«Toda explicación del sufrimiento que no despierte responsabilidad hacia el otro corre el riesgo de convertirse en una forma elegante de indiferencia.» — Márcia Batista Ramos
Márcia Batista Ramos
Existen momentos en que las sociedades sienten la tentación de explicar sus crisis recurriendo a grandes relatos históricos, culturales o identitarios. Las bibliotecas vuelven a abrirse, los conceptos regresan a la conversación pública y los viejos autores son convocados como si todavía pudieran ofrecer una respuesta definitiva al presente. Se habla de la nación, del Estado, de la memoria colectiva, de las fracturas heredadas, del colonialismo, del regionalismo, del abigarramiento social, de las identidades múltiples. Todo parece adquirir sentido dentro de un sistema de ideas cuidadosamente construido.
Sin embargo, hay dolores que no admiten espera hermenéutica. El enfermo detenido en un bloqueo no necesita una teoría de la nación. Necesita llegar al hospital. El hijo que intenta asistir al entierro de su padre no requiere una nueva interpretación de la identidad boliviana. Necesita que el camino permanezca abierto. El agricultor que observa cómo su cosecha comienza a pudrirse bajo el sol no espera una nueva explicación sobre las tensiones históricas entre Oriente y Occidente. Necesita que el camión pueda avanzar.
Hay circunstancias en las que toda explicación, por brillante que sea, llega demasiado tarde.
La filosofía nació intentando comprender el mundo. Desde los antiguos griegos hasta el pensamiento contemporáneo, la humanidad ha construido extraordinarios sistemas para interpretar la historia, la política y la cultura. Gracias a ellos comprendemos mejor las razones profundas de los conflictos, las continuidades invisibles de las sociedades y las estructuras que organizan la convivencia humana.
Comprender constituye una de las tareas más nobles del pensamiento. Pero comprender nunca ha sido equivalente a justificar.
Toda teoría representa un esfuerzo por ordenar el caos de la realidad. Ninguna teoría sustituye la obligación ética de impedir un sufrimiento evitable. La historia explica, la sociología interpreta, la literatura recuerda, la filosofía pregunta. Pero la ética establece un límite que ninguna explicación puede atravesar sin perder su legitimidad: el ser humano jamás puede convertirse en el precio aceptable de una idea.
Quizá esa sea la diferencia más profunda entre pensar y responder. Pensar exige distancia. Responder exige proximidad.
Pensar permite comprender las razones de un conflicto. Responder obliga a mirar el rostro de quien está sufriendo sus consecuencias.
Fue precisamente allí donde el filósofo Emmanuel Levinas situó el origen de toda ética. No en la ley, ni en el contrato social, ni siquiera en las instituciones políticas. Para Levinas, la ética comienza mucho antes, cuando el rostro del otro irrumpe en nuestra conciencia y nos reclama una respuesta. Ese rostro no formula un argumento. No presenta una ideología, ni pide ser interpretado. Simplemente nos recuerda que existe una vida cuya vulnerabilidad nos interpela antes de cualquier construcción intelectual.
El otro aparece antes que nuestras teorías. Antes que nuestras convicciones. El rostro del otro no solicita nuestra compasión. Reclama el reconocimiento de una responsabilidad que antecede incluso a nuestra voluntad de asumirla. Antes de toda explicación existe una presencia que nos interpela. Antes de todo argumento existe una vida que nos obliga.
El sufrimiento posee una autoridad moral que ninguna doctrina puede desplazar.
Décadas más tarde, Hans Jonas formularía el principio de responsabilidad como una de las exigencias fundamentales de la civilización contemporánea. Cuanto mayor es el poder de una sociedad para intervenir sobre la vida de los demás, mayor es también su responsabilidad respecto de las consecuencias de sus actos. No basta con defender una causa considerada justa. También debemos responder por el daño que esa causa produce sobre quienes nunca fueron consultados para asumir ese sacrificio.
Ambos filósofos, desde caminos distintos, llegan a una conclusión semejante.
La ética comienza cuando dejamos de pensar únicamente en nuestras razones para comenzar a responder por la vida del otro.
Esa idea adquiere una extraordinaria actualidad cuando observamos la realidad boliviana.
Durante décadas hemos aprendido a interpretar el país mediante categorías cada vez más sofisticadas. Hemos hablado de la sociedad abigarrada, del Estado plurinacional, de las herencias coloniales, de las fracturas regionales, de las múltiples identidades culturales y de las deudas históricas acumuladas desde la fundación de la República. Cada generación ha incorporado nuevos conceptos para explicar por qué Bolivia parece caminar siempre entre promesas incumplidas y reconciliaciones aplazadas.
Todas esas interpretaciones contienen una parte de verdad. Pero ninguna disminuye el sufrimiento del ciudadano detenido durante cincuenta días en una carretera. Ninguna devuelve la medicina que no llegó. Ninguna acorta la distancia que separa a una familia de su hospital. Y lo que es peor, ninguna interpretación, devuelve la vida perdida porque una ambulancia permaneció inmóvil detrás de un muro de piedras.
Existe un momento en que la teoría deja de iluminar la realidad para comenzar, inadvertidamente, a anestesiarla.
Nos acostumbramos a explicar el dolor con tanta precisión que dejamos de percibir su escándalo moral.
La inteligencia corre entonces un riesgo inesperado. El de transformarse en una forma elegante de resignación y Bolivia conoce demasiado bien esa tentación.
Cada nueva crisis despierta inmediatamente un conjunto de interpretaciones que buscan localizar sus causas profundas. Se discute el origen histórico del conflicto, la legitimidad de las demandas, los errores del Estado, las fracturas regionales, las responsabilidades compartidas. Todo ello resulta necesario para comprender lo ocurrido. Pero mientras el debate continúa, alguien permanece inmóvil sobre el asfalto.
Esperando.
Esperando que alguien retire las piedras.
Esperando que el país recuerde que existen derechos cuya urgencia antecede a cualquier explicación.
Porque antes de la identidad está la dignidad. Antes del relato está la vida. Antes de la interpretación está el deber de impedir un sufrimiento que puede evitarse.
No se trata de negar la importancia de la historia. Mucho menos de despreciar el pensamiento. Toda nación necesita comprenderse para poder proyectarse hacia el futuro. Pero ninguna nación puede construirse únicamente mediante interpretaciones sobre sí misma mientras descuida la experiencia concreta de quienes la habitan.
La inteligencia explica el país. La ética impide que el país deje de ser humano. Y quizá allí resida la diferencia esencial entre una sociedad que todavía conserva sensibilidad moral y otra que comienza, lentamente, a perderla. Porque las naciones no desaparecen solamente cuando fracasan sus instituciones. También comienzan a desmoronarse cuando el sufrimiento cotidiano deja de conmover la conciencia colectiva y pasa a convertirse en un dato más dentro del paisaje político.
Entonces el problema deja de ser únicamente institucional. Se vuelve profundamente humano. Y ninguna teoría, por brillante que sea, consigue limpiar el asfalto donde continúa esperando un ciudadano cualquiera, convertido, sin haberlo elegido, en rehén silencioso de un conflicto que nunca le pidió permiso para atravesar su vida.
Toda civilización comienza a degradarse cuando la explicación del sufrimiento sustituye a la obligación de impedirlo.
II. Antes de la metáfora está el camino
Las naciones necesitan relatos. Ninguna comunidad política logra consolidarse únicamente mediante constituciones, censos o tratados internacionales. También necesita símbolos, memoria compartida, héroes, canciones, literatura y una historia capaz de ofrecer a cada generación la sensación de pertenecer a algo que la trasciende. La cultura constituye el lenguaje profundo mediante el cual un pueblo aprende a reconocerse. Sería absurdo negar esa evidencia.
Los libros sobreviven a los gobiernos precisamente porque custodian aquello que las instituciones no siempre consiguen preservar: la memoria íntima de una sociedad.
La literatura nos ayuda a comprender quiénes somos. Nos enseña a reconocer nuestros miedos, nuestras contradicciones y nuestras esperanzas. Gracias a ella descubrimos que las naciones también poseen una biografía espiritual.
Pero existe una pregunta anterior: ¿Qué ocurre cuando el ciudadano no alcanza siquiera a llegar hasta la biblioteca?
No podemos buscar respuestas únicamente en las páginas de Raza de bronce o Felipe Delgado mientras un ciudadano permanece detenido en una carretera buscando señal de celular para avisar que no llegará al entierro de su padre.
La literatura nos ayuda a comprender quiénes somos; pero ninguna nación puede construirse únicamente desde sus símbolos si antes no garantiza el derecho elemental de sus habitantes a llegar a destino. Porque antes de la metáfora está el camino. Antes del canon está la vida.
No porque la literatura carezca de importancia. Al contrario. Precisamente porque importa tanto, debemos impedir que se convierta en un refugio cómodo desde el cual contemplar el sufrimiento sin asumir ninguna responsabilidad frente a él.
Los grandes libros iluminan la conciencia. No reemplazan la obligación de proteger la vida. Ya que ningún poema despeja una carretera. Ninguna novela permite el paso de una ambulancia. Ningún ensayo devuelve el oxígeno al paciente que murió esperando atravesar un bloqueo.
La cultura puede enseñarnos a amar una patria. Corresponde a la ética impedir que esa patria se vuelva intransitable.
Existe una diferencia que con frecuencia olvidamos: la cultura explica quiénes somos y la civilidad demuestra quiénes hemos decidido ser. Y esa diferencia aparece precisamente cuando termina la celebración.
Bolivia posee una riqueza cultural extraordinaria. Pocas sociedades conservan con semejante intensidad la fuerza de sus tradiciones populares. Las entradas folklóricas, las fiestas patronales, los carnavales, las procesiones religiosas y las celebraciones comunitarias revelan una vitalidad que despierta admiración dentro y fuera del país. Durante algunos días desaparecen las fronteras invisibles que normalmente separan regiones, clases sociales y generaciones. Miles de personas bailan juntas, comparten el mismo espacio público y celebran una memoria común.
Todo ello merece ser preservado. Pero no debemos confundir la belleza de una celebración con la existencia de un verdadero pacto social. Bailar juntos una vez al año no constituye una comunidad política. Apenas demuestra que todavía somos capaces de compartir una celebración.
La verdadera cohesión nacional comienza al día siguiente. Comienza cuando el mismo ciudadano decide no convertir el camino de su vecino en un instrumento de presión política. Cuando comprende que la libertad de defender una causa encuentra su límite en el sufrimiento de quien no participa de ese conflicto.
Ninguna fiesta popular puede sustituir la ética cotidiana del respeto recíproco. Una nación no se mide únicamente por la belleza de sus entradas folklóricas, sino por la confianza con la que sus habitantes pueden recorrer sus propios caminos sin temor a que alguien decida apropiarse de ellos.
Porque la patria nunca ha sido solamente una geografía. Es una forma de convivencia.
La patria no comienza en los monumentos ni termina en las bibliotecas. Tampoco se agota en los himnos, en las banderas o en los aniversarios cívicos. Comienza allí donde un ciudadano desconocido decide que el sufrimiento del otro también le concierne. Allí donde comprende que ninguna diferencia política le concede el derecho de impedir que otro llegue a su trabajo, a su escuela, a su hospital o al funeral de quien ama.
Ese instante silencioso vale más que todos los discursos patrióticos. Porque allí nace la ciudadanía.
La historia boliviana ha estado marcada por conflictos profundos. Ninguna generación ha heredado un país sencillo. Hemos conocido revoluciones, dictaduras, reformas, procesos constituyentes, promesas de refundación y permanentes disputas sobre el significado mismo de la nación.
Todos somos, en alguna medida, víctimas de esa historia. Ninguna región ha permanecido completamente al margen del desencuentro. Ningún grupo social puede afirmar honestamente haber salido indemne de nuestras fracturas. Precisamente por eso deberíamos comprender que el sufrimiento del otro nunca constituye una victoria propia.
Cada bloqueo deja heridas que no aparecen en las estadísticas. Rompe vínculos. Debilita la confianza. Normaliza el miedo. Convierte al vecino en sospechoso. Y transforma la convivencia en una sucesión interminable de agravios.
Lo verdaderamente preocupante no es solamente que el camino permanezca cerrado. Es que terminemos aceptándolo como parte natural de nuestra vida democrática.
Las sociedades no se acostumbran de un día para otro a la crueldad. Llegan lentamente hasta ella. Primero justifican una excepción. Después aceptan otra. Más tarde descubren que el sufrimiento cotidiano ya no provoca escándalo. Y finalmente aprenden a convivir con él como si formara parte inevitable del paisaje nacional.
Ese momento resulta mucho más peligroso que cualquier crisis política. Porque las instituciones pueden reconstruirse. La sensibilidad moral tarda generaciones en recuperarse.
III. Cuando la inteligencia deja de incomodarnos
Las sociedades maduras necesitan pensadores capaces de interpretar sus conflictos. Sin ellos, la historia se reduce a una sucesión de acontecimientos aislados, incapaces de revelar las fuerzas profundas que los producen. La sociología, la filosofía, la historia y la literatura han permitido comprender aquello que, a simple vista, parecía inexplicable. Gracias a ellas sabemos que las naciones no son organismos simples, sino construcciones complejas donde conviven memorias, intereses, heridas y esperanzas.
Bolivia no constituye una excepción. Quizá sea uno de los países latinoamericanos que más categorías ha producido para intentar comprenderse a sí mismo. Cada generación ha elaborado un nuevo vocabulario para explicar aquello que parecía escapar a las interpretaciones anteriores. Hemos aprendido a hablar del colonialismo interno, del mestizaje inconcluso, de las fracturas regionales, del Estado Plurinacional, de la nación, de las autonomías, de la interculturalidad y del carácter abigarrado de nuestra sociedad.
Todas esas categorías han enriquecido la comprensión del país. Sería intelectualmente deshonesto negarlo. Pero existe un momento en que la inteligencia corre un riesgo inesperado. El riesgo de comenzar a explicar con tanta precisión el sufrimiento que termina perdiendo la capacidad de conmoverse ante él.
Nos hemos vuelto extraordinariamente sofisticados para diagnosticar nuestro abigarramiento. Explicamos la piedra mediante complejas categorías sociológicas. Interpretamos el resentimiento con las nuevas teorías de la comunicación digital. Analizamos la polarización desde los algoritmos. Y buscamos consuelo en la melancolía de nuestros poetas.
Todo ello amplía nuestra comprensión del país. Pero la sociología no limpia el asfalto. La filosofía no mueve las piedras. La teoría política no abre paso a una ambulancia.
Existe una diferencia profunda entre comprender una tragedia y acostumbrarse a ella.
Cuando las categorías intelectuales dejan de incomodarnos y comienzan a tranquilizar nuestra conciencia, dejan de cumplir su función crítica. Entonces la explicación se convierte en refugio. Y el pensamiento empieza a protegernos del dolor que debería despertar nuestra responsabilidad. Tal vez ese sea uno de los mayores peligros de toda sociedad excesivamente acostumbrada a interpretarse.
Confundir comprensión con absolución.
La piedra deja entonces de ser una agresión contra un ciudadano concreto para transformarse en un síntoma histórico. La ambulancia inmóvil deja de contener un enfermo para convertirse en una consecuencia estructural. La madre que espera una medicina deja de tener nombre. Pasa a formar parte de un diagnóstico.
Y toda vez que un ser humano pierde su nombre para convertirse únicamente en una categoría, la ética comienza a retroceder. Levinas comprendió que la civilización se degrada precisamente en ese instante. Cuando dejamos de ver un rostro y comenzamos a ver únicamente un concepto. Cuando el otro deja de ser una persona para convertirse en un dato, en una estadística o en un argumento.
Toda violencia comienza con una abstracción.
Nadie hiere a una teoría. Siempre hiere a un ser humano.
Por eso el pensamiento conserva su dignidad únicamente cuando permanece al servicio de la vida. No cuando la reemplaza.
Hans Jonas advertía que el verdadero progreso no consiste en aumentar indefinidamente nuestro poder para transformar el mundo, sino en desarrollar una responsabilidad proporcional a ese poder.
Quizá hoy debamos ampliar esa reflexión. No basta con preguntarnos qué país queremos construir. También debemos preguntarnos qué sufrimientos estamos dispuestos a tolerar mientras intentamos construirlo. Porque existe un umbral moral que ninguna causa colectiva debería atravesar. El instante en que aceptamos que un compatriota puede convertirse en daño colateral de nuestras convicciones. Ese momento no degrada solamente a la víctima. Nos degrada también a nosotros.
La historia demuestra que las naciones no comienzan a fracturarse únicamente cuando fallan sus instituciones. Empiezan a perder su cohesión mucho antes. Cuando la indiferencia ocupa el lugar de la solidaridad. Cuando el sufrimiento deja de producir vergüenza. Cuando el ciudadano concluye que la desgracia del otro constituye simplemente el precio inevitable de un conflicto político.
No existe victoria capaz de justificar semejante aprendizaje. Porque el daño más profundo nunca ocurre sobre el asfalto. Ocurre dentro de la conciencia colectiva. Allí donde lentamente dejamos de experimentar como propia la vulnerabilidad del desconocido. Allí donde comenzamos a creer que basta con comprender una tragedia para quedar moralmente exentos de responder ante ella.
Ese quizá sea el verdadero fracaso de una nación.
No la existencia de conflictos. Todas las democracias los tienen. No la diversidad de identidades. Toda sociedad plural convive con diferencias. Ni siquiera la intensidad de sus disputas políticas.
Lo verdaderamente alarmante aparece cuando una comunidad aprende a convivir serenamente con el sufrimiento evitable de sus propios ciudadanos. Porque entonces el problema deja de pertenecer exclusivamente al Estado. Comienza a pertenecer a cada uno de nosotros.
Las piedras permanecen sobre el camino porque, de alguna manera, también han comenzado a instalarse dentro de la conciencia. Y ninguna maquinaria pública puede retirar las piedras que una sociedad ha decidido conservar en su interior.
IV. La hospitalidad de los caminos
Existe una forma de hospitalidad que rara vez aparece en los tratados de filosofía política. En la tradición filosófica occidental, desde la xenia griega hasta Jacques Derrida, la hospitalidad constituye uno de los fundamentos de la civilización.
No sucede dentro de una casa. Sucede entre desconocidos. Un camino es la primera forma de hospitalidad pública.
Cada camino abierto constituye una promesa silenciosa. Promete que cualquiera podrá recorrerlo sin necesidad de justificar quién es, por qué viaja o hacia dónde se dirige o para qué.
El camino representa la confianza mínima sobre la que descansa toda convivencia democrática. No pregunta. No discrimina. No distingue entre adversarios políticos, creyentes o incrédulos, campesinos o empresarios, indígenas o mestizos. Simplemente permite pasar.
Por eso los caminos pertenecen a todos incluso antes de que pertenezcan al Estado. Son una forma de hospitalidad pública. La expresión material de una ética compartida.
Cuando una sociedad bloquea sus propios caminos comienza a retirar esa hospitalidad. Ya no recibe al otro. Lo somete. Le exige detenerse. Negociar. Pagar. Padecer. Aceptar que alguien ha decidido suspender temporalmente su derecho a avanzar.
La piedra deja entonces de ser un objeto físico. Se convierte en una frontera moral. Cada piedra pregunta silenciosamente quién posee realmente el país. Si pertenece a todos. O solamente a quien tiene fuerza suficiente para detener el paso.
Quizá por eso la libertad de circulación nunca fue únicamente un derecho administrativo. Es una manifestación concreta del reconocimiento mutuo.
Solo quien reconoce plenamente al otro acepta que también posee el mismo derecho a recorrer la tierra compartida.
La hospitalidad constituye el verdadero comienzo de la patria. No los monumentos. No las ceremonias. No las efemérides.
La patria comienza cuando ningún ciudadano necesita pedir autorización informal para desplazarse dentro del territorio que también le pertenece.
V. La nación comienza donde termina la indiferencia
Toda sociedad corre el riesgo de acostumbrarse a sus propias heridas. No ocurre de manera repentina. Sucede lentamente.
Primero nos escandaliza una injusticia. Después aprendemos a convivir con ella. Más tarde dejamos de verla. Finalmente terminamos aceptándola como una parte inevitable del paisaje. Ese proceso constituye una de las formas más silenciosas de degradación moral. No porque aumente el sufrimiento, sino porque disminuye nuestra capacidad de conmovernos ante él.
Existe un momento en el que una sociedad deja de preguntarse cómo evitar un daño y comienza a preguntarse únicamente cómo explicarlo. Es entonces cuando la inteligencia cambia de función. Deja de incomodar a la realidad para adaptarse a ella. Las categorías sustituyen a las personas. Los conceptos ocupan el lugar de los rostros. La brillantez del diagnóstico corre el riesgo de adormecer la urgencia de la conciencia.
Emmanuel Levinas comprendió que la ética nace precisamente allí donde toda teoría resulta insuficiente. No comienza con una doctrina, ni con un sistema filosófico, ni con una ideología. Comienza cuando el rostro del otro irrumpe en nuestra tranquilidad y nos obliga a responder. El sufrimiento ajeno no nos pide primero comprensión; nos exige responsabilidad.
Hans Jonas llevó esa intuición todavía más lejos. Enseñó que cuanto mayor es nuestro poder, mayor debe ser nuestra responsabilidad. Quizá hoy debamos ampliar ese principio. También el conocimiento nos hace responsables. Comprender mejor una tragedia no disminuye nuestra obligación moral de impedirla; la aumenta. Quien entiende con mayor profundidad las consecuencias del daño ya no puede refugiarse en la neutralidad del observador.
Por eso existe una diferencia decisiva entre interpretar una crisis y habitarla éticamente. Interpretar pertenece al pensamiento. Responder pertenece a la conciencia.
Ninguna nación puede sobrevivir únicamente gracias a la lucidez de sus intelectuales. Tampoco por la belleza de su literatura, la riqueza de su folclore o la profundidad de sus interpretaciones históricas. Todo ello constituye el patrimonio espiritual de un pueblo, pero ninguna cultura puede sostenerse si pierde la capacidad más elemental de reconocer el dolor de quienes la integran.
Con demasiada frecuencia creemos que la patria habita en los símbolos. Quizá la patria habite, sobre todo, en los límites que una sociedad decide no cruzar. En la decisión de no convertir al vecino en un instrumento.
En la convicción de que ninguna causa política posee el derecho de apropiarse del tiempo, de la salud o de la esperanza de quienes no participan en ella.
Una nación no comienza cuando todos piensan igual. Tampoco cuando desaparecen los conflictos. Comienza cuando incluso el adversario conserva intacta su condición de semejante.
Cuando la diferencia deja de ser una autorización para producir sufrimiento. Cuando el ciudadano desconocido sigue siendo reconocido como alguien cuya dignidad merece exactamente la misma protección que la propia.
Quizá por eso las piedras nunca fueron solamente piedras. Representan el instante en que olvidamos que el camino también pertenece al otro. Representan el momento en que la fuerza sustituye al reconocimiento. Representan la tentación permanente de creer que nuestras razones son más importantes que la vida concreta de quienes deberán soportar sus consecuencias.
Las piedras pueden retirarse del asfalto en una mañana. Las que permanecen en la conciencia requieren generaciones.
Las primeras obstaculizan el tránsito.
Las segundas impiden la convivencia.
Y son estas últimas las que verdaderamente deberían preocuparnos.
Las naciones no se sostienen únicamente porque compartan un territorio, una bandera o una historia. Se sostienen porque todavía conservan la capacidad de sentir como propia la vulnerabilidad del otro.
El día en que el dolor ajeno deja de interrumpir nuestras certezas, el país comienza a perder algo que ninguna Constitución, ninguna reforma política y ningún crecimiento económico podrán devolverle. Comienza a perder su conciencia moral.
Quizá esa sea, después de todo, la única pregunta que merece permanecer cuando termina este ensayo. No qué teoría explica mejor a Bolivia. Sino qué clase de seres humanos estamos dispuestos a ser mientras intentamos construirla.
«La literatura ilumina el camino de la conciencia; pero una sociedad fracasa cuando confunde esa luz con el deber de retirar las piedras.»
— Márcia Batista Ramos