Cambio de mando en La Moneda

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Los chilenos le han ido agarrando el gusto al cambio de mando presidencial. Más allá de quien entre y salga, se celebran ciertos ritos, en especial por obedecer a la voluntad de la mayoría y no por imposición autoritaria. Hay bemoles, matices y reparos, fanaticada de un lado y del otro, eso nadie lo niega, pero son pocos los que no se emocionan con tantas  bandas cruzadas, piochas perdidas y paseos en el Ford Galaxy  500 XL.

Bachelet se va en medio de una fiebre ejecutiva: inauguración de nuevas líneas del metro, gratuidad en educación, elección directa de autoridades regionales, aprontes para una nueva constitución, cierre de una cárcel especial para violadores de derechos humanos (al momento de escribir esta líneas aún se discute si firmó o no el dichoso documento o si se perdió en los vericuetos de la burocracia por maña del Ministro de Justicia), designación como notario de un ex fiscal que investigaba el escándalo financiero que involucró a su hijo y nuera (tal vez el último autogol de su gestión). Cuando la derrota de su coalición de centroizquierda fue una realidad, comenzó una suerte de campaña comunicacional, tanto de la propia Bachelet como de sus huestes, para hacer hincapié en su “legado” en materia de derechos sociales. Los mismos derechos que se perderían con la llegada de Sebastián Piñera al poder, se agregó en tono de advertencia tardía. Bachelet se despidió del Palacio de La Moneda en medio de besos y abrazos efusivos de sus partidarios, además de banderas y súplicas para su regreso. Ella, sin embargo, repitió que no está en sus planes una tercera aventura presidencial.

Piñera, por su lado, llega con su estilo acelerado, ejecutivo y lenguaraz, con un discurso conservador y pro familia tradicional. Su primera actividad fue en un centro de menores infractores de ley, sistema que ha evidenciado su crisis en los últimos años. Sus cartas principales, sin embargo, se refieren al mejoramiento de la economía del país. Promete más crecimiento, más trabajo y más poder adquisitivo para moros y cristianos. Por lo tanto, contará con una tregua razonable en espera del abultamiento de los bolsillos de los chilenos. Después de aquello, comenzará a correr el taxímetro en contra, tema del que él ya sabe.

La oposición se rearma. Los socialistas presiden las cámara de diputados y el senado. La otra parte, representadas en el Frente Amplio, escoge ropas estrafalarias para romper el protocolo e insisten en la consigna “todos contra Piñera”. Sin embargo, advierten que cuentan con su agenda propia y que no son un complemento de los viudos del gobierno saliente. Los alicaídos demócrata cristianos, sumidos en una suerte de orfandad ideológica, no saben si reciclarse junto con la derecha gobernante o ser el vagón de cola de la izquierda.

Comienza el rodaje de un nuevo gobierno democrático en Chile. El séptimo desde el fin de la dictadura, con dos Presidentes que se “repitieron en plato” –Piñera uno de ellos- y una ciudadanía que transita, con una rapidez bipolar, del amor al odio y viceversa.