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El pasaporte de la sospecha

Durante aquellas semanas en que La Paz padeció los bloqueos y el cerco, me encontraba sumergido en los laberintos burocráticos para obtener una visa Schengen, pues dos amigos —uno radicado en Madrid y el otro en Maguncia— me habían invitado a pasar una larga temporada con ellos hacia fin de año. Emprendí la tarea con cierto desgano y pesadumbre; bien sabía que rasgar el velo migratorio de ciertos países se ha tornado hoy en una labor ímproba. Reuní la papelería de rigor —estados financieros y certificados laborales que pretendían avalar mi arraigo—, saldé las tasas administrativas y me aposté ante la ventanilla correspondiente. Una semana más tarde, el veredicto llegó seco: “Solicitud rechazada”.

Cosas del destino, por esos días de zozobra releía El mundo de ayer: Memorias de un europeo (1942), de Stefan Zweig, una de las obras más entrañables y definitorias de mi biografía lectora. En su capítulo final, el autor vienés evoca con melancolía cómo, antes de la carnicería de 1914 y el posterior auge de los nacionalismos de masas, el acto de viajar por el globo poseía una ligereza casi poética. Y es que ese «mundo de ayer» ignoraba las fobias migratorias y los peajes de la sospecha. Bastaba una valija ligera, el dinero justo para los pasajes y el hospedaje, y el deseo genuino de otear otros horizontes para cruzar fronteras y comulgar con culturas ajenas.

«Se subía y bajaba de los trenes y vapores —rememora el escritor, entonces fugitivo de la barbarie nazi—, sin preguntar ni ser preguntado; no había que llenar uno solo de los centenares de formularios que hoy se exigen. No había autorizaciones, ni visaciones, ni ninguna clase de molestias. Las mismas fronteras que hoy los aduaneros, policías y gendarmes transforman, gracias a la desconfianza patológica de todos contra todos, en un alambrado de púa, no significaban más que líneas simbólicas, que se cruzaban tan despreocupadamente como el meridiano de Greenwich».

La Gran Guerra resquebrajó esa inocencia. Desde entonces, el viajero dejó de ser un huésped para convertirse en un sospechoso crónico o un delincuente en potencia: «Había que hacerse retratar de derecha y de izquierda, de perfil y de frente…; había que dejar las impresiones digitales… y además había que presentar certificados de salud, de vacuna, de buena conducta…; ofrecer garantías económicas y morales, llenar formularios y llenar dos o tres copias de los mismos, y cuando faltaba uno solo de esos montones de papeles, se estaba perdido».

Hace un tiempo, conversando con H. F. C. Mansilla, él me confirmaba esa misma impresión: en los años de su juventud, cruzar hacia el primer mundo carecía de la hostilidad actual. Es evidente que, tras el quiebre histórico del 11 de septiembre de 2001 y el advenimiento del terrorismo global, el viejo ideal de la «ciudadanía universal» —aquel sueño de los espíritus más ilustrados de la historia— se ha replegado hacia la utopía y la mirada sobre el migrante se ha vuelto cada vez más inquisitiva.

Es innegable que los filtros migratorios responden a una necesidad real de los Estados para gestionar los flujos de millones de personas que buscan un porvenir, entre las cuales figuran también elementos con antecedentes oscuros. Sin embargo, resulta igualmente innegable que estos procesos, por su naturaleza engorrosa y deshumanizante, infligen una sutil degradación a la dignidad humana; «humillan el alma», como bien sentenció Zweig, pues, además, todo proceso emigratorio es ya de por sí difícil porque genera un desarraigo en muchos sentidos. Su queja resuena hoy con una vigencia pasmosa: «Conocer a una empleada insignificante de un consulado, que nos abreviase la espera, llegó a ser, en los últimos diez años, de mayor interés vital que la amistad de un Toscanini o de un Rolland».

Esta ordalía es, por supuesto, ostensiblemente más amarga para quienes provienen de naciones periféricas o del llamado sur global como Bolivia, ya que su pasaporte no solo carece de prestigio en la geopolítica del libre tránsito, sino que, me atrevería a decir, opera casi como un estigma: una suerte de valor negativo en la balanza del mundo. ¿Qué nos depara el futuro en un planeta cada vez más amurallado, donde conocer el mundo parece ya ser privilegio de unos cuantos pasaportes elegidos?

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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