Maurizio Bagatin
Escribo y reescribo sobre estas personas y sobre otras mañana escribiré, sobre oficios fascinantes y labores duras, sobre el arte de algunos empleos, de algunos trabajos, de la supervivencia que esos ofrecen, de las profesiones que se heredan de padre a hijo, en las familias y de las ocupaciones que uno se inventa para llevar el pan a su casa, ofrecer una educación a sus hijos, conservar la dignidad o mejorar en algo esta incomprensible nuestra presencia que llamamos vida.
Algunos de ellos tienen nombre, otros llevan el nombre que me inventé y que ahora tiene. Esta es la magia, recordar trabajos y lugares, la gente y sus oficios, los momentos que una foto los inmortalizó, el instante del recuerdo, del mío y del suyo.
En la Lanza esquina Brasil hay una cocani de ayer. Ya no se oye este término, aunque queda vivo en algunos ancianos acullicadores, en los viejos taxistas de la Calatayud que llevan a sus hogares las caseritas del mercado. Vendedoras de coca hojeada, que son las primeras hojas de las plantas, las que se debe sacar más cuidadosamente, luego vendrían las hojas pucheadas, otro termino hoy en desuso y que ellas recuerdan muy bien. Las van separando para algunos caseritos que hoy siguen andando por ahí. La hoja menuda va en “remplazo” de la pucheada y la machucada, que ellas aún no se atreven a comercializar, y si les preguntas el porqué, fijan su mirada desafiante, hecha de un mixto de experiencia y de paciencia y te contesta solo con esa única mirada que tienen. Antes, algunas de ellas se acuerdan, había las hojas que le seguían, las lluchus, “aludiendo a la manera de despojar la hoja, resbalando ambas manos sobre los tallos que las sostienen”, nos recuerda Ciro Bayo. Es todo un arte agarrar las hojas, como una acaricia fuerte, intensa en el movimiento de los dedos de las manos, y meterlas en estas bolsas verdes. Mirándote sacan el aire de las bolsas y las amarran ya esperando que les pagues. Ahora te preguntarán: “¿Algo más caserito, no te vas a llevar chofercitos, menta paceña, bico, un Tres Plumas para mojar tu bolo?”.
A pasos de ahí hay las t’ikeras de la Calatayud. Los perfumes y los olores se cruzan, se mezclan, entran en simbiosis y crean un personaje del lugar, de este espacio donde centenares de comercios se abrazan, se conectan y se enfrentan todos los días del año. Algunos las 24 horas del dia. La Celestina es siempre la anfitriona, resuelve tu pedido sin siquiera pestañear, sea por un matrimonio, un quince, un cumpleaños o un entierro. Alrededor de ellas hay chicas que están haciendo experiencia, ellas mañana tendrán su puesto justo ahí cerca de la mujer que le enseñó el arte de la t’ikera.
Don Celso arregla motos. Con su bolo de coca y su tiempo, desarma y recompone motores. Los enciende, los apaga mil veces hasta encontrarle la falla. Es al oírlos que detecta el malestar. Se sienta, ordena las ideas, agarra la pieza que debe sustituir o arreglar -el tornero está muy cerca, la tienda de repuestos también- y se larga para retornar con la solución. Otro bolo de coca fresca y va rearmando el motor. Llega la noche y sigue ahí, la fila de motos a la espera ha disminuido, mañana llegaran otras y otras más, a veces no logra hacerlas entrar todas en el pequeño taller, se queda arreglando una más para hacer campo en el cuartucho. Se va silbando, en la esquina pide anticuchos con doble porción de llajwa, cruza la calle y se compra unas latas de paceña y un cuarto de libra de coca. Mañana es otro dia, los motores no esperan.
Se toma un descanso en el Parque Demetrio Canelas, el ultimo frutero con carrito sigue empujando el viejo medio de transporte de los fruteros de antaño. Aparenta ser norte potosino, un poco orgulloso y siempre desdeñoso. Tiene su ruta que imagino establecida al azar o definida cada dia según su humor, su inspiración o la carga que tiene; se desplaza por la zona norte todos los días, por la Tadeo Haenke y el barrio 18 de mayo, entre las calles que recuerdan el mar perdido y cuando el sol es muy fuerte, arma una sombrilla desteñida y se pone sombrero sino anda con su perfil de aparapita paceño todo el año.
Cuando no está gritando entre los hinchas del Wilstermann, Rambo se encuentra en su gomería. Era un niño cuando parchaba llantas en la gomería del Puente Cobija, creció parchando llantas, su infancia ha sido entre Goodyear, Bridgestone y triunfos y derrotas de los aviadores. Les ha dado trabajo a todos sus hermanos, cada uno de ellos hoy tienen su taller de parchado de llantas, como si fueran unas sucursales de una famosa multinacional o la serie de películas con Silvester Stallone: Rambo I, Rambo II, Rambo III…
El peluquero de mi barrio trabajó veinte años en Sao Paulo. De una parsimonia y puntualidad paulista, pero sudamericano hasta el más mínimo detalle, fue rockero cuando joven y hoy agarra la tijera como una guitarra acústica, mide milimétricamente los movimientos de los dedos entre los pocos cabellos que me han quedado, y devuelve como una escultura de Antonio Canova el perfil clásico de la cabeza. Este arte va asociado con el arte de “las charlas de peluquero”, de los peluqueros del sur del mundo. Los que abren tarde sus “oficinas” y se instalan creando el ambiente para el acontecimiento cotidiano: mirar al espejo el trabajo que están realizando mientras van “interrogando” a sus clientes. Son un poco escultores y un poco cronistas. Consultan y dan formas a una estética esencial del hombre y van opinando también ellos sobre “las mujeres, el tiempo y los gobiernos”.
El librero de viejo ya no está en la calle. El tiempo consume también los libros y los oficios a su alrededor. Abrió su tiendita donde se encuentra siempre algo interesante y a buen precio. De los que lo han hecho por oficio quedan pocos, unos tres o cuatro en el Pasaje Zenteno y él, Iván, en la calle Baptista. Oficio y pasión que heredó de su padre con el cual pasé una tarde en El Cuartelito de la calle 25 de mayo, recordando viejos libros y tutumas de buena chicha que ya no servían por ahí.
Llevo arreglar un par de zapatos de mis nietos, zapatos chinos. El zapatero me mira y sonríe como para decirme: “¿Qué vamos hacer, arreglar lo imposible?”. Debe ser muy duro intentar arreglar zapatos de plásticos con una obsolescencia programada, material sintético al 100% y un acabado hecho a machetazos. Cocer será inútil, pegar es un paliativo absurdo, como curar un cáncer con aspirina. Pero cuando ve zapatos de cuero se le abren los ojos, se emociona: “¡Aún existen!”. Y yo también me emociono, fue mi primer trabajo, sustituir suelas, rehacer tacos, teñir de negro mocasines marón, cocer botines de futbolero ilusionados. En la Melchor Pérez de Holguín sigue sentado en su cómodo asiento, bajo una humilde carpita, con su máquina de coser que no se si es alemana, inglesa o china -aunque de sus manufacturas hablamos mal- y el cuchillo bien afilado, la clefa, el betún y una fila de hilos de diferentes colores. Levanta la cabeza cuando pasa una bella mujer, a la cual le sonríe mientras me mira y me dice: “Estas chancletas bótalas, en la Cancha aún venden sandalias hechas de cuero y con suelas de llantas, ¡te durarán una vida!”.
El pan tiene que ser bueno. Es la única calidad que le pido al pan, y el pan bueno lo hace los locos. Los panaderos invierten el dia por la noche, lo confunden y se confunden, asimilan otro orden biológico y van siempre despeinados, con abrigos improvisados y un aire despistado que nadie podrá corregir. Ellos tampoco quieren cambiar su loco andar. Toman cafés fuertes a medianoche y fuman un millón de cigarrillos antes de calentar sus gruesas manos que se hundirán en las blancas masas. Hay que ser panadero loco para hacer buen pan.
La verdulera del mercado Taquiña logra una disposición de las hortalizas que parece arquitectura racionalista. Debe ser un simple orden para encontrar rápidamente cuanto piden las caseras del mercado y sin embargo al detenernos ofrece algo mas, a nuestros ojos y a nuestras mentes. Debe conocer las familias a la cual pertenece cada verdura, veo las solanáceas acariciarse mientras en las huertas no pueden siquiera verse; las variedades de zapallos disciplinadamente acostadas según tamaño, afinidad de colores y formas; colgadas a una estructura metálica todas las lechugas, con una disposición que hace pensar a como se encontraron ahí casualmente, la orgánica lejos de la hidropónica, la suiza cerca de la rúcula, la roja desafiando a la escarola. Doña Nancy ha entrenado a sus hijos para que satisfagan cualquier pedido de estación, lo que no encuentras es porque no ha llegado su época de cosecha, porque hubo algún bloqueo o simplemente porque no existe.
Hay mujeres que fueron pepenadoras en calles oscuras y en horas robadas al sueño. Hoy tienen su tienda de recolectoras de plásticos, vidrios papel y cartón. No es mal negocio, me indica una de ellas, la conozco desde que la cooperación suiza las asesoraba hasta lograr independizarse e implementar una actividad en propio. En la Avenida d’Orbigny una de ellas reúne bolsones de botellas PET, latas de aluminio y papel periódico. En estos últimos años, desde la pandemia sobre toso, dice que el papel periódico está en fuerte disminución. “¿Ya nadie lee?”, le pregunto. “No”, me contesta, “Ya no se imprimen, todo leen noticias en sus celulares”. Me muestra un montón de libros viejos, revistas, panfletos publicitarios, cajas con tareas escolares de colegios, le doy una mirada, levanto un libro de poesías del Soldado Terán, Puerto imposible, un poco garabateado, pero en buen estado en una edición del 1963 de la editorial Canelas, tal vez la única, y con un comentario de Jorge Suarez. “Llévatelo, te lo regalo”, me dice, “hace años que nos conocemos”.
La salchipapera de la Melchor Pérez de Holguín alista su carrito, lo que ahora la modernidad quiere se llame food truck, a partir de las seis de la tarde. Pasan los primeros estudiantes que andan besándose desde el Parque Ex Combatientes, le seguirán los chicos que han entrenado en las canchas del Complejo Fabril, luego los albañiles de la zona, unos que otros que bajan del trufi 260 y de la antigua línea C, al final del dia los taxistas que estacionan en la zona. Tiene mano de salchipapera por su experiencia en manipular utensilios e ingredientes al mismo tiempo, mirar al cliente para entender sus exigencias: la mostaza antes de la mayonesa para ambos, sin picante para ella, con harta llajwa para él. Parte del oficio, el arte de leer al caserito, aunque sea lo de siempre, un dia puede llegar con otro estado de ánimo, con otro humor, ella lo lee ya desde que, doblando la esquina de la Tocopilla, lo ve llegar.
El bicicletero Don Orlando ahora se fue a vivir a Pucara. Originario de Atocha, toda su vida la había pasado trabajando en la COMIBOL, mecánico, soldador, electricista, plomero, albañil, carpintero, todo lo que se necesitaba y todo lo que se le pedía lo sabía hacer. En el mundo minero con sus necesitades Don Orlando era una ficha humana insustituible. Observaba el problema, la inquietud del interesado y sonriendo siempre contestaba: “¡Hay solución!”. En los años míticos de la COMIBOL de ahí salían seres con profesiones multifacéticas, completos y sin miedo al oficio, para ellos todo era posible, todo era factible. Hace veinte años atrás Don Orlando vivía en Sarcobamba, con su esposa y sus ocho hijos, casi todos ingenieros. Arreglaba bicicletas, fabricaba canaletas para los desagües, portones, alambrados, todo sabia hacer; sus hijos eran ingenieros, pero, como me decía él, ninguno de ellos sabia agarrar una llave inglesa o soldar dos fierros corrugados, ninguno arreglaba bicicletas o sabia sustituir una cerradura de una puerta. El habiloso, sin ser ingeniero, sigue siendo él.
Andando, caminando, pedaleando, pero sobre todo observando sigo viendo a esta humanidad que lucha, se inventa, pelea la existencia. Dia tras dia como un domino infinito, como un rompecabezas tan imperfecto cuanto tan poéticamente existencial.