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Barrio viejo

Ulises Paniagua Olivares

«A Dylan no le gusta hablar de eso. Le duele, por lo que pasó, por la manera como terminaron las cosas. Aunque en el fondo le gusta la imagen de héroe, de personaje importante en Barrio Viejo.

Apenas queda mirarlo, sentado en la banqueta, trazando rutas sobre el asfalto con una rama. Parece un abandonado. Se ve tan solo que nadie se atreve a pensar que lo que hace tiene algo de pose, de afectación admirada por chavos de nuevas generaciones. Ya sabes, la idea del mártir que nos han inculcado. Por eso se dejó crecer la barba y el cabello al estilo de los guerrilleros o de los apóstoles.

Antes era fuerte y guapo, eso podíamos verlo hasta los hombres. Tenía la piel apiñonada y un cuerpo fuerte, elástico, que perseguían las chicas. A ti te hubiera gustado si lo hubieras conocido entonces, y me hubieras hecho sentir celos por estar lanzando miradas a mi hermano cada vez que yo tuviera que ir a la cocina para traerte una cerveza. Estoy seguro que sería así. Entonces tendría que recordarte que tú me pediste que fuéramos novios, y no al revés, para que dejaras de babear ante su presencia.

A mí me enorgullecía porque era popular. Cuando las muchachas enamoradas de él me encontraban en la calle, me hacían fiestas y me llenaban de besos las mejillas. Yo entonces tenía cinco o seis años; era tímido. Güerito, igual que él, decían ellas. Les fascinaba lo colorado de mis chapas cuando conseguían avergonzarme, mis aires huraños para fingir una fuga entre sus caras coquetas.

Mi mamá siempre lo ha preferido. Eso es porque el parto que lo trajo al mundo fue delicado. Traía el cordón umbilical alrededor de la garganta, aseguraban que iba a morir. Dylan resistió no sólo el alumbramiento, sino también un par de semanas difíciles cuando lo metieron a una incubadora de la clínica popular. Mamá dice que él se iba a llamar Moisés, porque les pareció que se había librado de milagro de la muerte, como cuando el profeta en la Biblia se salva de la furia de los egipcios navegando dentro de una canasta. Sin embargo, vino mi padre y su onda americanizada y decidieron ponerle Dylan, porque tiene los ojos verdes (a mi padre le gustaba tanto lo americano, que se largó de vuelta a Chicago). Como mamá no quería quedarse sin usar el nombre de Moisés, me lo puso a mí, como homenaje a mí hermano.

Me he reído muchas veces de su nombre gabacho. Es que Dylan no sabe inglés; ni una pizca. Se lo recuerdo cuando se pone grosero conmigo. Él podrá ser quien ha sido, pero no sabe inglés. Cuando se lo digo desata su rabia: comienza a manotear al aire, gritando que no tengo derecho a criticarlo, yo, quien ha usurpado hasta su nombre. Enojado dice cosas terribles. Con las tías y la abuela se ha expresado peor. No puede controlarse. No lo culpo: la desesperación le hace darse cuenta de que la anemia que arrastro no me impide saltar de aquí para allá cuando juego béisbol con los del barrio: el Chino, la Mary, el Huesos. Él no puede. A veces no soporto sus miradas rencorosas. Sé que Dylan quisiera correr y reír como antes.

II

La Santísima me trajo al mundo, carnal. Ella misma me quitó las piernas. También me arrebató el ímpetu de levantar a la gente de este barril. Dicen que eso pasó porque el día que me salvé de que me acuchillaran los de San Lorenzo por andarme tirando a la hija de un judicial, no le fui a dar las gracias a la imagen de la patrona, preferí irme al billar con la banda para ganarme unos billetes. Yo no entiendo cómo puede ser, si los castigos divinos pueden ser tan cabrones, y esperar años, calladitos. La neta es que sí me lo advirtieron.

Cuando me escapé de los de San Lorenzo tenía quince o dieciséis años. Era poco más grande que tú, pero ya estaba bastante maleado. En esos años sólo pensaba en la calle; en vivírmela de vago sin apoquinarle a la casa. Las viejas me jalaban, y las tías me daban güeva con tanto sermón sobre las buenas costumbres y esas mamadas. Era irresponsable, pero vivía feliz ignorando tantos pedos que ya se venían encima.

El que me metió al desmadre fue Ayala, ese que estaba estudiando ciencias políticas en la facultad del sur. Me explicó que no quedaba mucha agua en la ciudad, que se la habían terminado los empresarios con esa mierda de la especulación inmobiliaria, que éramos muchos los pobres y que ya no le interesábamos al gobierno porque no representábamos varo para ellos. Me puso a pensar. No le creí al principio. Él hablaba de deshielos en los polos, y que si se iba a acabar no sé qué capa del cielo; que la cosa se estaba poniendo fea; que los ricos se iban a adueñar hasta de la última gota que se conservara en los manantiales y en los pozos. Me acuerdo que el día que me platicó todo esto por primera vez le grité; le dije que se dejara de pendejadas, que leer tantos comics —que le gustaban mucho— le estaba haciendo daño; le dije: esa película ya la pasaron muchas veces en el cine, y siempre acababa en tragedia. Pero poco después, un año o dos —no estoy seguro— el agua empezó a fallar en Barrio Viejo durante días, luego por semanas. Entonces me di cuenta de que Ayala tenía razón, pero no pude confesárselo. Nunca lo volví a ver. Por ahí se rumora que los milicos lo raptaron por revoltoso. Alguien asegura que vio su cuerpo en un tiradero de basura, allá por los rumbos del Cayado o de Cerro Quieto. Quién sabe si será cierto…»

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