Boquerón, nueve décadas

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Hace exactamente noventa primaveras, en septiembre del 32, un puñado de pocos hombres resistía bajo la severa orden de no disparar si no fuera a un blanco certero. Sin agua, sin víveres, con heridos sin atención y muertos enterrados improvisadamente, tentados por comerse al único animalito de carga que había llevado la munición de las ametralladoras pesadas, esperaban el embate final del ejército contrario —que ya sumaba más de 11.000 soldados para asaltar la fortaleza— con la firme determinación de poner el pecho pasara lo que pasara. Un periódico de Buenos Aires escribió entonces que aquellos tenaces soldados estaban escribiendo la página más bella del heroísmo americano.

En aquellos años, como hoy también, imperaban el desorden y la confusión. También la imprevisión y la improvisación. La organización del Ejército boliviano, a diferencia de la del Paraguay, era más bien caótica. Es por eso que el matutino El Diario publicó que una de las lecciones que había dejado la experiencia de la Guerra Guerra era que no podía haber un buen ejército sin centralización en cuanto a las decisiones, sin un comando único que recaiga en el jefe del Estado Mayor General.

El drama del Chaco tiene —debería tener— una impronta capital en el subconsciente del boliviano. No se puede desconocer ese episodio histórico por lo que significó, no tanto como hecho militar o político, sino como evento social y sociológico. Por consecuencia, no para despertar en él instintos de patrioterismo irracional o romántico, sino para hacerlo consciente de uno de los hitos estelares de su historia social. La guerra del Chaco significó, más que el desmembramiento territorial (muy debatible, por lo demás, ya que según algunos historiadores aquel territorio que, según Bolivia, llegaba increíblemente hasta la misma Asunción, nunca correspondió en verdad a Bolivia), un espejo en el que se proyectó fielmente la imagen de la complicada heterogeneidad social boliviana. Y la defensa de Boquerón —toda la guerra en general— bien puede compararse con las luchas ciudadanas que en Bolivia se han ido sucediendo en el tiempo: un puñado de hombres que pelean por intereses de personas que están muy por encima de ellos. (Leer los textos de Hilda Mundy).

Hace unos días pregunté a mis estudiantes más jóvenes de Lenguaje qué había sido la guerra del Chaco. Los más no lo sabían y solo unos cuantos respondieron algunos datos generales. Hubo uno que parecía bien informado, tanto que se sabía fechas, lo nombres de los diplomáticos bolivianos, paraguayos y argentinos de aquellos años y algunos datos geográficos. Habló sin patrioterismo; más bien con el sentido crítico y desprejuiciado que debería existir en la mentalidad de todo joven boliviano.

Sin mitos, sesgos ni prejuicios, hay que enseñar la historia boliviana, claro que sí, pues la función que tiene, como pensaba Arguedas, es la de moralizar al ciudadano para que no cometa los errores de sus abuelos y padres y en cambio replique sus aciertos. Que yo piense que la historia de Bolivia deba ser desmitificada y que el boliviano no debería ver tanto el pretérito, no quiere decir en absoluto que crea que no debamos rememorar nuestros más heroicos eventos del pasado, sobre todo aquéllos como Boquerón, pues finalmente son esas gratas memorias colectivas las que les dan a los pueblos felicidad, identidad y hasta un sentido de ser hacia el futuro.

Liberal como soy, no escribí este artículo con el fin de promover un patrioterismo absurdo ni un civismo irracional, celo que muchas veces ha encendido los más sangrientos conflictos internacionales en la historia universal y que seguramente ciega la visión hacia el porvenir. Sino con el de evocar un episodio que de todas maneras fue heroico y noble. En esa guerra, como en muchas otras, como en el amor también, afloró la faceta más brutal e irracional del ser humano, pero también la más desprendida y valiente. Allí el boliviano —mestizo, oriental, occidental, indígena, norteño y sureño— actuó como un todo unido, probando que aquello de que la nación no es tanto —o no debería ser— un sentimiento romántico que construye país, sino un pacto cotidiano para edificar un futuro común (Ortega y Gasset) es posible cuando hay voluntad. La obra militar de hombres como Manuel Marzana y Bernardino Bilbao Rioja es la materialización fehaciente de esa voluntad organizadora, ordenada y desprendida.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario