Año nuevo, democracia vieja

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No hay clarividencia de por medio, como aquella de personas que por estas fechas se dedican a predecir el futuro a través del tarot y otras prácticas esotéricas, ni mucho menos intención de aspirar a alguna virtud adivinatoria, porque solo hay que voltear de reojo hacia atrás para saber que en Bolivia en materia de política, nada ha cambiado desde su fundación, e incluso desde antes de la creación de la república.

Muy cerca del primer cuarto de este siglo, los deseos de mejores rumbos para el país no pasan de ser palabras que ni traducen el sentimiento de los que las expresan ni mínimamente se materializan, dejando siempre mal parados a los ingenuos que creen que solo sus buenas vibras combinadas con algún don de ilusionista son suficientes para que con un simple “reseteo” del calendario al primer día de enero, las cosas van a cambiar substancialmente para mejor.

Un muy relativo liberalismo hizo que el periodo 1900-1920 fuera de los más amargos de la democracia formal, porque fue el escenario en que se puso en que se representó la comedia que escondía todas las violaciones a los derechos que enarbola el verdadero liberalismo. El racismo de los blancos hacia los indios era más que evidente. Los derechos ciudadanos no estaban respetados más que en el papel. El ejercicio al voto era un derecho absolutamente restringido por razones de color de piel, de sexo y de clase, lo que redundó en abyectos fraudes.

No puede negarse que la Revolución del 52 fue un hecho histórico que delineó una Bolivia de antes y una posterior, y un hecho que, comprendido sin fanatismos, fue producto de la germinación de muchos anteriores años. Quizá fue el sexenio que le antecedió, el referente más reconocido para la explosión de una bomba cuya mecha se iba consumiendo en realidad desde el mismísimo Alto Perú. Y es que esos años, inaugurados con el cruel asesinato de Gualberto Villarroel, la visibilizarían de un momento (en la historia) que devino un radicalismo de los trabajadores mineros sindicalizados e inspirados en un trotskismo embanderado por el POR, que postulaba un gobierno obrero-campesino con total prescindencia de la clase media y burguesía. Del trotskismo hoy no queda nada más que la enunciación en algunos grupúsculos soñadores que durante algunas décadas creyeron en esa tendencia radical del comunismo, cuyo fracaso total está en las páginas de la historia.

La alternancia de periodos “democráticos”, con dictaduras unas más despóticas que otras, en todo caso, nos pintan un retrato de la institucionalidad en Bolivia, de la que los bolivianos no tenemos por qué sentirnos orgullosos.  Es decir que gobiernos elegidos en las urnas casi siempre fueron fruto del poder hegemónico detentado por paternalismos ejercidos en los niveles de decisión política, de manera tal que, más allá de algún respeto por ciertas libertades ciudadanas, los grados de corrupción (cuya ausencia es un presupuesto substancial para la vigencia de una auténtica democracia) y las diferencias en algunos ámbitos de las libertades consagradas por el derecho internacional, fueron prácticamente imperceptibles.

Entonces, inscribiéndome en esa escuela del positivismo, que nos enseña que todo conocimiento deriva de la experiencia, no sé cuál sería la razón para pensar, siquiera para complacencia de los lectores —como suele ocurrir con los videntes de profesión—, que este nuevo año nos deparará una nueva forma de hacer política o un nuevo estilo de practicar la democracia, que, dicho sea de paso, en los últimos dieciséis años ojalá hubiera sufrido un estancamiento, sino que ha retrocedido a esos luctuosos años del primer gobierno del MNR. Hoy no hay campos de concentración ni se sabe de torturas que dejaron las traumáticas memorias históricas de encono entre los esbirros del MNR y los ultraderechistas de FSB, pero tenemos una justicia de operadores sometidos al gobierno, un defensor del Pueblo que responde a los intereses de sus electores, una transgresión inhumana de los derechos fundamentales, una corrupción que alcanzó niveles estratosféricos y un partido de gobierno que, durante el año que se fue, desnudó su pobreza ideológica para exhibirse sin ningún ropaje, tal como es; en pocas palabras, un conglomerado de dirigentes que solo buscan poder. La democracia se ejerce por una escala de valores que debe observarse no solamente por quien está en función de gobierno. Esa responsabilidad también le compete a quienes hacen oposición, y la nuestra… bueno, prácticamente no existe.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor