Miguel Sánchez-Ostiz / Inmediaciones

A cierta edad… «¿Cuál?», pregunta la sombra que te vigila. «Esa… tú ya sabes». No hace falta ni preguntarlo, ni mucho menos contestar con detalle a la pregunta; con «esa», basta.

Esa pues, es la edad en la que olfateas la chamusquina, algo más que la chamusquina incluso, en la que percibes en el aire, a tu alrededor, allí por donde pasas, allí donde entras, un olor agrio y persistente que flota ligero y que si te descuidas eres tú mismo quien lo lleva pegado a la ropa, lo arrastra y expande, y deja a su espalda: el olor del abandono y de la ruina, del cerrado y del pasado irremediable; el olor de la hoguera de la leña mala, apagada con orines, el que dejaban atrás los vagabundos que de la noche a la mañana desaparecían del mapa, porque ya no tenían mapa… ni tú tampoco, si me apuras. El mapa es para los que conquistan a dentelladas el territorio que en él aparece dibujado o para los que con sus pasos lo dibujan y hacen de la Terra Incógnita su geografía.

Un olor a casa deshabitada junto a la que pasas a diario en tus derivas urbanas, pasos de lobo enjaulado, de lobo despiñado, apolillado, lobo al cabo, con los ojos velados por la lejanía, olfateada, rumiada lejanía, cada día más lejos, mientras el paisaje se achica de mala manera y la fosa se abre a tus pies, debajo de la hierba segada, la del último verano… Nieve. Lobo. Cuento. Chino.

A cierta edad… a veces, no siempre, cuando el susto te impide conciliar el sueño y te mantiene en vela, recuerdas los perros de Valparaíso que olfatean los temblores de tierra, la llegada del terremoto, y ladran y aúllan en la oscuridad más de lo ordinario. Y tú no haces caso, o solo relativo, a sus ladridos, hasta que ves temblar y bambolearse las luces en la noche y por eso te pones al tajo de escribir de ese temblor presentido, de este temblor, ahora mismo, más sentido y padecido que olfateado, porque no te enterabas de nada, porque tú, mientras ladraban los perros, estabas a otras, siempre a otras… y ahora te gustaría saber a cuáles estabas en realidad.
A cierta edad, dices… «¿Pero cuál?», te insisten.

«Esa», respondes una vez más, pero te sientes obligado a aclarar, a explicarte, más que a explicarle a nadie, que «esa» es la edad en la que Mateo Alemán cogió el portante y se pasó con pocas armas y menos bagaje a Indias, en la flota de Aux de Armendáriz, marqués de Cadreita, para no regresar jamás. Tenía 61 años. Entonces, en 1608, esa edad era la de un anciano y Mateo Alemán un viejo molido por la vida, las malandanzas, los golpes de suerte, mala casi todos, las cuchilladas, los errores, la cárcel, los trabajos, los malos negocios y los moderadamente fraudulentos… Chesterton… ¿Qué pinta aquí Chesterton?… Nada, nada, no nos encampanemos, transversalidades, escolios, caprichos, los de esta edad, los de la libertad de irse por las ramas, los del ahora o nunca, los del camina o revienta, los de la libertad del que no tiene nada que perder, nada más que perder que lo que le queda de vida, el tiempo, y eso es mucho perder, demasiado incluso, tanto que es mejor dejarlo a un lado… Y es que, lo mires como lo mires, tú también has hecho malos negocios y de los moderadamente fraudulentos, los del dar gato por liebre, de esos no quieres hablar, no puedes, no te sale, lo intentas, sí, pero acabas cediendo al poner la mejor cara, te guardas las espaldas, y el bolsillo de paso.

Importa poco el motivo concreto del viaje de Mateo Alemán. Lo que cuenta es que se va, que se fue, que dijo adiós a todo, que dejó atrás el país antipático, sus conciudadanos hostiles, sus borrascas personales. Lo que de verdad cuenta es que tenía esperanza de poder vivir mejor el tiempo que le quedara de vida.

Mateo Alemán se fue más o menos solo, separado de la mujer con la que, de mozo, casó por conveniencia, por mal negocio, pero acompañado de una joven sobrina; se fue padre, abuelo, y enamorado, aunque esto sea mucho decir, y dejó atrás los agobios de una tierra ingrata y de una vida infortunada.

En su caso no hubo raíces que valieran. Nada le ataba, al revés, su vida, más que retenerle, le empujaba a la fuga, aunque fuese tardía, a jugarse el todo por el todo.

A su espalda, Mateo Alemán dejó El pícaro, como se conocía ya a su obra, el Guzmán de Alfarache; dejó la fama, dejó lo que iba a sobrevivirle, su obra, mientras que su biografía se deshilachó con la distancia hasta desvanecerse del todo, oculta en un boscaje de maleza erudita. Quienes intentan ahora reconstruir su vida en ese último tranco, lo hacen en la niebla de los archivos mal iluminados por el cabe imaginar, por el rastro mínimo, por las señales de vida que enseguida se apagan.

A esa edad de la que aquí se trata, la de Mateo Alemán, pocos son los que cogen de verdad el portante y se van «a la que salga»; ni entonces ni ahora. Si lo hacen, antes de partir se aseguran de que la paga les llegue allí donde vayan, de que la seguridad social les cubra las eventualidades previsibles, de que el clima les convenga, de que no se vean obligados, por fuerza, a tener que ganarse la vida, porque a cierta edad no te la ganas así como así, ni aquí, ni en el là-bas de cuando la carne es triste y has leído todos los libros.

A esa edad empieza a pesar la salud, apura y empuja la salud del miedo, empiezan a agobiar las rumias que no cesan, las cuentas que no cuadran. Por mucho que las engañes y las trampees, que añadas de aquí y quites de allá, esas cuentas del vivir a trompicones no cuadran.

Las rumias… sí, de noche y de día… Si las cosas están aquí como están, cómo estarán allá lejos; si aquí tu suerte es mediana o perra con descaro, cómo será la que te espera en la timba de allá lejos. Si aquí las cartas están marcadas y tú, digas lo que digas, no tienes maneras de tahúr, qué será frente a jugadores de ventaja aún más avezados, más mañudos que aquellos con los que te has tropezado hasta ahora.

A esa edad, la tuya y la mía, mi semejante, mi hermano a la fuerza en esta cuerda de presos en la que vamos amarrados mano a mano camino de la fuesa, no nos engañemos, ya no; a esa edad, digo, a nada que te esfuerces, en la noche empieza a rondarte el pútrido refranero, la agarbanzada sabiduría que certifica tu derrota.

Y por si fuera poco, para poner tierra de por medio, necesitas papeles, visados y permisos, vas a dejar demasiadas plumas en el camino y tienes que ganar, si puedes, arduas batallas burocráticas que te ponen el empeño difícil. Desistes e intentas contarte la historia, tu historia, de otra manera, te dices que con el corazón distante todo es retiro, lejanía, que para irse no hace falta poner tierra de por medio. Naderías. Y lo sabes. Quien ha partido alguna vez sabe lo que es el verdadero viaje y sabe que este no admite ni demoras ni componendas.

«Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema», escribe James Joyce. No es tan fácil. Él por su parte puso agua, tierra y tinta de por medio. Es recurso de baldado, pero a él te agarras.