Angel hospitalario

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De: Gonzalo Llanos / Inmediaciones

La sirena de la ambulancia convivía esa noche con los de la patrulla de policía, recorrían las calles vacías, eran extraños coleópteros luminosos. A esa hora, 1:45 de la madrugada, el hospital ya no se veía blanco, sino gris, sólo quedaban las luces del sector central del edificio que lo identificaban como centro médico. En la puerta una fila de hombres y mujeres dormían cubiertos con frazadas para que al amanecer recibieran su ficha de atención médica.

El doctor Marley, con una revista en sus manos, aburrido cabeceaba de sueño sobre un escritorio metálico, una oficina elegante pero fría para los médicos de emergencia. El turno le había tocado en sus peores días: su esposa sufría de un lunar que terminaron de operarle y su único hijo estaba con alergia por comer tortillitas dulces a la salida de la escuela. Confió en que su esposa recuperaría, un médico en la propia casa era para estar más seguro, aunque decía que de lunares nunca entendió nada. Con aquella confianza, no era necesario molestar por un permiso a la gerencia ni tener  que humillarse ante el director. El hospital contabilizaba en dólares los minutos trabajados y despedían a los empleados aún con una falta y una explicación razonable; tenían un archivo voluminoso de médicos esperando ocupar una vacancia en el hospital, el desempleo en el sector aumentaba.

Se levantó golpeado por una vibración, una forma de alarma. Signos que el oficio crea con el tiempo y las circunstancias, procedimientos no escritos que se convierten en importantes para estilizar y hacer arte del trabajo. Con los años aprendió que los sonidos de un hospital son una señal para la acción. Escuchó su nombre por los parlantes: “…doctor Marley a la sala de emergencia número tres…doctor Marley…”. Salió apresurado sintiendo su cabeza pesaba y los ojos inflamados, miró su reloj, eran las dos de la madrugada, dijo que la noche recién empezaba. Una enfermera le saludó y se avergonzó que lo viera cansado, pasó con sus palmas su poco cabello que se le desordenaba. El escándalo del corredor principal despertó a algunos pacientes que no resistían la tentación de salir de sus camas para ver lo que sucedía. Sin duda, era mejor curiosear que sufrir los dolores del cuerpo, es más, la noche del hospital se convirtió en el mejor entretenimiento. Crónica roja en vivo: sangre, quejas, corrupción  y las historias rosa de los médicos.

En el pasillo se topó con un grupo de enfermeros y policías agitados, llevaban en camilla a un hombre ensangrentado. La comitiva hospitalaria entre órdenes, procedimientos y gritos llegó a la sala de emergencias número tres.

—Tiene varias heridas en el rostro y un corte cerca a las costillas del lado derecho, está perdiendo sangre… —dijo una enfermera.

—¿Qué le pasó? —dijo el doctor tomando el pulso del herido.

—El hombre mató a su mujer —relató el policía— y a un niño de aproximadamente cuatro años, la mujer se defendió pero pudo más la fuerza del tipo.

Una empleada apareció detrás el doctor preguntando quién pagaría el tratamiento del hombre, él le dijo: “Yo no sé, cóbreselo a él, está en la camilla”. El doctor se puso los guantes elásticos con gesto de molestia ante los oficiales y un hombre con escoba que observaba la escena.

—¡Por favor, deben salir todos de la sala!  —tras el anuncio, la enfermera se apresuró a  desocupar a los extraños.

El hombre reaccionó con quejas a la limpieza de sus heridas.

—¡Perdón por mi hijo! ¡Perdón por mi hijito!…

—Cálmese, debe colaborarnos o no podremos curarlo  —le dijo la enfermera sujetándolo a la mesa del quirófano. Todavía con los ojos cerrados el hombre empezó a hablar. Su curador lo miró de reojo. Las palabras del hombre se mesclaban entre maldiciones y bendiciones; las manos del médico se movieron ágiles, independientes de su dueño. El hombre debía ser salvado.

—¡Doctor, doctorcito…! Yo no tuve la culpa, se lo juro, ¡fue ella!…

—Por favor, no se mueva, descanse, no debe hablar o la herida del costado estará peor.

Fue lo primero y lo último que escuchó de labios del que lo atendía; sus sentidos se adormecieron y sólo se oía el ¡clin, clin!… de los instrumentos brillantes que manejaban sobre su cuerpo.

—¿Doc, cree que este mes nos den el aumento de sueldo? Estoy cansada con este trabajo y ya no me alcanza ni para mi ropa ¿Y a usted le alcanza doc?  —dijo la enfermera.

El doctor Marley no dijo nada, la única comunicación en la sala era un concierto de señas trabajadas entre el médico y la enfermera.

—Esperemos la reunión de los directivos con el gobierno, quedaron en negociar y aumentarnos algo. Al menos yo me bato en dos hospitales, pero tú… —dijo el doctor.

El hombre fue curado con mucho cuidado, tal vez con más cuidado que como lo hacían el resto de médicos. Quedaron sobre un recipiente un montón de telas y pieles ensangrentadas, la sobra de la cura. Ahora semejaba una momia limpia y recompuesta.  Por un instante el hospital recobró la monotonía a la espera de otra emergencia.

El herido, apenas abrió los ojos, empezó a gesticular palabras. Lo que decía chocaba contra el silencio de Marley.

—¡Le juro que yo no tuve la culpa… no, ella me engañó… qué le faltaba! ¡Yo la quería… yo la amaba!… hace un año supe que me engañaba y no lo soporté, no más, he dicho…

—¿Y era necesario matar a su esposa y a su hijo? —intervino la enfermera al tiempo que el doctor le reprochó con su mirada. No se sabía si el reproche era a la pregunta o al chicle frutilla que mascaba la enfermera.

—Es que ella esperaba un hijo del otro y parecía más feliz, eso destrozó mi corazón,  doctor…

El médico y la enfermera cruzaron una mirada, justificando esta vez su silencio por los barbijos que llevaban. El gesto de sus caras estaba oculto. Se habían vuelto insensibles al escuchar mil historias de heridos y enfermos.

La enfermera se extrañó que el doctor volviera a escuchar con atención lo que intentaba decir aquel hombre. No pocas veces Marley se enojó con ella por distraerse con lo que los pacientes decían o contaban, esta vez era distinto, los dos pusieron atención a lo que el hombre intentaba hablar.

El médico rompió su silencio con una orden:

—Señorita, traiga de mi oficina unos cardes que están en un folder rosado.

Ella salió apresurada, le gustaban aquellos mandados, “distraerse para no morirse en el trabajo”, decía. El doctor, suspiró cubriendo sus pensamientos. Preparó una inyectable, recordando a quienes pasaron por su cura, y le dijo:

—Ya te pondrás bien, amigo. Todos se podrán bien. Muchos hombres y mujeres, de todas las clases, en el umbral de la vida y la muerte definen su destino, ¿por qué tendrías que ser tú la excepción? Cada vez me convenzo que soy  la sal de la tierra, la  sal en la herida que todo lo purifica y lo reconstruye. Llegaste a mi camino querido amigo…

Aquel momento para el doctor Marley era único, esperaba aquella emoción de tiempo en tiempo; entre una jeringa y líquidos, poco a poco, con cada movimiento inició una ceremonia. Y vació la jeringa en una vena del herido. Llamó a su casa para preguntar por el estado de su hijo.

—¿Qué pasó doctor? —preguntó el policía que esperaba en la puerta al mando del caso.

—Se nos fue, se nos ha ido. Pobre hombre. Busquen a la enfermera del chicle, dónde está, le hice un mandado y no aparece, siempre lo mismo.

Le dio hambre, preguntó si la cafetería ya estaba abierta. El doctor Marley, secando su cuello con una toalla, se alejó solo.


Cuento (del libro Circo de Perros Calientes, 2014)