Santos Domínguez

Esta luz de Sevilla… Es el palacio
donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho.—La alta frente,
la breve mosca, y el bigote lacio—.

Mi padre, aun joven. Lee, escribe, hojea
sus libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.

Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza cana.

Con ese magnífico soneto de Nuevas Canciones se cierra Yo voy soñando caminos, la antología de Antonio Machado que publica Nørdicalibros ilustrada con cuarenta acuarelas de Leticia Ruifernández.

La ha  preparado Antonio Rodríguez Almodóvar, que  termina su introducción con estas palabras:

“¿Por qué Yo voy soñando caminos?
El título elegido para esta antología ilustrada, que sigue la ruta vital del poeta (Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia, otra vez Madrid, Valencia, Collioure) se debe precisamente a esta última reflexión. Esa doble luz de sus versos está indicando que el camino es una forma doble del pensamiento, como algo que se descubre al andar y otro algo que se sueña. Solo así podría abordarse qué quiere decir este otro fundamental aforismo machadiano:

Entre el vivir y el soñar
hay una tercera cosa:
adivínala.”

Quizá en ningún poeta español del siglo XX se fundan de manera tan inseparable vida y poesía, biografía y literatura como en Antonio Machado. Hay siempre en sus versos una reunión ejemplar de vida y obra, un equilibrio entre ética y estética que justifica el calificativo de maestro reconocido por las generaciones posteriores.

El proceso evolutivo que hay en Machado desde una nostalgia ensimismada y solitaria hasta el encuentro con los demás y consigo mismo a través del otro se concreta en “una poética del tú y del diálogo en urgente necesidad del otro, frente a la poética solipsista de la tradición española”, en palabras de Rodríguez Almodóvar.

Ese viaje desde la melancolía al compromiso, desde el límite de la propia identidad en la contemplación de las opacas galerías del alma a la alternativa de los complementarios Juan de Mairena y Abel Martín, desde el interior de sí mismo hasta el reconocimiento en el paisaje orienta la evolución machadiana desde el modernismo intimista, depurado por la influencia de Bécquer, de Soledades, al Juan de Mairena y Los complementarios, con la decisiva estación intermedia de las dos ediciones de Campos de Castilla.

Las espléndidas acuarelas de Leticia Ruifernández son un admirable complemento plástico a esta antología por la que transitan los recuerdos autobiográficos y familiares, el sentimiento del tiempo -“palabra en el tiempo” era la poesía para Machado-, el sueño y el camino -dos elementos fundamentales en su poesía, de Soledades a Nuevas Canciones– y los paisajes que evocan estas imágenes: Soria y Baeza, Segovia y Collioure, el Duero y el Guadarrama, las serrezuelas calvas, las llanuras bélicas y los páramos de asceta, los álamos castellanos junto al río y los olivares andaluces

Cierra el libro un epílogo en el que Julio Llamazares escribe: “Por mi devoción por Antonio Machado y su obra he visitado todos los sitios en que vivió y en todos he sentido la misma emoción, que es la que trasmiten sus versos, lo que habla de su capacidad poética. Volver a sentirla viendo las acuarelas de Leticia Ruifernández indica hasta qué punto la ilustradora ha captado la esencia de Machado en sus territorios y su capacidad para trasmitirla al lector del libro, más que lector contemplador como Machado lo fue del mundo en el que le tocó vivir. En la introducción de Antonio Rodríguez Almodóvar y en el apunte biográfico final se relacionan todos o casi todos: Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia, Valencia, Barcelona y Rocafort (estos tres en mitad de la guerra civil) y Colliure, en Francia, donde murió. Un itinerario que es ya un peregrinaje poético para sus admiradores.”