Casi no hay época, sobre todo en los últimos 250 años, que no se haya vivenciado, enunciado, denunciado y aclamado como un tiempo de crisis; cuando los caminos se bifurcan, el paciente sana o muere, el agua se vaporiza: Troya sitiada, los luditas destruyendo máquinas, la revolución inevitable, la gran guerra, la bomba aniquiladora, el cambio climático, etcétera.
Es el coqueteo atemorizante pero irresistible con la catástrofe que tanto atrae a nuestras mentes inquietas que desafían lo dado arriesgando un paso más. Ya en la primera zaga escrita conocida, Gilgamesh trató de derrotar a la muerte. Falló, a pesar de ser dos tercios dios y uno humano. Y siempre que se recurren las crisis, como los picos más altos en una cordillera del desastre, se acentúa la pregunta sobre lo propiamente humano. Gilgamesh mismo buscó, luego de fracasar, la inmortalidad a escala humana: con la construcción de las imponentes murallas de Uruk.
Hoy, los prolegómenos de la crisis los escribe la IA, sobre todo con los modelos extensos de lenguaje (LLM); desarrollos que reactivan la pregunta por lo humano en lo que tradicionalmente se ha considerado su núcleo más específico: la capacidad de realizar inferencias para obtener información nueva; o si prefiere, la capacidad de pensar.
Así no es raro que, como ha recogido The Economist y The New York Times, la filosofía sea hoy una disciplina cotizada. Si hace diez años le hubiesen preguntado al ministro Quiroz (o a cualquiera), tan preocupado de los réditos de las carreras, cuál sería una apuesta segura, probablemente habría dicho: programación. Un pasaje al desempleo. Las empresas de IA están contratando filósofos.
Y es que la filosofía se centra en temas centrales para guiar, diseñar y evaluar estos desarrollos: la preocupación por uno mismo, por los otros, y las condiciones de posibilidad del propio enfoque. De lo que se siguen, entre otras, preguntas sobre consciencia y subjetividad, ética, lógica, y condiciones del conocimiento, en las que los entrenados en filosofía tienen experticia.
Cuando en nuestro país se empieza a hacer moda la idea de acortar las carreras universitarias centrándolas en sus núcleos técnicos imprescindibles, vale la pena quitarse las anteojeras y preguntarse si no estaremos sembrando el campo con técnicos de la obsolescencia, sombras humanas bajo el yugo de las máquinas.
Lo que los tiempos exigen es exactamente lo contrario: el human touch, acentuar lo propiamente humano en las formaciones. No me refiero al labio superior demasiado corto de Ana Karenina, que con Mary Wollstonekraft podríamos considerar una imperfección encantadora; sino a que la IA aprende del pasado, reproduciendo en esquemas y modelos lo ya dado (hace inferencias deductivas e inductivas, no abductivas); pero, parafraseando a Kierkegaard, si bien la vida se entiende hacia atrás, se debe vivir hacia adelante.
Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez