La Paz se encuentra otra vez en la antesala de Alasitas. Por el Parque Urbano Central y sus alrededores se siente que la ciudad empieza a latir distinto. Los puestos se arman, los artesanos desempolvan sus miniaturas y la gente habla, como cada enero, de lo que va a pedir este año. En tiempos duros, pareciera que Alasitas no es un lujo; sino una necesidad simbólica.
La crisis económica heredada por los gobiernos del MAS; el encarecimiento de los alimentos, los insumos y la incertidumbre cotidiana hacen que esta feria cobre un significado especial. Este año, artesanos y comerciantes reconocen que las miniaturas, los entretenimientos, las masitas y los alimentos subieron de precio. Sin embargo, todo indica que la gente igual acudirá, tal vez compre menos, tal vez seleccione con más cuidado, pero no dejará de ir. Porque comprar una casa en miniatura, un fajo de billetes (bolivianos, dólares o euros), un título universitario, manitos para tener trabajo, pasajes y pasaportes para viajar y certificados de salud no es ingenuo, sino una manera de decir que, aunque el presente apriete, el futuro todavía puede soñarse y para eso… está la fe.
La decisión de fijar esta fecha se remonta al siglo XIX. Según investigaciones del historiador Antonio Paredes Candia y documentos del Archivo Histórico de la ciudad de La Paz, en 1846 el cabildo paceño determinó oficialmente que la feria de Alasitas se realice cada 24 de enero, con el objetivo de ordenar una práctica popular que ya existía desde antes, pero que se realizaba de manera dispersa.
La fecha no fue arbitraria porque coincide con el calendario agrícola andino, en un momento clave de agradecimiento y petición de abundancia así como con antiguas ceremonias a la fertilidad y la prosperidad. Con el tiempo, se consolidó la creencia de que al mediodía del 24, tras la bendición del sacerdote y el sahumerio, los deseos empiezan a caminar.
La feria, además, es un mosaico cultural. No hay una sola Alasitas, sino muchas en varios barrios de la ciudad. Además que la muestra principal, presenta sectores como el de artesanías pequeñas, donde se venden casas minuciosamente armadas, autos diminutos, títulos profesionales, pasaportes, certificados de salud y hasta oficinas completas en miniatura. Está también el infaltable aporte cochabambino con objetos de yeso y cerámica.
No falta la comida típica como anticuchos, buñuelos, api, tojorí, pasteles inflados con queso, churros, confites y dulces que, a pesar del aumento de precios, siguen convirtiendo el recorrido en una experiencia sensorial completa. En cuanto a los juegos que son otro atractivo de la feria están la “suerte sin blanca”, los tiros al blanco, las ruletas y los juegos de azar popular que siguen siendo una metáfora perfecta del país que prueba suerte cuando no sobra nada y bueno…queda apostar unas monedas con la esperanza de que esta vez toque ganar.
Sociólogos como Jürgen Golte y David León Gabriel explicaron que Alasitas es una expresión del “liberalismo aimara urbano”, una feria donde el deseo individual se expresa colectivamente, donde el mercado convive con el ritual. En una ciudad atravesada por la migración, la informalidad y la desigualdad, Alasitas es una estrategia cultural para no rendirse.
El reconocimiento internacional llegó en 2017, cuando la UNESCO declaró a los “recorridos rituales en la ciudad de La Paz durante la Alasita” como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. El organismo destacó su valor como práctica viva que articula memoria, economía popular e identidad urbana andina, reforzando su importancia más allá de Bolivia.
Este año, todo apunta a que habrá novedades. Se espera mayor presencia de artesanos jóvenes, nuevas miniaturas vinculadas a tecnología, salud y emprendimientos, así como actividades complementarias para niños y familias, en un intento de fortalecer la feria sin perder su esencia. Alasitas se adapta, como lo hizo siempre, incluso en contextos de dificultad económica.
La Paz no concibe enero sin Alasitas. Antes de su inauguración oficial, la urbe paceña entiende el mensaje de que Alasitas no resuelve la crisis, pero la hace llevadera. No es solo comercio ni superstición, es el momento en que la ciudad se permite soñar sin vergüenza porque cuando la realidad es grande y pesada, soñar en pequeño puede ser el primer paso para no dejar de creer.