Arturo Prado Lima
Todos descendemos de un emigrante. Incluso quien jamás salió del pueblo donde nació. Basta retroceder unas pocas generaciones para descubrir a alguien que abandonó su tierra empujado por una guerra, la pobreza, una persecución política o simplemente por la esperanza de ofrecer un futuro distinto a sus hijos. La historia de la humanidad es una inmensa sucesión de viajes. Cambian los continentes, los idiomas y las fronteras; permanece intacto el deseo de encontrar un lugar donde la vida pueda recomenzar.
Teresa Peña ha escrito una novela que nace precisamente de esa certeza.
Vivimos una época que ha reducido la migración a estadísticas. Escuchamos hablar de millones de desplazados, refugiados o exiliados, pero las cifras terminan borrando aquello que verdaderamente importa: los rostros, las voces y las historias. La literatura posee la capacidad de devolverles esa dimensión humana. Ítaca de los nómadas hace exactamente eso. Nos recuerda que detrás de cada maleta existe una biografía, detrás de cada frontera una despedida y detrás de cada emigrante una memoria que se resiste a desaparecer.
La autora parte de la historia de una familia boliviana, pero muy pronto comprendemos que esa familia deja de pertenecerse únicamente a sí misma. En ella terminan confluyendo buena parte de las grandes corrientes históricas que han modelado América Latina durante los últimos siglos: la herencia indígena, la conquista europea, las guerras, las dictaduras militares, los exilios políticos, las migraciones económicas, el sueño americano, la vida en Europa y la formación de generaciones que comienzan a pensar en otra lengua sin dejar de recordar la primera.
Lo admirable es que nada de ello aparece convertido en discurso. Todo sucede a través de personas concretas. Hombres y mujeres que trabajan, discuten, aman, fracasan, envejecen, cruzan océanos, regresan o descubren que ya no existe el lugar al que soñaban volver. Esa decisión narrativa le permite a Teresa Peña evitar la tentación del ensayo y construir una novela donde la Historia nunca aplasta la vida cotidiana, sino que respira dentro de ella.
Uno de los escenarios más logrados del libro es el cumpleaños de la abuela Julia. A primera vista asistimos a una celebración familiar. Sin embargo, pocas páginas después comprendemos que esa casa representa mucho más que una reunión de parientes. Allí conviven varias generaciones, distintas ideologías, emigrantes retornados, exiliados, profesores universitarios, aventureros, jóvenes que desean marcharse y ancianos que todavía viven mirando hacia el pasado. Mientras unos bailan tango y otros escuchan a los Beatles, se habla de la Guerra del Chaco, de los golpes de Estado, de las revoluciones, de Estados Unidos, de Buenos Aires, de Madrid y de los sueños que esperan al otro lado del océano. La familia termina convirtiéndose en una metáfora de América Latina: un territorio donde casi todos proceden del mismo origen y, al mismo tiempo, cada uno parece caminar hacia un destino distinto.
Ese mosaico humano constituye, probablemente, uno de los mayores logros de la novela. Teresa Peña sabe escuchar a sus personajes. Ninguno habla para demostrar una idea preconcebida. Cada uno interpreta la emigración desde su propia experiencia. Para unos significa libertad; para otros, desarraigo. Algunos encuentran prosperidad; otros descubren que el éxito económico nunca compensa la ausencia de la familia ni la pérdida de una identidad construida durante toda una vida. Esa diversidad de voces convierte la novela en un retrato profundamente humano y evita cualquier simplificación.
Precisamente porque el universo narrativo es tan amplio, hay personajes que dejan en el lector el deseo de permanecer más tiempo junto a ellos.
Pienso, por ejemplo, en Juan, marcado por la Guerra del Chaco. Su presencia es breve, pero suficiente para revelar a un hombre cuya biografía parece contener otra novela dentro de esta novela. Representa una generación atravesada por una de las grandes heridas de Bolivia y cuya mirada sobre el país posee una densidad histórica que continúa resonando incluso después de abandonar la escena. Esa sensación de querer seguir escuchándolo constituye, más que una ausencia, una prueba de la fuerza con que ha sido construido.
Algo parecido ocurre con el tío Pedro. Es uno de los personajes más memorables del libro. En él conviven la selva amazónica, el humor popular, las leyendas, la exageración propia del gran narrador oral y una libertad de espíritu que ilumina cada una de sus intervenciones. Cada vez que aparece modifica el ritmo de la narración y deja la impresión de que todavía guarda historias por contar. Hay personajes que permanecen en la memoria mucho después de haber desaparecido del relato. El tío Pedro pertenece a esa categoría.
También algunos episodios despiertan la sensación de encontrarnos frente a vetas narrativas de enorme riqueza. Uno de ellos es la lenta transformación del emigrante cuando descubre que ya no pertenece completamente al país que dejó, pero tampoco al que lo recibe. La novela aborda ese proceso con sensibilidad, mostrando cómo incluso el nombre, la lengua o las costumbres empiezan a desplazarse. Esa experiencia atraviesa silenciosamente todo el libro y posee una profundidad que invita al lector a seguir explorándola incluso después de cerrar la última página.
Otro aspecto especialmente sugerente es el diálogo entre quienes partieron y quienes permanecieron. Teresa Peña evita los juicios fáciles. Comprende que ambos tomaron decisiones difíciles y que ninguna de ellas garantiza la felicidad. Quizá por eso esas conversaciones permanecen abiertas. Continúan desarrollándose en la imaginación del lector, como ocurre siempre con las novelas que consiguen crear personajes verdaderamente vivos.
Y esa es, a mi juicio, una de las mayores virtudes de Ítaca de los nómadas. No agota el mundo que construye. Deja puertas entreabiertas, personajes que siguen respirando y preguntas que continúan acompañándonos mucho después de terminar la lectura.
El título resume admirablemente esa propuesta. En la tradición clásica, Ítaca era el lugar al que Ulises soñaba regresar. Teresa Peña desplaza esa imagen hacia nuestro tiempo. La verdadera Ítaca deja de ser un punto fijo del mapa para convertirse en una búsqueda permanente. Los personajes descubren que el hogar no siempre coincide con el lugar donde nacieron, sino con el espacio donde consiguen reconciliar la memoria, la identidad y los afectos.
En una época marcada por las migraciones masivas, esta novela nos recuerda que nadie viaja únicamente con una maleta. Cada ser humano transporta también a sus muertos, su infancia, la voz de la abuela, el olor de una cocina, una canción, una montaña, una lengua y una forma de mirar el mundo. Todo eso cruza las fronteras. Todo eso busca también su propia Ítaca.
Madrid, 25 de junio de 2026