y comentaba que el rey estaba muy guapo, o que su mirada despedía un brillo de inteligencia. Así transcurrieron un par de horas, al cabo de las cuales Su Majestad finalizó el reconocimiento médico y salió a la puerta de la clínica para dirigirse a otro sitio, a inaugurar una feria de maquinaria, a que lo invistieran doctor «honoris causa», a cazar machos cabrío de quince años de edad u osos borrachos.

En ese momento los cientos de policías se esfumaron, y lo mismo los curiosos, pero fue cuando yo realmente entré en acción, y al cruzarse en mi camino de regreso a su despacho abordé al doctor Balaguer.

-Lo sé todo- le dije.

El me miró con cierta perplejidad por encima del hombro, pero no se paró. Vi también como inmediatamente dos matones surgían no sabía muy bien de donde y se abalanzaban hacia mí.

-Todo sobre los trasplantes, el tráfico de órganos- grité muy deprisa, y entonces el doctor se giró, hizo un gesto a los guardaespaldas y me pidió que lo acompañara a su despacho.
Era un despacho elegante pero a la vez austero, con muebles de madera oscura y olor a capilla. Sobre el sillón del sillón Balaguer había una foto del rey y un gran crucifijo. Eso me daba mal rollo, era lo mismo que en las comisarías.

-Siéntese- dijo y sonó como una orden.

-Estoy bien de pie- dije, por lo tanto.

-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? ¿Qué sabe?- él continuaba hablándome en aquel tono.

Lo odiaba. Odiaba a todos esos cerdos para quienes no significábamos nada, sólo un número, un voto, un riñón…

-Sé que usted está operando bajo manga a gentuza como Jaime Ignacio, sé que está procurándose lo órganos de vagabundos asesinados. Lo sé todo; o casi todo. Todavía tengo que averiguar quién le está haciendo el trabajo sucio. Eso es lo que quiero y usted me lo va a contar.

-¿Por qué?- preguntó muy seguro de sí mismo.

-Porque todavía no le he contestado a la primera pregunta. Yo soy alguien a quien SÍ le importan esos vagabundos muertos. Me importan tanto que estaría dispuesto a arrojarle a usted por esa ventana si no llego hasta el final de este asunto- le amenacé cercándole con mi cuerpo contra la susodicha ventana. Por una vez las cosas sucedían al revés que en las comisarías.

El doctor Balaguer cabeceó buscando la puerta, pero yo seguí sus movimientos, a sólo unos centímetros de su cara, regodeándome en su miedo y la rabia que le daba haber cometido el error de dejar a sus matones en el pasillo.

-Está bien, le daré lo que me pida.

Hablaba de dinero. Aquella gente siempre hablaba de dinero.

-Ya le he dicho lo que quiero.

Me acerqué un poquito más a él.

-Está bien, está bien. Tranquilícese.

La vida daba muchas vueltas. En un momento estabas contando chistes con el rey y al siguiente un terrorista te echaba su aliento a tabaco negro y cerveza caliente a la cara. Eso te hacía comprender lo pequeño que eras.

-Yo solo soy un pobre doctor- decía, por ejemplo, aquel mierda-. Me ocupo sólo de la parte médica, las operaciones, y no me intereso demasiado por la procedencia de los órganos. Puede que ese haya sido mi error. 

Era evidente que mentía. ¿Cómo podía operar un tipo con semejantes gafotas de culo de vaso?

-¿Quién se ocupaba del trabajo sucio? ¿La policía?

-No, no.

-¿Quién? Deme nombres. ¿Para quién trabajaba el hombre que murió ayer?

Aquello de avasallar a la gente no era mi estilo, pero avasallar a los gorrinos era distinto y ya me había dado resultados positivos, por ejemplo con el follamuertas.

Esta vez tampoco falló.

El doctor Balaguer dijo aquel nombre. Me quedé de piedra. Hasta tal punto que consiguió zafarse y correr hacia la puerta gritando «¡socorro, socorro!».

Entonces reaccioné, me di cuenta del peligro que corría y yo también me lancé hacia la puerta, bloqueándola apoyado sobre ella.

-Es usted hombre muerto- me amenazó, pero tal vez aquellas palabras fueron las que me dieron fuerzas para soportar las violentas acometidas desde el exterior y guardarme las espaldas de sus guardaespaldas.

-Si esos gorilas me tocan un pelo tengo unos cuantos informes preparados para enviar a todos los medios de comunicación- inventé, jadeando.

No iba a aguantar mucho más. La puerta se había abierto ya unos centímetros y una manaza asomaba intentando agarrarme de los pelos. 

-Todos los medios de comunicación son nuestros- dijo el doctor Balaguer.

-Casi todos- conseguí articular al tiempo que mi cuerpo era impulsado hacia delante, y mientras intentaba inútilmente no perder el equilibrio añadí: -Y dentro de poco hay elecciones.

La muñeca se me dobló al caer contra el suelo, la oí crujir, y después sentí una especie de latigazo subiéndome por el brazo. Pero los matones no se apiadaron de mí.

Me pusieron de pie retorciéndomelo.

-¿Qué hacemos con este quinqui?- preguntaron a su amo, no obstante, antes de darme de hostias.

Aguarde la respuesta con la misma ansiedad que ellos.

-Acompañadlo a la salida. Ya nos ocuparemos de él más adelante- ordenó el doctor Balaguer.

Tenía que pensárselo. En una situación así un escándalo no le convenía, necesitaba tiempo para prepararse el camino, la manera de eliminarme sin dejar huellas.

Los orangutanes me sacaron del despacho en volandas. Por los pasillos me llevaban emparedado, todavía en volandas, pero intentando disimular, como si fueran dos celadores acompañando a un pobre enfermito.

-¡Soltadme, soltadme, hijoputas!- comencé a berrear, en parte porque me repelía semejante prepotencia, en parte porque la muñeca me dolía horrores.

El caso es que terminaron por soltarme, o más bien por arrojarme al cuarto de la ropa sucia. En una clínica como aquella los mecagüendioses que yo profería eran más devastadores que la goma 2.

Me quedé allí, a oscuras, recostado sobre un mullido montón de sábanas sucias, hasta que ya no pude soportar el olor a mierda y sudor. Entonces me incorporé, salí del cuartucho y luego de la clínica, volviendo la cabeza cada dos por tres, por si alguien me seguía. Había mucha gente en la calle y no estaba seguro.

Entré a una cabina. Si alguien me seguía eso le inquietaría. Marqué el número de Angelita. Sólo sabía de memoria dos números de teléfono. Aquel en concreto porque hasta hacía unos días había sido un poco el mío.

-¿Si?

-Angelita, soy Felisín. Oye ¿está Picio por ahí?

-Hola, Felisín. No, majo, ha ido a su casa, a cambiarse.

-Gracias, Angelita.

-¿Te pasa algo, Felisín? Te noto la voz rara.

Era por lo de la nariz.

-No, tranquila, no pasa nada- le mentí, y tras colgar marqué el número de Picio. Aquel era el otro número.

Mientras sonaba el teléfono pensé que había tenido suerte. La casa de Angelita estaba quemada, allí podían encontrarme, o seguir a Picio.

-¿Dígame?

-Picio, soy Felisín.

-Uy, uy que miedo, un eskinjí- bromeó.

-No te rías, que te llamo para algo muy serio. Por fin he descubierto todo, por qué mataban a Gloria y… y los demás, por qué la policía protege a los asesinos y quién está al mando de todo ésto.

-¿Al mando? Joder, eso suena, muy fuerte.

-Pues espérate, el que se ocupaba de seleccionar las víctimas, de dar las órdenes a nuestro amigo de la tirita, de que éste llevara los fiambres de un lado para otro (ya te contaré para qué)… ¿Sabes quién es?

Le dije el nombre.

-Hostia- exclamó. A él también le dejaba patidifuso la noticia.

-Y ahora ¿qué vamos a hacer?- preguntó al cabo de un rato.

-Seguir adelante, tío, hasta el final, con todas las consecuencias.

Picio resopló.

-Intentar sacar la revista cuanto antes. Sobre todo porque es la mejor forma de protegernos. En todo este rollo hay implicados muchos peces gordos y no se va a andar con chiquitas. Por cierto, Picio, tengo que pedirte un favor.

-¿Cuál?

-Tienes que dejarme pasar la noche en tu keli.

-Vaya mierda de favor, hombre, eso está hecho. Además hace mucho que no se te ve por el barrio el pelo, je, je.

Convenimos, pues, en vernos esta tarde, dentro de un par de horas. Entretanto yo tenía en primer lugar que asegurarme de que no me seguía nadie y en segundo solucionar lo de mi muñeca. Cada vez me dolía más.

Nos despedimos, colgué y me dirigí de nuevo a Urgencias. Confiaba en que al día siguiente toda aquella pesadilla terminara. El final iba a ser complicado, pero debía afrontarlo, antes de que no quedara en mi cuerpo un solo hueso sin fracturar.