A propósito de “Nos reservamos el derecho de admisión” de Pablo Barriga Dávalos

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De: Wim Kamerbeek Romero / Para Inmediaciones

El trabajo “Nos reservamos el derecho de admisión. Jerarquía y Estatus en la Clase Alta de Sucre” (2016) es, como bien dice el autor, uno de los pocos estudios serios en Bolivia sobre las clases  (media) altas, en este caso, sucrense. En términos más o menos generales, se trata de una investigación etnográfica que va más allá de lo que se dice de la ciudad –que, sin saber muy bien por qué, se la caracteriza con frecuencia como “conservadora” y/o “tradicionalista”, o bien, “racista”- a manera de una crónica. Además de un tratamiento riguroso de la teoría sociológica de Pierre Bourdieu –en lo que refiere a “formas de energía de poder social” o bien, “capitales”- llama la atención que Barriga estudia al círculo en el que ha crecido durante su infancia y adolescencia. Círculo del que, como se intuye, el autor se ha desligado y que, a pesar de los años y los viajes –Barriga vuelve a Sucre después de estudiar en México y Estados Unidos- no cambia, permanece casi inalterado.

El Punto Estructurante

Ha surgido en los últimos meses un discurso favorable al Movimiento Al Socialismo: que, a raíz de denuncias de racismo y discriminación en redes sociales y transporte público, el racismo habría “resurgido”. Lo que quiere decir, en otros términos, que algunos habrían “despertado” un racismo que estaba oculto en, sobre todo, las clases medias bolivianas y que estamos ante las puertas de un avance del conservadurismo. Si uno sigue de cerca este discurso, se encuentra de inmediato con lo que García Linera habría denominado alguna vez como “pigmentocracia” que es, de manera simple y tergiversada por algunos fanáticos, la organización social en la que unos dominan por tener una piel más clara. El trabajo etnográfico de Pablo Barriga refuta de manera casi directa (no intencional, lo que es visto en la nota editorial del libro, a cargo del Colectivo “Pirata” y porque el libro no es un tratado sobre racismo en Bolivia) este prejuicio porque, como bien demuestra con la clase alta sucrense, existen –además de la piel clara- otras condiciones para pertenecer al grupo de los “dominantes”. Un pasaje revelador al respecto está en “Jailones y Raros”, cuando Barriga encuentra una suerte de lucha dentro del espacio que estudia (la discoteca “exclusiva” Zoé, que es otro nombre para una discoteca que ya no existe, ubicada en el 3er piso de un centro comercial de la ciudad): “(…) bajo la categoría de hippies o bohemios, los jóvenes de la clase alta designan a jóvenes cercanos a ellos en el espacio social que sin embargo son diferentes a ellos. Con esta categoría los aproximan a los artesanos que viajan por Latinoamérica vendiendo artesanías y a otros actores similares, a los que también llaman hippies.” (pág. 89).

En otras palabras, no es verdad que el color de piel sea una condición para “pertenecer” a un grupo de la clase alta que parece cerrado. Aunque Barriga concluye en esta pequeña parte que “lo jailón” es también una cuestión corporal –en el sentido que estos se sienten más cómodos porque cumplen con un “cuerpo socialmente exigido”, la “relación práctica que imponen las miradas y las reacciones de los demás” en el espacio de una discoteca “exclusiva”- lo más importante es que, en esta lucha aparente por un espacio entre grupos de una clase, el orden parece estructurar y dar legitimidad a un grupo sobre otro. Este es el principio estructurante, los jailones “se toman con seriedad el orden social, lo que se traduce en una actitud de cercanía inmediata con la sociedad tal cual es, sin distancia crítica” (pág. 92) o bien, que la lucha entre jailones y bohemios hippies traduce una lucha que puede extenderse a relaciones de los primeros con otros grupos o clases en una formación social: un habitus (que es como un esquema de obrar, pensar y sentir de acuerdo  a una posición social en la teoría de Bourdieu) pragmático o realista versus un habitus reflexivo o especulativo. En esta tensión de habitus, está en juego –como en política- un sentido común, o sea, aquello que sostiene a una sociedad.

Mecanismos de Cierre

Si bien el trabajo de Barriga se circunscribe a la clase alta de Sucre, a hombres y mujeres que desde colegios privados –el autor evita dar los nombres verdaderos de los colegios Leibniz, Goethe y Santo Tomás, a donde asisten la clase media alta y alta de la ciudad- van asimilando un rol de “dominadores”, está claro que en todo momento, la clase alta de Sucre está amenazada y cercada. Por esto, el autor ve necesario indagar en las estrategias de reproducción social, manteniendo en mente que primero, la clase alta sucrense se define por el acceso, como propietarios o miembros directivos, a actividades económicas bancarias más rentables (exportación, turismo, banca, construcción), en posiciones burocráticas estatales o no gubernamentales, o profesiones libres bien remuneradas; segundo, que el estatus se da por la acumulación de capitales: lo que define una clase alta es el capital económico, pero para su distinción es necesario que esta se combine con otros capitales, como el cultural (conocimientos reconocidos y valorados por la sociedad), el social (redes sociales de cooperación, de contactos, parentesco o pertenencia a diversos grupos, que un sujeto puede movilizar para conseguir recursos) o el  informacional que refiere, intuyo, a los bienes culturales en relación a una institución o lo corporal, visto anteriormente. Como el autor dice, “(…) la posición de los agentes en el espacio social tiende a estar, según Bourdieu, determinada por la posesión total de capitales (capital económico + capital informacional/cultural + capital social) y la composición de estos capitales (%de capital económico + %de capital informacional/cultural + % de capital social)” (pág. 37).

Puede verse ya que la indagación teórica de Barriga va más allá de la corriente descrita anteriormente, la de “pigmentocracia”. En todo caso, el autor ve necesario aclarar que esta clase alta no es igual a una élite porque la clase alta sucrense no ejerce un poder político, aunque esto quiere decir por otro lado, que la clase alta sucrense es pragmática y que lo que la distingue –a diferencia de otras clases altas en otras partes del mundo- es únicamente la preservación de su posición social en base a criterios relacionales (un apellido, combinado con un puesto directivo, por ejemplo). El aporte del trabajo radica asimismo en los mecanismos de cierre, que son desde edad temprana estrategias adoptadas por los padres y que a lo largo del tiempo, socializan un habitus desde niños: desde la inversión educativa –en kinders y colegios- pasando por la formación de fraternidades con nombres quechuas, hasta la formación de pareja y selección de carreras universitarias donde, previsiblemente, carreras menos científicas tienen más popularidad entre la clase alta de la ciudad. No cumplir cualquiera de estos requisitos, sumado a un origen distinto a lo blancoide, es enfrentarse a los mecanismos de cierre: una clase alta que en apariencia es cerrada, requiere de un conocimiento detallado de la formación social. Los nuevos miembros no pueden poner en peligro a este orden.