Hugo H. Padilla Monrroy
Bolivia enfrenta una de sus peores paradojas: ser un país con enorme potencial de integración regional y, al mismo tiempo, perder oportunidades históricas por los constantes bloqueos que paralizan sus carreteras. Lo que pudo ser un eje estratégico de desarrollo —con corredores bioceánicos que conectaban al Brasil, Perú y Chile— se ha convertido en un terreno de incertidumbre y frustración.
Con el Decreto Supremo 25134, del 21 de agosto de 1998, se había planificado la construcción de varios corredores de integración. Entre los más importantes estaban el Corredor Central, que debía unir Corumbá, Santa Cruz, Cochabamba, Oruro, Patacamaya y Tambo Quemado; y el Corredor Noroeste, que conectaba Guayaramerín, Riberalta, Santa Rosa, Reyes, Rurrenabaque, Yucumo, Quiquibey, Caranavi, La Paz, Patacamaya y Tambo Quemado, con salida hacia los puertos chilenos o, desde La Paz, hacia Desaguadero y los puertos peruanos.
Brasil, en su momento, mostró predisposición para usar estas rutas. Sin embargo, cambió de criterio y decidió desarrollar dos trazos alternativos. El primero, en el norte, parte de Porto Velho, cruza el puente Abuná sobre el río Abuná en Rondônia, atraviesa el río Madeira, pasa por Rio Branco y se conecta con el Perú en la población de Iñambarri, hasta llegar a la terminal portuaria de Chancay, un megaproyecto en la costa peruana. El segundo, conocido como Corredor Bioceánico de Capricornio, se extiende desde Santos hasta el Puente de la Bioceánica que une Carmelo Peralta y Porto Murtinho en Paraguay, atraviesa Mariscal Estigarribia, cruza por Pozo Hondo hacia Argentina, recorre provincias como Salta y Jujuy, pasa cerca de Bermejo, ingresa a Chile por el Paso Jama y finaliza en puertos como Antofagasta, Iquique o Coquimbo. Chile incluso otorgó al Paraguay un puerto de uso exclusivo en las cercanías de Antofagasta como zona franca.
La decisión brasileña tiene una justificación clara: evitar los constantes bloqueos que paralizan las vías bolivianas. A esto se suma la presión de transportistas que exigían que las cargas que pasaran por Bolivia fueran transportadas únicamente por bolivianos.
El resultado es devastador. Bolivia pierde la ventaja estratégica de tránsito que hubiera generado desarrollo económico, crecimiento agrícola, industrial y turístico, además de cuantiosos beneficios directos para las regiones vinculadas a los corredores.
Este problema no es nuevo. En 2024 se contabilizaron 124 bloqueos en apenas 260 días, lo que llevó a un periodista a bautizar irónicamente al país como “Blokivia”. Beni, por ejemplo, podría haber alcanzado un gran potencial de desarrollo gracias a su vinculación con ambos trazos, siendo parte del Corredor Norte–Sur que se extiende desde Villazón hasta Guayaramerín, aunque no exista un intercambio comercial directo entre Beni y Argentina.
Pobre mi Patria Bolivia, una nación hermosa, destrozada desde las alturas, que ve cómo las oportunidades de integración y progreso se desvanecen por la incapacidad de superar el círculo vicioso de los bloqueos.