Aitor Arjol

Cuestión de fe es una de las películas más emblemáticas e icónicas de la historia del cine de Bolivia.
Estrenada originalmente en 1995, se trata de la aclamada ópera prima del director boliviano Marcos Loayza.
El largometraje es considerado una pieza clave del «boom» cinematográfico boliviano de la década de los noventa y ocupa los primeros puestos en las listas de las mejores producciones de ese país.
La trama se teje alrededor de un encargo tan sagrado como peligroso. Domingo, un artesano y santero de profunda fe, y su compadre Pepelucho, reciben un mandato de un sombrío criminal de los bajos fondos de La Paz conocido como el «Sapo» Estivarís. La misión consiste en confeccionar una virgen de tamaño natural y trasladarla hasta San Mateo, un recóndito pueblo en el corazón de los Yungas tropicales.
Para emprender este éxodo desde los gélidos 4,000 metros de altura del altiplano hacia el calor asfixiante de la selva, los compadres reclutan a Joaquín, un timador y apostador empedernido que posee una destartalada camioneta apodada «La Ramona». Lo que inicia como un simple viaje de entrega se transforma rápidamente en una odisea picaresca. El trayecto se convierte en un descenso (y ascenso) espiritual donde la línea entre lo sagrado y lo profano se diluye.
A lo largo del camino, la camioneta se convierte en un microcosmos de la sociedad boliviana. El viaje se ve interrumpido por timbas de dados en cantinas de carretera, encuentros con personajes pintorescos y el constante peligro de las rutas al borde del abismo. El conflicto central estalla cuando la virgen desaparece en una de las paradas, obligando al trío a enfrentarse no solo a la furia de los pobladores locales que han adoptado la imagen, sino a sus propias contradicciones internas: la fe ciega en el milagro divino frente a la fe ciega en el azar y la suerte.
𝐀𝐧𝐚́𝐥𝐢𝐬𝐢𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐨 𝐲 𝐧𝐚𝐫𝐫𝐚𝐭𝐢𝐯𝐨
El mayor triunfo de Cuestión de fe radica en su elegante manejo del tono. Loayza huye del melodrama indigenista condescendiente y de la comedia panfletaria. En su lugar, construye una road movie existencial con un guion de diálogos afilados y un ritmo pausado pero implacable.
𝐋𝐚 𝐠𝐞𝐨𝐠𝐫𝐚𝐟𝐢́𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐧𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐬𝐭𝐞
La cinematografía de la película utiliza el imponente paisaje boliviano no como un mero decorado, sino como un personaje activo. El tránsito visual desde la melancólica y grisácea hostilidad de La Paz hasta el verde exuberante y caótico de los Yungas opera como una metáfora del viaje interior de los protagonistas. La rigidez de la piedra da paso a la fluidez del trópico, alterando la percepción de la realidad de los viajeros.
𝐋𝐚 𝐝𝐮𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐟𝐞
La película es una disección filosófica sobre la naturaleza de la creencia. Domingo representa la fe mística, la devoción pura del creador hacia su obra. Joaquín personifica la fe en el azar, el destino escrito en las caras de unos dados. Pepelucho navega entre ambos mundos, intentando mantener la cordura pragmática. Al final, Loayza nos sugiere que en un país tan complejo, la fe —ya sea en Dios, en la suerte o en la amistad— es el único motor capaz de movilizar a los seres humanos frente a la adversidad.
Verla fue como volver a leer una soberbia novela de la ecuatoriana Alicia Yañez Cossío, 𝐿𝑎 𝐶𝑜𝑓𝑟𝑎𝑑𝑖́𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑀𝑢𝑙𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝑉𝑒𝑠𝑡𝑖𝑑𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑉𝑖𝑟𝑔𝑒𝑛 𝑃𝑖𝑝𝑜𝑛𝑎, otro versátil ejercicio entre cierto realismo mágico. Eso va de parte mía, por supuesto. La I.A. generativa no entrelaza tan finamente.
Creo que además, la película está o estará de reestreno, como parte de una merecida conmemoración.