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Falsos gigantes en la política boliviana

 En los últimos años, Sudamérica en su conjunto —y especialmente nuestro país— ha sido escenario de una misma realidad: el ascenso de gobiernos y autoridades nacionales, departamentales y municipales que, bajo una imagen imponente, esconden una capacidad de gestión muy limitada. Son lo que bien podemos llamar “falsos gigantes”: figuras que crecen en la medida en que las instituciones se debilitan y la sociedad deja de exigir resultados concretos.

Vivimos en una época que rinde culto a lo aparente. En las redes sociales, en la arena política y en el espacio público, nos cruzamos a diario con personajes que se presentan ante nosotros como auténticos colosos. Proyectan una presencia imponente, hablan con la seguridad de quienes creen poseer la verdad absoluta y se mueven como si tuvieran el poder de transformar o derrumbar el orden establecido. Ante esa a pariencia, la reacción más frecuente en el ciudadano común suele ser la sumisión o el temor. Sin embargo, el escritor y pensador austríaco Karl Kraus nos legó una advertencia que hoy cobra más vigencia que nunca:

 «Cuando veas la sombra de un gigante, no te asustes; fíjate dónde está el sol, porque puede ser la sombra que proyecta un enano».

 La fuerza de esta reflexión radica en que nos invita a cambiar de perspectiva: en lugar de quedarnos paralizados ante lo que parece imponente, debemos observar las condiciones que lo hacen parecer grande. La física nos enseña que cuando el sol está bajo, cerca del horizonte, cualquier objeto, por pequeño que sea, alarga su silueta hasta parecer inmenso. En la vida pública ocurre exactamente lo mismo. Hay momentos de debilidad institucional, vacío de propuestas, desinformación generalizada o crisis de valores —nuestro “sol en el ocaso”— que facilitan la aparición de estos falsos gigantes en la política boliviana: personas sin formación suficiente, sin trayectoria probada ni proyectos serios y sostenibles, que logran

proyectar una influencia desmedida y terminan creyéndose con derecho a imponer su voluntad sobre el resto.

 Esta realidad la hemos vivido en carne propia en Bolivia durante las últimas décadas. Nuestro país ha sido víctima recurrente de discursos simplistas, promesas fáciles y relatos que exaltan a líderes presentados como la única solución posible para todos los problemas. Con demasiada frecuencia caemos en la trampa de elegir autoridades —a nivel nacional, departamental y municipal— basándonos únicamente en su imagen, en sus palabras grandilocuentes o en la campaña publicitaria, sin detenernos a analizar su trayectoria, su capacidad real de gestión ni la viabilidad de sus propuestas.

 Las consecuencias de esa elección precipitada no tardan en manifestarse. Después de la euforia inicial y de los primeros anuncios, aparece la verdadera cara de estos personajes: muchas de las autoridades electas, llegada la hora de la verdad, usan y abusan del poder sin límites. Entran en una espiral insostenible de corrupción, desviando recursos públicos, favoreciendo negocios oscuros y convirtiendo el cargo en una herramienta de beneficio personal.

 El poder se concentra rápidamente en círculos cerrados: amigos cercanos, socios y, sobre todo, parientes ocupan todos los cargos de decisión, llegando al nivel de nepotismo total en la institución estatal que el ciudadano, a través del voto, les dio la oportunidad de administrar. Sin importar su preparación, mérito o experiencia, transforman la administración pública en un feudo familiar y político, donde no hay espacio para la capacidad, sino solo para la lealtad.

 Esta concentración desmedida los lleva a actuar como si tuvieran un poder absoluto, sin controles ni límites. Llegan al extremo más grave e insostenible: utilizar la justicia o las instituciones del Estado como instrumentos de persecución. No dudan en encarcelar injustamente, difamar o incluso hacer desaparecer a sus adversarios políticos, así como a quienes se atreven a denunciar sus actos de corrupción. Además, una vez instalados, no quieren abandonar sus puestos: buscan reformar reglas, manipular leyes y torcer la voluntad popular al extremo de pretender ser reelegidos eternamente, confundiendo el servicio público con una propiedad privada y un derecho vitalicio.

 De esta forma, silencian cualquier voz de alerta, eliminan la renovación necesaria y se aseguran de que su verdadera estatura nunca quede expuesta ante la sociedad.

 El resultado de todo esto es evidente: crisis económicas recurrentes, desorden en las finanzas públicas, estancamiento de la producción, falta de inversión en infraestructura y servicios básicos, aumento de la pobreza y la desigualdad, y un paulatino pero constante debilitamiento de las instituciones democráticas. Son efectos que no afectan solo a unos pocos sectores, sino a toda la nación. Hoy seguimos comprobándolo: muchas de las autoridades electas actúan de forma muy distinta a lo prometido, y su gestión termina revelando su verdadera estatura, muy por debajo de la inmensa sombra que proyectaron durante sus campañas.

 El verdadero problema no es solo la existencia de estos “enanos” astutos y ambiciosos, sino nuestra incapacidad colectiva para analizar de dónde proviene la luz que los hace parecer grandes. Nos hemos acostumbrado a juzgar solo por el tamaño de la sombra, sin detenernos a medir la valía real de quien la produce. Idolatramos propuestas sin sustento, aplaudimos discursos que no resuelven nada y terminamos temiendo a líderes construidos casi exclusivamente de apariencia y publicidad, olvidando que su supuesta grandeza no es una cualidad propia, sino un efecto pasajero de las circunstancias y de nuestra propia indiferencia.

 El miedo y la admiración ciega son las herramientas más efectivas de estos falsos gigantes. Ambas emociones nos paralizan, nos quitan la capacidad de razonar y nos impiden formular la pregunta fundamental: ¿ese poder que exhiben nace de su propia capacidad, ética y visión de futuro, o es simplemente el resultado de la debilidad institucional, la desorganización o la falta de información de nuestra sociedad?

Buscar “dónde está el sol” es, en esencia, un acto de responsabilidad y libertad. Significa activar el pensamiento crítico, contrastar las versiones con los hechos, analizar más allá de los relatos y entender cómo funcionan los mecanismos de manipulación que agrandan a quienes no tienen méritos para ello. Es la única forma de desenmascarar el engaño antes de que sea demasiado tarde.

 Por eso, la próxima vez que una figura, un discurso o una propuesta parezca querer aplastarnos bajo su inmensa sombra, no nos escondamos. Miremos más allá: busquemos la fuente de luz, analicemos el contexto y descubramos el verdadero tamaño de lo que tenemos enfrente. Nos sorprenderá comprobar cuántos supuestos gigantes de la política boliviana —en todos sus niveles— se desvanecen en cuanto la claridad regresa y las sombras recuperan su dimensión real.

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