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Capítulo 22: Lombrices en el pelo

La virgen puta. Una novela negra y punk por entregas de Patxi Irurzun con ilustraciones de Juan Kalvellido.

Y, como cabía esperar, esa noche no sólo llovió sino que además se desencadenó una tormenta con aparato eléctrico y todo. Es lo típico que sucede cuando vas a desenterrar muertos al cementerio.

-Lo peor va a ser si alguien nos ve merodear por los alrededores con esto- dijo Lorea, señalando las palas, el martillo y la linterna amontonados en el maletero del coche (el mismo coche con el que hacía cuatro días crucé Jamerdana a toda pastilla, al ritmo frenético de “AC/DC”). Suponía que una vez tras los muros del camposanto nos encontraríamos a salvo. En una noche como aquella ni siquiera los muertos tendrían ganas de salir de sus tumbas.

-Sí- le dí la razón, pero me callé que hacía apenas unos segundos el resplandor de un relámpago me había permitido ver a tres o cuatro chavales vestidos de negro -no llegué a ver sus chupas, pero imaginé «Sepultura», «Carcass» y otros por el estilo -saliendo a través de un hueco en el muro. Al parecer habíamos elegido la hora punta de profanadores, satánicos y aficionados a las misas negras para desenterrar al Tiñoso.

-Entonces tendremos que entrar- dijo Lorea.

Llevábamos allí más de una hora, escuchando los chasquidos metálicos de la lluvia en el techo del coche y viendo las gotas zigzaguear en el cristal. También zigzagueaban gotitas, estas de sudor frío, por mis costados. Esperábamos a que amainara, pero en realidad yo también deseaba que la tormenta no finalizara nunca.

Lorea abrió su puerta. Sí, era una locura, pero había sido idea mía, de modo que no podía rajarme.

Fuera llovía a mares, como si efectivamente los hubiese allá arriba y el techo de cristal del cielo se hubiera hecho añicos.

En apenas unos segundos, lo que nos costó recoger los trastos del maletero, estuvimos empapados de pies a cabeza. La ropa se adhería al cuerpo, doblando el peso de éste y cuando de una manera tan instintiva como irreflexiva echamos a correr buscando protección, nos movimos torpemente, sin saber en qué dirección. Finalmente me encaminé al hueco en el muro por el cual habían aparecido los chavales y después de atravesarlo nos cobijamos bajo un pino que se levantaba tras él. Otro relámpago iluminó el cementerio y pude comprobar que afortunadamente el resto de miles de aficionados al death metal de Jamerdana estaban en su casa escuchando discos de “Brujería”. Lo malo fue que el rayo, o esa fue la impresión que nos dió, impactó peligrosamente cerca.

Salimos corriendo otra vez, pero apenas fueron unos metros. Correr era una tontería. Al salir del coche ya sabíamos lo que nos esperaba y siempre sería mejor tener hechos una sopa los calzoncillos que caer fulminado con la cabeza llena de canas.

No nos resultó difícil encontrar la tumba del Tiñoso. Hacía tan sólo unas horas habíamos recorrido el mismo camino para enterrarlo. Era una tumba de lo más simple. Un alarde de originalidad punk. La lápida únicamente decía: «Tiñoso not diz» y estaba rodeada por latas de cerveza. No había nada, además de tierra, cubriendo el ataúd. Eso facilitaba las cosas. Lorea y yo no aspirábamos a una noticia breve en el periódico, «Profanación de tumbas» o algo por el estilo, pretendíamos dejar todo tal y como lo encontramos. Aparentemente, claro.

Comenzamos a trabajar. La pala se hundió con facilidad en la tierra mojada. Sacarla ya fue otra historia. El barro formaba plastones. Pesaban una barbaridad y se pegaban al metal. Además cada hueco que abría lo rellenaban casi automáticamente riachuelos de agua. Lorea también se puso manos a la obra. Casi fue lo peor. Las botas se hundían en el fango y cada vez que perdíamos el equilibrio no conseguíamos sacarlas y caíamos uno sobre otro, estorbándonos. Al levantarnos escupíamos barro y nos sacudíamos las lombrices del pelo.
Resultaba agotador. La primera vez que miré el reloj era medianoche. La siguiente las tres y veinticinco y apenas habíamos profundizado unos centímetros. Me dejé caer de espaldas, desanimado.

¿Qué pasaría si tanto trabajo no servía para nada? Tal vez el ataúd del Tiñoso se encontraba vacío, o su cuerpo estaba dentro pero no había nada extraño en él. Después de todo su caso era ligeramante distinto al de los otros tres vagabundos. Y además aquella humedad, calándose hasta los tuétanos. Quizás lo mejor fuera permanecer allá, tumbado hasta fundirme con el lodazal.

A mi izquierda escuché un chapoteo.

-Ya no puedo más- dijo Lorea.

… Fundirnos con el lodazal, convertirnos en una de esas lombrices (con una bastaba ¿acaso las lombrices no eran hermafroditas?), no tener que pensar nunca más en nada, amor, sexo, familia, dolor, responsabilidades… Sólo en algo que llevarse a la boca, y tampoco era problema, allá estaba el apetitoso cuerpo del Tiñoso, con su nariz enharinada por el speed, su hígado supurando kalimotxo…

De repente un trueno explotó como una bomba atómica en el paraíso y otro de aquellos relámpagos fantasmagóricos lo iluminó todo. Yo pegué un salto, me puse en pie, sintiéndome el ser más indefenso del mundo.

Hundí de nuevo la pala en la fosa, una y otra vez, una y otra vez…

El esfuerzo físico y la mala hostia también tenían su recompensa, impedían montarte películas raras en la cabeza (en particular y en una situación como aquella películas gore).

La cosa cambió dos o tres horas después, cuando Lorea, iluminándome con la linterna desde arriba, gritó:

-Ahí está.

Era un trozo de ataúd. Me arrodillé sobre él y comencé a excavar con las manos. En apenas unos minutos lo dejé limpio. Intenté extraer los clavos con la punta de la pala pero se resistían. Probé otra vez. Resbalaron. Lorea saltó al agujero y empezó a descargar violentos martillazos. Virutas de madera volaban de un lado a otro, y conforme lo hacían iban apareciendo primero unos vaqueros, después dos brazos recostados sobre el pecho, por fin la cara azulada del Tiñoso, sus ojos cerrados, los algodones ensangrentados asomando por la nariz…

Nos quedamos de pie en el hoyo, mirándolo paralizados. Había dejado de llover, por fin, y sobre nuestras cabezas una niebla que parecía baba, las babas de dios, o del diablo, lo envolvía todo. Por un momento me imaginé a un montón de muertos allá arriba, bailando. Intenté apartar esa idea de mi cabeza. Los zombis no existían, eran asociaciones más o menos lógicas de nuestra mente, recuerdos inconexos… Aquel vídeo de Michael Jackson. El humo de las salas de fiestas. Bailar-mover el esqueleto… No, un muerto sólo era un pingajo.

Para convencerme de ello me agaché, introduje las manos bajo la espalda del Tiñoso y traté de levantarlo. Olía fatal (era curioso, igual que cuando estaba vivo), tuve una arcada y se me escurrió. Su cuerpo se contrajo como un acordeón viejo, incluso algún hueso fracturado chirrió, y cayó doblado sobre sí mismo.

-Apunta ahí- indiqué a Lorea.

Ella enfocó el haz de luz hacia la espalda del Tiñoso. Al inclinar el tronco hacia delante la cazadora y la camiseta se habían recogido y a mí me había parecido ver algo.

Efectivamente, en su parte inferior, a cada lado, en el lugar donde debían encontrarse los riñones, una maraña de gusanos se amontonaban, se retorcían y descolgaban desde unas rudimentarias puntadas de hilo que pretendían suturar dos profundos cortes en la piel.

-Lo sabía- dije, y rápidamente volví a acomodar al Tiñoso en el ataúd y a cubrirlo con tierra.

-¿Qué hora es?-pregunté a Lorea.

-Las cinco y media.

Un escalofrío, como si me introdujeran un helado de fresa por el culo y me rehogaran con él las entrañas, recorrió mi espina dorsal. Sentimientos contradictorios.

En primer lugar pronto sería de día y si por una parte la luz retiraría de mi cabeza las bocas borboteando sangre, los ojos de huevo duro desorbitados, los brazos y piernas como sarmientos podridos que volvían a atormentar mi imaginación, por otra quizás no fuera posible dejar todo tal y como aparentemente lo encontramos. Conforme pasaban los minutos y, aunque Lorea y yo nos esforzáramos por devolver la tierra removida a su sitio, veíamos que aquello resultaría difícil, me decía a mí mismo que después de todo la noticia breve en el periódico resultaba inevitable -recordaba a los chicos que habían salido por el agujero-, que un temporal como el de esa noche siempre provocaba corrimientos de tierra…

En segundo, en segundo lugar, me sentía satisfecho porque el duro trabajo había dado sus frutos, por fin había descubierto el móvil de aquellos asesinatos, pero por otro me provocaba una rabia infinita saber que eso implicaba que para alguien la vida no sólo no tenía ningún valor sino que además su muerte les lucraba.

En tercero… No había tercero. No quedaba tiempo para más. A lo lejos comenzaban a divisarse entre la niebla los edificios más altos, se escuchó rugir algún motor… En una palabra: había amanecido -o sea, en dos-

Recogimos, pues, los trastos y echamos a correr. Cada músculo, entumecido por el frío y el cansancio, era un alfiler. A pesar de todo logramos llegar al coche.

Lorea arrancó y condujo a toda velocidad. No hablamos, ni siquiera nos miramos, durante un buen rato, hasta que estuvimos lejos, muy lejos. Entonces ella detuvo el coche en un paso de cebra, para que cruzara un borracho, pero en lugar de hacerlo nos señaló y cayó muerto de risa sobre el capó.

Lorea se giró hacia mí y entonces comprendimos. Estábamos cubiertos de pies a cabeza de barro; los únicos lugares que se salvaban eran unos pequeños circulitos alrededor de los ojos.

Ella también se rió. Y yo. Eran risas nerviosas. No sé qué pretendía ocultar la de Lorea (me recordaba a la de una colegiala que había cumplido una prenda algo escabrosa) pero yo lo hice por no bajarme e inflar a hostias a aquel tipo.

-Arranca- dije.

El mundo, la gente, incluido yo, me parecían una mierda.

Lorea pisó el acelerador, despacito. El tipo se echó a un lado, riéndose todavía.

Una puta mierda.

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