Bolivia del brazo de Rusia en la ONU

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Bolivia fue miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y votó consistentemente con Rusia, incluso cuando China no lo hizo. Por ejemplo, en 2017, Rusia y Bolivia se opusieron a un proyecto de resolución que condenaba y pedía investigaciones sobre un ataque químico en Siria. China se abstuvo.

Desatada la invasión de Ucrania, Bolivia no se sumó a la condena de Rusia en la ONU. El embajador Diego Pary rechazó “toda guerra de agresión”, pero el voto de Bolivia no siguió esa línea. La abstención en la ONU tal vez no fuera épica, pero junto a Bolivia hubo votantes de peso. Por ejemplo, India, aliada estadounidense y británica. Por su tensa relación con China, a India le es vital la provisión de armas rusas. Pese a no condenar al Kremlin, India prevé que Occidente igual la necesita de su lado. Y, justamente, Estados Unidos intenta atraer hacia sus posiciones a la India, más con dulces que con reproches.

Otro actor es Turquía, miembro de la OTAN, pero afanado en aperturas de neutralidad como otras ensayadas por Israel, para lograr más mediando que gruñendo en un bando. Esos Estados ponderan sus opciones sin ceder del todo al clamor occidental. Incluso en Occidente, por necesidad, Alemania e Italia no secundan el bloqueo del gas ruso que alienta Estados Unidos.

Esos ejemplos revelan lo obvio: cada país juega sus naipes. En algún momento incluso, una borrosa evocación de lo que fueron los países no alineados se redibujó por el conflicto en Ucrania. La reacción de reflejo boliviana -y hasta latinoamericana- es la neutralidad casi por defecto, cuando no hay presiones. Con toda su crueldad, estas guerras son lejanas, aunque sus efectos mediáticos, económicos y morales las acerquen. Que un país calcule sus conveniencias es, en suma, entendible; lo es menos cuáles son las virtudes o ideas que inspiran a Bolivia en la ONU.

El 7 de abril pasado, una votación crucial tuvo lugar en la ONU; Putin anunció que consideraría hostil incluso un voto neutral. Se trataba la suspensión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Bolivia abandonó allí su abstención previa y se alineó con Rusia, Bielorrusia, Cuba y Nicaragua. Mientras, el Chile de Boric, la Argentina de Fernández o el Perú de Castillo votaron por la suspensión rusa.

En Argentina, fue público que EEUU incitó el voto de Buenos Aires. Y Alberto Fernández, que ofreció a Putin que Argentina fuera “puerta de entrada rusa a Latinoamérica”, acabó contrariando a Moscú. Alberto alegó para eso el caso de civiles asesinados en Bucha (Ucrania), aunque quizá pesara más el magro bolsillo porteño y la incidencia norteamericana en ese rubro. A la vez que Argentina se conducía así, Brasil se abstuvo, como México. Bolivia resultó en esa votación más cerca de Bolsonaro que de Fernández.

Es difusa la motivación de fondo boliviana. Razones económicas pueden aducirse más bien para mejorar la relación con Occidente. En cambio, inversiones o favores rusos notorios no abundan, fuera de las vacunas (que también donó Estados Unidos). Y viendo el pasado, tampoco queda claro por qué Bolivia intimó con Moscú en el Consejo de Seguridad. Las disquisiciones a la mano son insatisfactorias: la simpatía de Evo por Putin, por su aversión a Estados Unidos (para no ponernos imaginativos sobre acciones rusas en Bolivia el 2019 o antes, de las cuales no hay evidencia seria).

Una explicación similar puede ser local: las encuestas favorecen la neutralidad y Evo se lanzaría al cuello del Gobierno al mínimo titubeo en el apoyo a sus aliados. Es que Evo se adhiere al Kremlin en términos tan autónomos como los del canal RT (Russia Today). Eso, mientras otros latinoamericanos de izquierda expresan dudas.

Otras interpretaciones son externas e igualmente etéreas: que nuestra Cancillería depende en realidad de ese power broker que es La Habana; o que hay auxilios de Moscú que pagar, pasados o futuros, que no son aún públicos.

Por todo esto, la Cancillería debería explicitar las causas de su actuación

sobre Rusia en la ONU (y su última abstención en la OEA, favorable a Rusia). Eso, obviamente, si la prensa además se lo preguntara.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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