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Boston

Era de las ciudades que no conocía de Estados Unidos. La ocasión no podía ser mejor: un amigo y colega de Boston College me invitó a un seminario. La agenda estaba abierta, una jornada entera para pensar sobre la cuestión religiosa en América Latina, al lado de otros académicos especialistas en el tema. Un privilegio. Y la cereza del pastel fue que me invitó a que expusiera algunas de mis fotos al lado de un importante pintor mexicano. Adivinan: estuvo fabuloso.

Me quedé con muchas imágenes de la ciudad. Por supuesto las universidades, Harvard (en la colindante Cambridge), Boston University y Boston College. Imagino que son las instituciones que le dan espíritu a la urbe, cultura, dinamismo estudiantil, prestigio. Ya había leído alguna vez que en Estados Unidos las universidades son el eje de la acumulación de capital simbólico; un país sin herencia monárquica, creó sus propias formas de distinción a través de los recintos educativos. Por eso son tan caras y competitivas. Cuando vivía en Nueva York me decían que ni bien llegaba un bebé a la familia, antes de comprarle pañales, había que abrirle una cuenta en el banco para que, cuando le toque ir a la universidad 18 años después, tuviera una base económica y su deuda fuera menor.

Caminar por la ciudad es muy agradable en esta temporada en que el frío no es tan crudo. Las calles cómodas, un parque central amplio y arbolado, también pequeños callejones donde las sorpresas abundan. Girando una esquina, uno se puede encontrar con una librería antigua: Books & Old Prints, un pequeño paraíso de textos antiguos. También algún café italiano que colecciona las cafeteras más sorprendentes, o uno cuyo lema es “Coffee love community”; es la comunidad a la que pertenezco.

Los edificios modernos están en varios lugares, pero no son apabullantes como en Nueva York. En algunas zonas se puede tener perspectiva suficiente para apreciar construcciones de otros tiempos, igual de bellas. No hay que olvidar que Boston fue de las primeras ciudades norteamericanas, por tanto ostenta inmuebles centenarios. Y no falta, en pleno centro, imponente, un edificio brutalista donde funciona el ayuntamiento.

También están otras plazas, una de ellas dedicada a la memoria del holocausto. El parque central llamado Boston Common alberga al “Monumento histórico del abrazo”. Es de grandes dimensiones, quebrando toda proporción, sólo dos brazos, de varón y mujer, que se entrecruzan. Me recuerda a la escultura “Cloud Gate” de Anish Kapoor en el Parque del Milenio de Chicago, que quiebra toda métrica y reinventa el paisaje urbano. Aquí es diferente, es un gesto humano que ocupa el lugar primordial. Quedo maravillado, es un homenaje a ese acto tan tierno que es acercar el cuerpo del otro juntando los corazones. Luego me entero que el monumento recuerda el abrazo que le dio Martin Luther King Jr. a su esposa al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1964.

Pero entre todas las esculturas regadas por la ciudad, me quedo con aquella donde están, en tamaño ampliado, la liebre y la tortuga en la competencia más dispar y paradójica jamás contada. La tortuga va por delante, no es una cuestión de rapidez, de disposición física; es un guiño al tiempo y al espacio, otra manera de entenderlos, de interpretarlos.

En fin, un viaje que se acaba muy rápido. Los días se evaporan, habrá que volver.

Hugo José Suárez, investigador de la UNAM, es miembro de la Academia Boliviana de la Lengua.

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