Preparo estos días un ensayo por encargo de una fundación cruceña. Mientras disfrutaba mi asombro por el modo formal en que planteaban la entrega del escrito (mediante un contrato, con tipos de sangrías, tamaño de letra, plazo y varias opciones temáticas), llegaron ecos de la publicación del libro “Santa Cruz S.A. Agronegocio y mito empresarial” que, según se desgastan sus autores, no pretende apuntar a toda una región, sino “solo a una élite”, pero cuyos rasguños “inintencionales” sacaron sangre a más de un alma oriental.
He visto (en diferido) la presentación de la obra, leído unas cuantas reseñas y escuchado entrevistas a alguno de sus autores (más que el fondo, me interesaban las formas y sus tonos). Es un texto de investigación académica, presumo rigurosa (pese a que expertos extrañaron referencias a documentos fundamentales que explicarían las propuestas originales de construcción del modelo de desarrollo del que se habla), pero también, un manifiesto cuyo título ya lleva implícita la carga política que hace a unos solazarse y a otros indignarse sin siquiera palpar sus páginas. No haré una crítica a su contenido, sino a su blanco político.
Si la obra fuera nada más un trabajo investigativo, reposaría en una biblioteca pública a la espera de ser ofrecida a estudiantes disciplinados de Economía o Sociología, y el éxito de los autores gozaría de razones más objetivas, pero de menos luces. El libro nació polémico, precisamente por su orientación ideológica ya visible en la portada (un alambre de púas).
Intento leer entre líneas y no quedarme en la letra grande (por eso el activismo no es lo mío). Esa letra grande, por ahora, es lo que sus autores dicen que es el libro. El subtexto implícito: un vuelco hacia Santa Cruz con una mirada moralista y reprensora (que es lo que provoca autocomplacencia en tantos que ya tienen una opinión forjada, que el libro solo ratifica).
Basta un vistazo a alguna reseña favorable para percibir el aura de la obra (“que cuestiona el mito del éxito empresarial aislado del Estado y examina la concentración de tierras, el impacto ambiental y el manejo de los recursos”) y por qué emociona a quienes intentan salvar a la Humanidad desde su anticolonialismo, su ambientalismo, su antirracismo, su antielitismo, su feminismo.
Para estas personas de bien, Santa Cruz (“no toda”) representa los males a combatir: racismo, elitismo, extractivismo, machismo, beatería. De ahí que este libro sirva de fundamento para reafirmar sus señalamientos.
Pero no todos caen. Un intelectual cruceño acaba de responder por qué no lo leerá: “entiendo que para algunas personas cualquier ataque a Santa Cruz, que venga arropado de justicia o academicismo, les parezca una gran verdad revelada desde los Andes y que merece toda nuestra atención, veneración, arrepentimiento y propósito de enmienda. No es mi caso”. Y es que, para convencer, no basta el aire aleccionador.
Que uno de los autores del libro se pasara parte de una entrevista intentando persuadir a la audiencia de que no se trata de una crítica generalizada, “pues en Santa Cruz hay gente que destila creatividad, y hay pensamiento crítico, y muchos jóvenes que leen…”, es una muestra de que en un ejercicio arbitrario tamizan la cruceñidad para distinguir “sus” identidades y otorgarles distinto valor: aparentemente unos pocos bailan taquiraris, otro tanto come cuñapés (no los agroindustriales, que solo consumen carne) y los menos se emocionan con la bandera verdiblanca y las celebraciones vacías los 24 de septiembre.
Me pareció significativa la queja de un cruceño en las redes, que aseguraba no ser parte de ninguna élite (que, aclaró, le repelen), no tener tierras, créditos millonarios ni amigos en directorios y que aun así era parte de quienes habían levantado a Santa Cruz.
Así que tal vez exista una sola Santa Cruz, diversa pero culturalmente definida, contrariamente a lo que consideran estos académicos, que en el fondo no querían promover el debate en torno a un modelo económico, ni poner sus letras al servicio del desmoronamiento de mitos o de propios preconceptos, sino tan solo proclamar su desdén.
Para ello, como era de esperarse, encontraron datos que los corroboraran. El libro rápidamente se convirtió en expresión política (no es necesario escudriñar lo escrito para saber qué se discute). Eso que HCF Mansilla llama ser portavoz de prejuicios colectivos, sean pro o contra. De ahí que haya ordenado tan bien a su público entre los “buenos” que defienden el texto y los “malos” que lo critican.
Las interrogantes a Santa Cruz podrían partir acaso reconociendo lo que los cruceños saben hacer y lo que han edificado. Hacerlo desde la condena moral a las sociedades anónimas, una de las cuales aparentemente es Santa Cruz, indica mucho del ángulo del libro. Después no sorprende por qué desde allá algunos responden con federalismo. Nos haría bien a todos reprimir la moralina (y la vanidad) al juzgar a los que no hacen lo que nosotros y hacer más esfuerzos por reconocer con humildad que es disparatado que un grupo tan amplio como los agropecuarios orientales pueda ser condenado en masa de un plumazo, por una congregación de intelectuales que suele hacerles ascos desde acá. Lo sé, no a todos, solamente a los malos…