Rafael Narbona

La necesidad de hallar un título seductor puede llevar a escoger una expresión poco fiel a la realidad. Es una perversión que acontece a menudo en la prensa, donde el sensacionalismo suele prevalecer sobre la exactitud. Esta vez me he permitido reproducir este procedimiento poco escrupuloso, pues ¿qué periodista no está dispuesto a describir una pirueta con las palabras para conseguir lectores? Tintín no es un borracho. De hecho, se declara abstemio, pero lo cierto es que aparece ebrio en varias ocasiones. Si no me equivoco, la primera vez es en La oreja rota, cuando está a punto de ser fusilado en San Theodoros, una república imaginaria de América del Sur, con generales ambiciosos, políticos venales, compañías petrolíferas extranjeras y terratenientes que esclavizan a sus trabajadores. Confundido con un espía, el pelotón encargado de pasarlo por las armas sufre un sabotaje y su ejecución se demora. Mientras se reparan los fusiles, el oficial al mando invita a Tintín a una botella de aguardiente y este acepta. Al cabo de dos o tres vasos ambos están felizmente ebrios. El joven reportero pierde el miedo a morir y minimiza la desgracia de ser agujereado por las balas. Se dirige al paredón pegando tumbos y sonríe estúpidamente al oficial, que también se muestra muy cordial. Cuando parece que todo está perdido, los partidarios del general Alcázar irrumpen en el patio, abortando la ejecución. Completamente borracho, Tintín se limita a gritar: «Viva el general Alcázar y… las patatas fritas».

En Estados Unidos ya habíamos visto a Tintín sentado delante de un copa de champagne mientras lo homenajeaban en un banquete, pero nunca se había emborrachado. No se le puede recriminar que en San Theodoros se desvíe de su compromiso con la sobriedad, pues ante una inminente ejecución, nadie sensato despreciaría la posibilidad de obnubilar la conciencia con algo fuerte. El Tintín ebrio de La oreja rota me parece más humano y divertido que el boy-scout abstemio. Alegre, relajado, desinhibido, se acerca a la figura del capitán Haddock, un borrachín sin mala conciencia que aún tardará unos álbumes en aparecer.

En La isla negra, Tintín vuelve a beber alcohol. Esta vez una pinta de Guinness. No se emborracha, pero se aprecia que está a gusto. Sentado en una taberna con una falda escocesa y un gorro con borla roja, charla con un viejo pescador y no manifiesta ningún reparo ante una jarra de cerveza. Podría ser un personaje de Robert Louis Stevenson, evocando sus aventuras en el mar. Sin embargo, cuando viaja como polizón en un tren con una cisterna de Loch Lomond, el whisky preferido de Haddock, no muestra ningún interés por probarlo. En cambio, Milú se pone panza arriba y aprovecha las gotas que se desprenden de una especie de grifo. Al igual que el capitán, el foxterrier adora la bebida y está dispuesto a hacer cualquier cosa por echar un trago.

En El cangrejo de las pinzas de oro, Tintín vuelve a emborracharse de forma accidental. Escondido en la bodega de Omar Ben Salaad, un traficante de opio con una apariencia respetable, unos disparos perforan unos toneles de vino y el vapor que emana del líquido se le sube a la cabeza. El capitán Haddock acaba de incorporarse a la serie y también se encuentra en la bodega. Y, cómo no, los acompaña Milú. Una bodega en la vivienda de un musulmán es una grave incongruencia. Hergé se equivocó, pero en el terreno de la ficción todo es disculpable. De niño, no reparé en esta cuestión y ahora me divierte. No me parece menos cómico que Milú corra con un jamón en la boca, pese a que se encuentra en el Marruecos francés y sus habitantes observan las estrictas normas del Islam.

En «país del oro negro», Tintín acepta una copa de vino rosado en el comercio del portugués Oliveira da Figueira. Hergé vuelve a meter la pata, pues la aventura transcurre en un emirato árabe. Reitero mi indulgencia en estos temas. En un orbe imaginario, lo importante no es la precisión, sino la fidelidad al espíritu de la obra y este detalle no altera nada esencial. En Tintín y los pícaros, nuestro héroe bebe whisky por primera vez. Lo hace porque se lo pide Haddock para comprobar si hay algo raro en la bebida, pues no soporta su sabor. No sospecha que Silvestre Tornasol ha inventado unas tabletas para alterar el paladar de los bebedores y provocar que el alcohol les produzca repugnancia. Tintín no nota nada, pues aún no ha probado las tabletas, pero más adelante, cuando ya sí las ha ingerido sin saberlo, bebe un poco de whisky por cortesía hacia el jefe indígena que se lo ha ofrecido y experimenta un invencible repulsión. No descarto que Tintín consuma alcohol en algún otro momento, pero ahora mismo no se me vienen más escenas a la cabeza.

El capitán Haddock y Milú no son abstemios. Nunca dejan pasar la oportunidad de beber alcohol. Bajo sus efectos, se comportan miserablemente. Tintín no es así. Su ebriedad es inofensiva y saca a la luz una actitud lúdica que la moral de boy-scout suele reprimir. Afortunadamente, Hergé no es un moralista. El alcohólico Haddock es el personaje más carismático de la serie. Resulta imposible no simpatizar con su temperamento explosivo y sus improperios barrocos. Aunque su descontrol etílico provoca situaciones complicadas, como aludes, accidentes de aviación y naufragios, nunca llega a despertar rechazo o antipatía. «Dios protege a los borrachos», comenta Tintín cuando el capitán se lanza contra unos beduinos que les disparan y ninguna bala le roza.  

Hergé no parece sentir mucha aversión por el alcohol. Aunque creó a Tintín para Le Petit Vingtième, un semanario infantil, evitó los sermones y el didactismo. Salvo el reportero, ninguno de los personajes de la serie destaca por su ejemplaridad. Hernández y Fernández son dos botarates. Milú y Haddock suelen obrar con egoísmo e irresponsabilidad. Silvestre Tornasol es un entrometido y su sordera pone a prueba la paciencia del más templado. Bianca Castafiore es vanidosa y egocéntrica. Pese sus defectos, todos resultan entrañables y, en las circunstancias cruciales, obran con nobleza. Tintín parece menos real que sus acompañantes. A veces se asimila a un héroe hueco. Quintaesencia de la virtud, sus flirteos con el alcohol le imprimen esa humanidad que sí apreciamos en sus amigos. De ahí que solo quepa celebrar sus escasas borracheras.

¿Qué habría hecho Tintín en el siglo XXI? ¿Continuaría comportándose como un boy-scout? Todo sugiere que sí, pero no me parece descabellado aventurar que se hubiera aficionado al Loch Lomond, especialmente después de saber que el pensamiento woke había impulsado la quema de sus álbumes en Canadá. Mi relación con el alcohol se limita al vino y la cerveza, pero la avalancha de necedad que ha desatado la corrección política tal vez me acabe empujando a consumir bebidas más fuertes. De momento, voy a probar el Loch Lomond de doce años. Quizás cierre los ojos y me despierte en Moulinsart.