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Contra los desastres naturales no hay vacuna

Márcia Batista Ramos

La tierra no anuncia el instante en que decidirá moverse. Puede advertir durante siglos que está viva, respirar por las grietas, exhalar vapor desde las montañas o hacer temblar apenas los vasos sobre una mesa. Sin embargo, cuando finalmente rompe el equilibrio, lo hace sin preguntar quién está preparado y quién no.

Entonces desaparecen las diferencias económicas y sociales. El campesino, el comerciante, el maestro, el niño, el anciano y el médico quedan sometidos a una misma ley: la fragilidad humana.

Hay tragedias que tienen responsables identificables y pueden prevenirse con mejores instituciones, ciencia, educación o voluntad política. Pero existen otras que pertenecen a una dimensión distinta. Los terremotos, los huracanes, las inundaciones, las erupciones volcánicas o los deslizamientos recuerdan que la naturaleza no negocia con nuestros calendarios ni con nuestros proyectos. Frente a ella, el progreso tecnológico revela sus límites.

Durante las últimas décadas, la humanidad aprendió a fabricar vacunas capaces de contener epidemias devastadoras. Construyó satélites que observan cada rincón del planeta, desarrolló inteligencia artificial, secuenció el genoma humano y comenzó incluso a intervenir la actividad neuronal. Sin embargo, ninguna de esas conquistas ha producido una vacuna contra el suelo cuando deja de ser firme para convertirse en una ola de piedra que derrumba las estructuras sobre las personas.

Cada desastre natural revela una verdad incómoda: vivimos sobre una superficie que apenas comprendemos. Las ciudades parecen sólidas hasta que dejan de serlo. Los edificios que simbolizaban prosperidad se transforman en montañas de concreto. Las carreteras desaparecen bajo los derrumbes y la electricidad, que parecía tan indispensable, deja de existir en cuestión de segundos.

Después llega el silencio poblado de miedo, de dolor y de impotencia.

Es un silencio extraño, roto únicamente por las sirenas, por el sonido de las excavadoras y por las voces que llaman a quienes ya no responden. En ese instante, las estadísticas todavía no existen. Solo hay personas buscando a otras personas.

Las cámaras registran la destrucción, pero rara vez consiguen mostrar la dimensión más profunda de la tragedia. Lo que se derrumba no son únicamente las viviendas. También se fractura la idea de continuidad. Una fotografía familiar desaparece bajo los escombros; una escuela deja de existir; un pequeño negocio construido durante décadas queda reducido a polvo. Las pérdidas materiales pueden calcularse. Las pérdidas afectivas permanecen fuera de cualquier balance económico y, sin embargo, la vida sigue porque tiene que seguir.

La historia demuestra que ningún pueblo está completamente protegido. Japón convive con terremotos pese a poseer una de las ingenierías antisísmicas más avanzadas del mundo. Otros países enfrentan huracanes, incendios forestales o inundaciones con recursos mucho más limitados. La diferencia suele estar en el número de vidas que logran salvarse, no en la posibilidad de impedir que la naturaleza actúe inesperadamente.

Esa es quizá la lección más difícil de aceptar. El ser humano puede disminuir riesgos, fortalecer infraestructuras, perfeccionar sistemas de alerta y organizar respuestas más eficaces. Todo ello es indispensable. Pero ninguna sociedad, por poderosa que sea, puede decretar el fin de los desastres naturales.

Cada catástrofe revela también otra realidad menos visible: la desigualdad. Los más pobres suelen vivir donde el suelo es más inestable, donde las construcciones son más precarias y donde la recuperación tarda años o nunca llega. La naturaleza golpea a todos, pero la vulnerabilidad social distribuye el sufrimiento de manera profundamente desigual. Porque así está estructurada la humanidad.

Sin embargo, en medio del desastre aparece una fuerza silenciosa que ningún laboratorio ha conseguido fabricar: la solidaridad. Son manos anónimas retirando piedras, vecinos compartiendo agua, médicos trabajando sin descanso, rescatistas que ingresan donde otros solo ven ruinas. Allí donde la tierra rompe sus pactos con la estabilidad, los seres humanos reconstruyen, aunque sea por unos días, el pacto de la comunidad.

Quizá esa sea la única respuesta posible frente a aquello que no podemos evitar.

No existe una vacuna contra los terremotos, ni contra las inundaciones, ni contra la furia de los volcanes o tsunamis. Tampoco existe una tecnología capaz de impedir que la naturaleza recuerde, de vez en cuando, que el planeta no nos pertenece.

Lo único que podemos construir es una sociedad menos vulnerable y más solidaria. Porque, cuando la tierra decide hablar con la violencia de los siglos, ningún pasaporte, ninguna ideología y ninguna riqueza ofrecen inmunidad.

Contra los desastres naturales no hay vacuna. Lo único que puede acercarse a la naturaleza es la solidaridad: esa obstinación profundamente humana de permanecer juntos cuando todo lo demás se derrumba.

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