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Sister Morphine, sweet Marianne Faithfull

Maurizio Bagatin

¿Cuántas Virginia Woolf antes de mí? ¿Cuántas mujeres en este mundo sin una habitación propia? Pero antes venían sus sueños, parecerle a Juliette Gréco, fumar Gauloises sin filtro y tomar café negro hablando de Albert Camus y de Sartre mientras se oían las notas de Sketches of Spain de Miles Davis.

“El sentido de la belleza trasciende cualquier otra consideración o, mejor dicho, hace superflua cualquier otra consideración”, y Marianne Faithfull esto lo sabía y siguió el instinto, cuanto un poeta como Keats parecía haberle dedicado, esta ambición de vivir plenamente adentro de una condición de incertidumbre, predisponiéndose a uno de sus muchos balances existenciales. Ser musa y ser heroína de una generación. Ella, maudit no por casualidad. Nieta de Leopold von Sacher-Masoch, el escritor austriaco cuyo nombre inspiró al psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing para acuñar el término «masoquismo», en su juventud fue bailarina para Max Reinhardt, además de participar en algunas producciones de Bertolt Brecht y Kurt Weill. Su padre, Glynn Faithfull, profesor de literatura italiana en el Bedford College de Londres y comandante del ejército de Su Majestad, trabajó durante la Segunda Guerra Mundial para los servicios secretos británicos. Todo un presagio, añadiendo que el padre de Glynn Faithull, Theodore Faithfull, era un veterinario apasionado por la sexología, autor de una recopilación de ensayos titulada «El futuro de las mujeres», quien en su día había abandonado a su esposa Frances por una bailarina de circo. Theodore no se limitaba a la teoría, sino que también fue el inventor de la «Frigidity Box», una máquina contra la frigidez que, según él, habría cambiado el destino de la humanidad. Y así fue que el comandante Glynn se convirtió en uno de los defensores más acérrimos del invento de papá Theodore, hasta el punto de que intentó convencer a su esposa para que probara la máquina. La baronesa, a pesar de haber crecido en Viena, consideraba el psicoanálisis una tontería de charlatanes, y al repetirse a sí misma el conocido aforismo de Karl Kraus: “El psicoanálisis es esa enfermedad mental de la que uno cree ser la terapia”. El lenguaje siempre nos delata, y no es una boutade de Lacan.

As tears go by que debía ser As time goes by si no hubiera ya existido en Casablanca, en la melancolía que al piano Sam iba difundiendo e infligiendo a Rick Blaine. Y luego la muerte, de Brian Jones y el intento de suicidio de una escalofriante belleza. Al despertar del abismo casi mortal recitó a Mike Jagger la lapidaria profecías: “Wild horses/Wouldn’t drag me away (Los caballos salvajes/No pudieron arrastrarme lejos). No le ganó a la muerte, fueron años vividos adentro de una oquedad infernal.

Verla recitar en Irina Palm nos regala ternura. No la asociaría a la realidad que vivió, sexo, droga y Rolling Stones. Never explain, never complain, hizo escribir en la tapa de unos de sus discos, al resucitar de la tormenta. Todo muy británico y todo muy aristocrático, pero dicho por una baronesa, se entiende.

Algo de su vida debe estar encerrado en la Venus que su abuelo materno había proféticamente escrito. Otra vez, nomen omen, masoquismo en el gen y genio en la piel. Se fue sin el delirio de la beatitud, con su voz y su encanto, cantando una conmovedora Strange weather de Tom Waits. Se reencontrarán en el barco de Caronte, una habitación solo para extraños.

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