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Veterinarías públicas y ciudades humanas

La inauguración de una nueva veterinaria pública en Cochabamba es una buena noticia. No solo porque ampliará el acceso a servicios veterinarios para miles de familias, sino porque pone sobre la mesa un debate que Bolivia ha postergado durante demasiado tiempo: la responsabilidad del Estado y de la sociedad frente a los animales que comparten nuestras ciudades y comunidades.​

La forma en que un país trata a sus animales en general, y domésticos en particular, dice mucho de la forma en que entiende la convivencia, la solidaridad y el valor de la vida. En Bolivia, esa reality es profundamente desigual. Mientras algunas familias consideran a perros y gatos como parte
de su hogar, miles de ellos sobreviven en las calles sin alimento, atención médica ni protección alguna.

​La situación es particularmente dramática en la Chiquitania y otras regiones del oriente boliviano. Basta recorrer sus pueblos para encontrar decenas de perros abandonados, desnutridos, enfermos y afectados por el calor extremo, la sarna, las garrapatas o infecciones que nunca serán tratadas. Muchas perras permanecen permanentemente preñadas o acompañadas de camadas que difícilmente sobrevivirán. Para gran parte de la población, estos animales forman parte del paisaje cotidiano y su sufrimiento se ha normalizado.

​En el altiplano la imagen es distinta, pero igualmente dolorosa. En pleno invierno, cuando las temperaturas descienden por debajo de cero, perros y gatos buscan refugio junto a personas en situación de calle, compartiendo cartones, mantas improvisadas y el poco alimento que consiguen durante el día. En muchos casos, la única compañía y el único afecto que tienen esas personas proviene precisamente de esos animales que también fueron abandonados por la sociedad.

​No se trata únicamente de un problema de protección animal. Es también un problema de salud pública, de convivencia urbana y de gestión municipal. La proliferación de perros y gatos sin esterilización favorece la reproducción descontrolada, incrementa el riesgo de enfermedades, accidentes de tránsito, ataques y abandono permanente. Ignorar esta realidad no la hace desaparecer; simplemente la vuelve más cruel.

​Por ello, la apertura de una veterinaria pública debería ser el primer paso de una política mucho más ambiciosa. Los gobiernos municipales necesitan programas permanentes y gratuitos de esterilización, vacunación, desparasitación, rescate y adopción responsable. No bastan campañas ocasionales ni iniciativas impulsadas únicamente por voluntarios y organizaciones protectoras que, con recursos limitados, intentan suplir una responsabilidad que también corresponde al Estado.

​Pero la solución tampoco depende exclusivamente de las instituciones públicas. La educación juega un papel fundamental. Enseñar desde la infancia el respeto hacia los animales, promover la tenencia responsable y comprender que una mascota no es un objeto desechable son inversiones en una cultura de empatía y convivencia.

​Existe además una dimensión ética que suele pasar desapercibida. Las investigaciones en psicología y ciencias sociales muestran que las sociedades que desarrollan mayor sensibilidad hacia el sufrimiento animal también fortalecen valores como la solidaridad, el cuidado y el respeto por la vida. La indiferencia frente al abandono y el maltrato no afecta únicamente a perros y gatos; también erosiona nuestra capacidad de reconocer el dolor ajeno.

​Bolivia necesita políticas públicas que comprendan esta relación. Programas municipales que atiendan simultáneamente a personas en situación de vulnerabilidad y a sus animales de compañía, refugios temporales, campañas masivas de esterilización y redes de adopción pueden transformar no solo la vida de miles de perros y gatos, sino también la calidad de vida de nuestras ciudades.

​La veterinaria pública de Cochabamba representa una oportunidad para avanzar en esa dirección. Ojalá no sea una iniciativa aislada, sino el inicio de una política nacional que entienda que el bienestar animal forma parte del bienestar colectivo.​

Porque una sociedad más humana no es aquella que protege únicamente a quienes pueden defenderse, sino aquella que también cuida a los seres más vulnerables. Y entre ellos están esos perros que sobreviven bajo el sol abrasador del Oriente, esas perras que paren una y otra vez en las calles, esos gatos enfermos que buscan refugio en los mercados y esos animales que, en las frías noches del altiplano, comparten el poco calor que tienen con una persona que tampoco encontró un lugar donde vivir.

​Cuidarlos no es un gesto de compasión. Es una forma de construir una sociedad más justa, más saludable y, sobre todo, más humana.

Elizabeth Salguero es comunicadora social.

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