(Crónicas de la Era Wetware)
Márcia Batista Ramos
Toda época tiene una matéria prima. Tanto es así que, la historia humana estuvo marcada por distintas formas de extracción. Primero fueron los minerales, luego el petróleo. Más tarde, los datos. Cada revolución tecnológica encontró una nueva materia prima sobre la cual construir riqueza, poder e influencia.
Los imperios antiguos extrajeron metales de las montañas. La Revolución Industrial extrajo energía del carbón y trabajo de los cuerpos. El capitalismo tardío aprendió a extraer información de los hábitos cotidianos y a convertir la atención humana en mercancía.
Quizás, la pregunta decisiva del siglo XXI consista en saber si estamos entrando en una época donde la extracción ya no se dirigirá hacia los territorios, ni siquiera hacia los cuerpos, sino hacia los propios procesos de la cognición.
La pregunta que comienza a emerger en el siglo XXI es inquietante:
¿qué ocurrirá cuando la materia prima deje de ser un recurso externo y pase a ser la propia actividad neuronal?
La sola posibilidad resulta perturbadora.
Durante siglos, la mente humana fue considerada el último territorio inviolable. Se podía encarcelar a una persona, silenciarla, desterrarla o condenarla al olvido, pero pensar seguía siendo un acto interior, privativo de cada individuo. Incluso bajo las formas más brutales de dominación, la conciencia conservaba una región inaccesible para el poder.
Hoy, aquella certeza comienza a resquebrajarse.
No porque las máquinas hayan desarrollado conciencia, sino porque la tecnología ha comenzado a acercarse a un límite que hasta hace poco parecía exclusivamente biológico. Por primera vez en la historia, las investigaciones sobre computación neuronal, interfaces cerebro-computadora y sistemas basados en tejido vivo sugieren que la actividad cognitiva podría transformarse en un recurso técnico.
La palabra recurso merece atención.
Toda explotación comienza cuando algo deja de ser percibido como un fin en sí mismo y pasa a ser considerado un medio para otro propósito.
Los bosques se convierten en madera; Los ríos se convierten en energía; Las montañas se convierten en minerales; Los cuerpos se convierten en fuerza de trabajo; Los datos se convierten en mercancía.
La pregunta que emerge ahora es inquietante: ¿puede la actividad neuronal convertirse también en un recurso explotable?
No se trata únicamente de una cuestión tecnológica.
Es una cuestión ontológica.
Porque obliga a preguntarnos qué es exactamente aquello que llamamos pensamiento.
Desde Platón hasta nuestros días, la filosofía ha intentado comprender la naturaleza de la conciencia. Sin embargo, la Era Wetware introduce una inversión inesperada del problema. Ya no preguntamos únicamente qué es la mente. Comenzamos a preguntarnos qué ocurre cuando la mente entra en los circuitos de producción.
Karl Marx observó que el capitalismo industrial transformó la fuerza humana en mercancía. El trabajador vendía tiempo, energía y capacidad física a cambio de un salario. Pero incluso en aquella lógica persistía una separación relativamente clara entre la persona y el producto de su trabajo.
La Era Wetware amenaza con desdibujar esa frontera.
Porque lo que podría entrar en los procesos productivos ya no sería solamente la fuerza física ni siquiera la atención, sino mecanismos íntimos de aprendizaje, adaptación y procesamiento cognitivo.
La cuestión no es si esto ocurrirá mañana.
La cuestión es que la dirección histórica parece haberse puesto en movimiento.
Por primera vez comenzamos a contemplar sistemas biológicos que participan en tareas computacionales. Todavía son rudimentarios. Todavía están lejos de cualquier forma reconocible de conciencia. Sin embargo, representan algo radicalmente nuevo: la incorporación de materia viva en los procesos de cálculo.
Aquí aparece una paradoja extraordinaria.
La modernidad construyó una imagen del ser humano como sujeto autónomo. Pero las tecnologías contemporáneas parecen empujar en sentido contrario, hacia una progresiva integración entre organismo y sistema técnico.
El filósofo francés Gilbert Simondon sostenía que los seres humanos y las máquinas evolucionan conjuntamente. Ninguna tecnología es completamente externa a la sociedad que la produce. Cada herramienta transforma también a quien la utiliza.
La Era Wetware parece llevar esta intuición hasta sus últimas consecuencias.
La herramienta deja de estar afuera para compartir nuestra misma materia. Y entonces surge una pregunta para la cual todavía carecemos de lenguaje.
Si una red neuronal biológica participa en procesos computacionales, ¿qué estatuto moral posee?
¿Es una máquina?
¿Es un organismo?
¿Es algo intermedio?
La historia demuestra que las grandes injusticias suelen comenzar en las zonas grises de la definición. Allí donde una entidad todavía no posee nombre, tampoco posee protección. Allí donde una realidad permanece sin categoría jurídica, se vuelve vulnerable a la apropiación.
La esclavitud necesitó negar la humanidad de los esclavizados. Por su parte, la colonización necesitó negar la humanidad de los colonizados y la explotación industrial necesitó reducir al trabajador a una pieza intercambiable. Porque toda estructura de dominación comienza por una operación conceptual: transformar un sujeto en recurso.
Quizás por eso la pregunta sobre los hipotéticos proletariados neuronales no sea una extravagancia filosófica.
Tal vez constituya una advertencia.
Porque nos obliga a examinar anticipadamente las categorías con las que pensamos la vida, la inteligencia y el valor.
En América Latina conocemos bien la lógica extractiva. Nuestros territorios fueron concebidos durante siglos como reservas de plata, caucho, estaño, petróleo o litio. El mapa económico de la región fue dibujado desde la mirada de quienes observaban la naturaleza únicamente como una fuente de recursos.
La Era Wetware introduce la posibilidad de una nueva frontera extractiva. No necesariamente geográfica o mineral. Una frontera alojada en la propia materia de la cognición.
Por primera vez, la historia insinúa la posibilidad de que aquello que pensamos, aprendemos o procesamos pueda adquirir valor económico directo dentro de sistemas técnicos cada vez más sofisticados.
Todavía no sabemos si ese futuro llegará. Empero, hasta hace poco, semejante interrogante habría pertenecido al territorio de la ciencia ficción. Sin embargo, los avances en neurotecnología, interfaces cerebro-computadora y sistemas de computación biológica obligan a reconsiderar los límites entre organismo y máquina.
Tampoco sabemos si la noción de proletariado neuronal resultará finalmente adecuada.
Pero las preguntas importantes suelen aparecer antes que las respuestas.
Y quizás la pregunta más importante de todas sea esta:
¿qué ocurrirá cuando el capitalismo ya no necesite extraer únicamente recursos de la naturaleza, ni siquiera información de nuestras conductas, sino que pueda dirigirse hacia los propios mecanismos biológicos que hacen posible la experiencia de pensar?
En ese momento, la vieja cuestión política de quién controla los medios de producción podría adquirir una forma completamente inesperada.
Porque el problema ya no sería quién posee las fábricas.
El problema sería quién posee los procesos de la mente.
Y una civilización que permita la apropiación de la conciencia antes de haber definido sus límites éticos podría descubrir demasiado tarde que la última colonia no era un territorio.
Era el pensamiento.