Miguel Alfonso Ávila
La neblina paceña siempre ha sido cómplice perfecta para ocultar secretos, pero lo que se escondía entre las paredes del boliche El Olimpo, en plena Ceja de El Alto, superaba cualquier guion de serie de televisión.
Durante el día, don Casimiro parecía tallado en piedra. Llevar el poncho rojo sobre los hombros no era un detalle cualquiera: exigía una presencia imponente, una mirada severa que impusiera respeto y una voz de trueno capaz de hacer dudar incluso a los transportistas más experimentados. Era el alma de los bloqueos en la autopista. Con el bastón de mando en una mano y un chicote en la otra, organizaba las barricadas con la misma determinación de quien defiende una fortaleza inexpugnable.
—¡La lucha es firme, carajo! ¡Nadie pasa! —gritaba al mediodía, mientras acomodaba montículos de tierra y llantas viejas que cortaban por completo el paso hacia La Paz. Para muchos, él era la disciplina hecha persona, el guardián indomable del Altiplano.
Sin embargo, la soga ya estaba demasiado tensa. El bloqueo no solo impedía el paso de los minibuses, sino que llevaba días asfixiando a la ciudad, bloqueando el ingreso de los camiones con verduras, carne y fruta destinados a los mercados populares de El Alto y La Paz. La desesperación empezó a ganarle al miedo. Una tarde, una multitud de ciudadanos a pie, cargando bolsas vacías y con los rostros desencajados por haber caminado kilómetros, se plantó con valentía frente a la barricada principal de don Casimiro.
—¡Ya es el colmo, dejen pasar los camiones! —gritó una mujer de pollera, mostrando sus canastas vacías—. ¡En el mercado ya no hay ni una arroba de papa! ¡Nuestros hijos van a terminar comiendo piedras por culpa de sus caprichos!
Don Casimiro no se movió un milímetro. Golpeó el suelo con su bastón de mando, inflando el pecho bajo el poncho carmín.
—¡Es por la dignidad del pueblo, compañera! —bramó con su voz de trueno—. ¡Hay que hacer sacrificios! ¡Si no sufrimos hoy, mañana nos van a seguir pisoteando! ¡Y aquí nos quedaremos hasta que renuncie el presidente!
Apenas terminó de lanzar su consigna, uno de los huelguistas de la primera línea se le acercó por la espalda, jaloneándole discretamente el poncho con visible nerviosismo.
—Jefecito… ¿hasta cuándo va a ser este bloqueo? —le murmuró en voz baja—. La base ya está renegando. Tampoco nos ha pagado lo comprometido por día; la gente quiere su plata para el rancho.
Casimiro ni parpadeó. Miró fijamente al frente para no levantar sospechas entre la multitud enfurecida y le respondió entre dientes, casi sin mover los labios:
—Tranquilo. Ya va a llegar la remesa, ya me comuniqué con el jefe mayor, el comandante. Nadie se va a mover sin su fajo. Camúflate y seguí gritando.
A unos metros, la paciencia de los vecinos se había agotado por completo.
—¡¿Dignidad?! ¡Qué comodidad la tuya! —le increpó un joven universitario que venía marchando al frente de los ciudadanos rezagados—. Ustedes bloquean bien almorzados, pero la gente humilde vive al día. ¡El pollo ha duplicado su precio y las verduras se están podriendo en la carretera por su culpa! ¡Dejen entrar los alimentos, carajo!
En ese instante de máxima tensión, el ulular desesperado de una sirena cortó el aire helado del Altiplano. Una ambulancia, con las luces rojas y azules parpadeando con urgencia, frenó en seco justo frente al promontorio de tierra y las llantas en llamas. Del vehículo bajó un médico desesperado junto a una mujer que lloraba desconsolada.
—¡Por favor, abran paso! ¡Tenemos un paciente crítico aquí adentro! —suplicó el médico, corriendo hacia Casimiro—. Es un señor de la tercera edad, necesita su diálisis de urgencia. ¡Si no llega al hospital en la próxima hora, va a entrar en shock y puede perder la vida! ¡Tengan humanidad!
La mujer de pollera se unió al ruego, agarrando a Casimiro de la manga de su chaqueta:
—¡Es mi padre, don Casimiro! ¡Se está muriendo, déjenos pasar, por favor!
Casimiro, imperturbable, le quitó la mano de un tirón y cruzó los brazos, mirando de reojo el vehículo de emergencia.
—Ya conocemos las mañas del gobierno —respondió con frialdad—. Seguro están usando la ambulancia para meter policías o trasladar dinamita. Nadie pasa. Si abro para uno, tengo que abrir para todos.
—¡¿Está loco?! ¡Venga a ver al paciente si no cree! —gritó el joven universitario, indignado, mientras la multitud empezaba a rugir de rabia—. ¡Asesinos! ¡Están matando a nuestra propia gente!
—¡Vendido! ¡Seguro eres un infiltrado de la derecha! —le respondió uno de los hombres de confianza de Casimiro, agitando un palo en el aire hacia los vecinos que intentaban mover las piedras para ayudar a la ambulancia.
—¡Infiltrado nada, somos vecinos con hambre y enfermos! —rugió la multitud—. ¡Queremos comida y salud, no discursos!
Casimiro levantó el chicote con mirada severa, ordenando a sus bases reforzar la barricada.
—¡Nadie pasa, he dicho! El pueblo se alimenta de convicción. Si el caballero tiene que esperar, que espere. ¡La huelga sigue!
La ambulancia, atrapada en la intransigencia, tuvo que maniobrar en reversa entre los bocinazos y los gritos, buscando desesperadamente una ruta alterna por los faldones de la cordillera. La gente, resignada y masticando rabia, tuvo que dar la vuelta bajo el sol implacable de la meseta, observando a Casimiro con una mezcla de temor y un profundo resentimiento. Don Casimiro se erigía ante todos como el defensor incorruptible de la dignidad comunitaria.
Pero en la cordillera, el sol siempre termina ocultándose.
A las nueve de la noche, cuando el frío de El Alto calaba hasta los huesos y las fogatas de la barricada quedaban al cuidado de los turnos más jóvenes, Casimiro anunció que iría a “coordinar estrategias con las provincias”. Se alejó hacia la penumbra de un callejón solitario, abrió una mochila negra y, como si fuera el reverso de un superhéroe, inició su mutación.
El poncho carmín desapareció en el fondo del bolso. En su lugar, emergió una campera urbana de gran tamaño, una gorra plana con inscripciones en inglés y gruesas cadenas doradas que tintineaban con el viento helado. Se calzó unos lentes oscuros —como si la noche no existiera para él— y, en ese instante, el dirigente sindical dejó de existir para dar paso a “El Don Omar del Altiplano”.
Apenas cruzaba la puerta de la discoteca El Olimpo, las luces parpadeantes de neón devoraban la oscuridad de la calle. El humo denso del tabaco y el aroma penetrante a cerveza se convertían en su nuevo ecosistema. Ya no caminaba con el paso pesado, rígido y calculador del líder comunario; ahora se movía con el vaivén suelto, felino y envolvente del reguetón. Su cuerpo mutaba por completo con el entorno.
—¿Qué pasó, mi gente? ¡Que se sienta la fiesta! —exclamó, proyectando la voz y subiendo sin dudarlo hacia la zona VIP, el Olimpo de plástico y luces led del boliche.
Allí lo esperaba Rosa, una de las clientes más fieles del lugar, quien ya alternaba con un vaso de ron en la mano y lo miraba con una mezcla de diversión y curiosidad. Casimiro se desplomó en el sillón de cuero sintético, haciendo tintinear las cadenas doradas que le colgaban del cuello, y pidió un whisky doble para amortiguar el frío altiplánico que todavía le calaba los huesos.
—Te hiciste esperar, «Don Omar» —le dijo Rosa, chocando su vaso con el de él—. Ya pensábamos que te habías quedado atrapado en ese bloqueo de la autopista. En las noticias dicen que el viejo del poncho carmín está intratable, que no deja pasar ni a las moscas.
Casimiro dio un largo trago, sintiendo cómo el alcohol ardía en su garganta y le devolvía el calor al pecho. Soltó una risa ronca, acomodándose las gafas oscuras a pesar de la penumbra del local.
—¿El del poncho? Por favor, mi amor, ese viejo no sabe de música, solo sabe hacer ruido —respondió Casimiro, impostando un forzado acento caribeño que ensayaba frente al espejo—. El mundo allá afuera está muy estresado, Rosa. La gente se ahoga en un vaso de agua. Aquí adentro es donde se vive de verdad, donde está el verdadero flow.
Rosa lo miró de reojo, soltando una densa bocanada de humo que se disolvió entre los rayos láser de la pista.
—Pues mi prima tuvo que caminar desde el peaje cargando a su wawa porque los minibuses no pasan. Dice que la cosa está fea, que hasta a una ambulancia hicieron dar la vuelta. A veces me da pena la gente, Don Omar… Uno aquí pasándola bien, y abajo la gente está sufriendo por comida, o marchando bajo el frío.
Por un microsegundo, la mandíbula de Casimiro se tensó. El eco de los petardos, el olor a llanta quemada y, sobre todo, el rostro desencajado de aquella mujer de pollera que le había suplicado de rodillas por su padre enfermo, le cruzaron la mente como un latigazo helado. Sintió el peso del poncho imaginario sobre sus hombros. Pero el orgullo, el miedo a ser descubierto y el efecto anestésico del whisky fueron más fuertes. Se reincorporó en el sillón, expandió el pecho y le dedicó a Rosa una sonrisa sobradora, casi cruel.
—Negrita, el que quiere celeste, que le cueste —sentenció, blindándose en su personaje—. La calle es para los guerreros que aguantan el barro, pero la noche… la noche es para los que sabemos gozar. Olvídate del bloqueo, olvídate del poncho. Esta noche el Altiplano es nuestro. ¿Quieres ver cómo hago que todos estos se olviden de sus penas?
Rosa sonrió, contagiada por la arrolladora energía del personaje, sin imaginarse jamás que el verdugo que asfixiaba a la ciudad, el mismo «guerrero» inflexible que daba las órdenes en el asfalto, era el hombre que tenía al frente vistiendo ropa de marca de imitación.
—Dale pues, Don Omar. Sube a la tarima, que para eso te invitamos los tragos.
Casimiro apuró el resto del whisky de un solo golpe, sintiendo el coraje líquido encenderle la sangre. Se limpió los labios con el dorso de la mano, ajustó su chaqueta y agarró el micrófono con la misma firmeza con la que horas antes sostenía el bastón de mando.
Mientras tanto, a pocos kilómetros de ahí, cientos de personas tiritaban de frío en la carretera, preocupadas por el desabastecimiento, por el precio de los alimentos que subía cada hora, por el paciente de la ambulancia que luchaba por su vida en un desvío de tierra, y por cómo llegarían a sus trabajos al día siguiente sorteando las piedras, zanjas y escombros que él mismo había ordenado colocar.
Ajeno a la miseria que él mismo coordinaba, el “Don Omar andino” dio un paso al frente bajo el reflector. La base de reguetón de los dos mil retumbó en las bocinas, el humo artificial inundó el escenario y él, cerrando los ojos para no ver su propia realidad, empezó a cantar a todo pulmón, buscando ahogar con su música los gritos de la calle. Durante meses, su doble vida pareció funcionar a la perfección: dos mundos separados, dos personalidades distintas, sin que nadie sospechara la verdad.
Pero, como dice la canción, todo tiene su final.
Una madrugada, justo cuando Casimiro se encontraba en el punto más alto de su actuación, interpretando Salió el Sol, las luces del local se encendieron de golpe con una intensidad cegadora. No era el DJ anunciando el final de la velada, sino el inicio de un sorpresivo operativo policial.
Entre los efectivos se encontraba un sargento que, casualmente, había quedado atrapado durante ocho horas en el bloqueo organizado por Casimiro esa misma tarde. Tenía su rostro perfectamente grabado en la memoria. El contraste era imposible de ignorar: la figura severa y solemne que había visto detrás de la barricada ahora vestía ropa llamativa, llevaba brillantina en el cuello y la gorra ladeada.
—Se le cayó el disfraz, don Casimiro —le dijo el oficial, acercándose con las esposas en la mano.
El boliche se inundó de murmullos y empujones. Casimiro, pálido bajo las luces blancas, intentó retroceder, pero la salida VIP estaba completamente bloqueada. Fue en ese instante cuando un hombre elegante, que hasta hacía unos minutos tomaba un whisky single malt en la mesa contigua y coreaba los temas, se abrió paso entre la multitud y los policías. Era el mismísimo Juez de Instrucción en lo Penal de El Alto, cliente habitual de las noches de El Olimpo.
—Un momento, sargento —intervino el hombre, acomodándose el saco con sobriedad jurídica, aunque con una ligera sonrisa irónica—. Déjeme ver bien… ¿Usted me está diciendo que el gran «¿Don Omar del Altiplano”, el tipo que acaba de revivir el género urbano en esta discoteca, es el responsable de que yo haya tenido que caminar diez cuadras a pie para llegar a mi juzgado esta mañana?
Casimiro tragó saliva, mirando al juez con una mezcla de pánico y ruego.
—Señor Juez… —balbuceó, perdiendo por completo el acento de reguetonero y recuperando la voz sumisa del detenido—. Hubo un malentendido… La presión de las bases…
—¡Qué bases ni qué lo tiró, Casimiro! —lo interrumpió el juez, borrando la sonrisa y mostrando una mirada gélida—. Al mediodía me jura que el pueblo se alimenta de convicción, dejando a la gente sin comida y jugando con la vida de los enfermos en las ambulancias, ¿y a las dos de la mañana lo veo pidiendo botellas de etiqueta negra en el VIP? Vaya ironía. Sargento, proceda con el arresto por atentado contra la salud pública y el libre tránsito. Llévelo a las celdas. Mañana en la tarde nos veremos las caras en mi cancha… y le aseguro que ahí no va a haber micrófono que lo salve.
Al final, la justicia detuvo su espectáculo. El bloqueo se levantó poco después, al quedar sin su líder principal, y al “Don Omar de las barricadas” se le acabó la fiesta. Fue conducido directamente a los tribunales, donde en lugar de pedirle que cantara, los fiscales le exigieron su declaración formal.
Pero en la audiencia cautelar, la misma autoridad judicial mantuvo su peculiar sentido del humor y de la justicia. Tras evaluar el caso, el juez decidió otorgarle una medida sustitutiva: no permanecería en prisión, pero tendría una restricción muy particular, dictada con una ironía gélida desde el estrado: solo podría salir de su casa para trabajar, estrictamente entre las 9 de la noche y las 3 de la madrugada. Al fin y al cabo, el juez no quería perderse los fines de semana de karaoke, pero se aseguró de que, de día, Casimiro no volviera a pisar jamás una barricada.
Desde ese día, en El Alto corre el rumor de que, en las noches de mucha neblina, si uno pasa cerca de los boliches de la Ceja, todavía se alcanza a escuchar un eco lejano: una mezcla confusa entre el sonido lúgubre de una zampoña y una voz que repite en un susurro:
“Danza Kuduro, compañero… Danza Kuduro”.