Maurizio Bagatin
Guido Ceronetti recorrió las mismas huellas del poeta. Poesía o vida, vida o poesía, la una o la otra, más no se puede. Una vez cortado el ombligo será el destino en llevar la guía del azar o de la suerte, hasta la muerte. Harare, Zanzíbar, los lugares imaginarios e imposibles donde perseguir la libertad o la quimera, el absoluto que no pudieron los simbolistas, y tampoco Baudelaire. Tendremos que reconocer siempre que “toda la literatura que conocemos está escrita en el lenguaje del sentido común, menos que en el caso de Arthur Rimbaud”.
Sigue caminando la sombra de una iluminación. Víctor Segalen persigue el aliento, el sudor, reconoce la cabaña, el perfume de la última cena. Camina, camina Rimbaud, altiplanos y puertos malditos, arena y polvo, surca el desierto y aplasta mosquitos, camina, camina hasta la última alucinación. No hay una Fata Morgana que te esperará, las armas para Menelik, la siempre viva esperanza de una extraña riqueza hecha de sudor y sacrificio. Ante la “ociosa juventud” y la delicadeza, Rimbaud siembra poesía, la última contemplación de la palabra.
Ahora lo canta Patti Smith, lo ha pintado Pablo Picasso, lo van grafiteando los petit burgeoises de todas las periferias del mundo.
La poesía última, no el fin sino el medio para alcanzar lo imposible y la libertad. Una pierna que adolece, el sufrir silencioso y el camino más engorroso. Todas las noches al silencio, sin un verso que merezca el recuerdo de los huérfanos o de Ophelia, del verso caleidoscópico de un arcoíris de vocales, del adiós después de una estación en el infierno.
¿Será su vida o será su poesía, el genial y precoz verso o el caminar errabundo y el abandono de un continente ya viejo y exhausto? Nosotros, los lectores, prisioneros de un virus que contagia para siempre: la poesía es poesía y es siempre en fuga de toda explicación.