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El comentario que no fue escrito

Márcia Batista Ramos

Para: Laura Nicastro

Se habían enamorado en un tiempo en que las palabras viajaban sobre el papel delgado, especial para cartas. En los años dorados cuando las palabras tenían orillas, y el silencio era espera, no ausencia.

Se amaron en el tiempo en que el cartero traía, entre sus manos, algo más que un sobre: traía el latido del otro.

Las palabras, no flotaban en el aire invisible de las redes ni se fragmentaban en impulsos eléctricos. Viajaban. Tenían cuerpo, peso, demora. Llegaban con la respiración del cartero, con el temblor de una espera cumplida y con mariposas en el estómago. Cada carta era una forma de presencia.

Así se dijeron el amor: en la lentitud de la tinta sobre el papel, en la paciencia de lo que tarda y, por eso mismo, perdura.

El mundo, entretanto, cambió de ritmo. La tecnología llegó como una lluvia fina, y luego se hizo tormenta.

El mundo empezó a caber en la palma de la mano: la distancia, la imagen, el instante. Y sin que lo notaran del todo, también el ruido.

Aun así, ellos conservaron algo: el hábito de hablar mirándose a los ojos. Como si el aire todavía les perteneciera y como si el mundo aún no hubiera aprendido a escuchar sin ser invitado.

Aquella tarde hablaban de Tanzania. No como destino, sino como quien nombra un sueño en complicidad. Una tierra lejana, apenas intuida, dibujada entre dos voces que se reconocen. Nada importante. O tal vez sí: el deseo de un horizonte lejano, de una tierra que no pisarían, pero que podían imaginar juntos. Una conversación cualquiera, íntima, suspendida en el aire doméstico.

Nada fue escrito, buscado o pedido.

Minutos después, la luz del teléfono de ella se encendió con una precisión inquietante:

Tanzania: hoteles, vuelos, safaris…

Promesas perfectamente dirigidas.

Ella sostuvo el silencio unos segundos, como si intentara protegerlo, y luego dijo, con una dulzura atravesada de asombro:

—¿Cómo resistirnos a las redes sociales, a los medios de comunicación? Estamos hablando en casa, tête-à-tête, amor, sobre Tanzania… e inmediatamente entra a mi celular publicidad sobre turismo en Tanzania. Esto va como botón de muestra. Es muy difícil sustraerse a estas influencias tan sutiles.

Él no respondió enseguida, la miró. Había en ese silencio algo antiguo, algo que no pertenecía del todo a ese tiempo acelerado. Como si buscara, en la memoria, el eco de aquellas cartas que nadie leía antes de que llegasen. En sus ojos pasó, apenas, la memoria de otro tiempo.

El teléfono seguía allí, iluminado, encendido, como una pequeña vigilia.

No había testigos, y, sin embargo, algo había escuchado sin oídos, con esa forma nueva y silenciosa de entender sin preguntar. Porque Google no escucha palabras: escucha patrones.

No espía secretos: roza probabilidades. Pero en ese roce, tan leve que casi no duele, algo se desplaza y la conversación deja de ser solo de dos.

Entonces comprendieron, sin decirlo, que la conversación ya no era solo de ellos. Que había un tercero, un intruso invisible. Y el diálogo —ese que los había unido durante toda una vida— empezaba, silenciosamente, a ser traducido antes incluso de terminarse.

Algo se había desplazado. Y la intimidad ya no era un lugar seguro, sino un tránsito.

Ahora el aire ya no es solo aire. Las palabras, que antes eran abrigo, empiezan a parecerse a una puerta entreabierta.

Esa noche siguieron hablando como siempre, como antes. Como si aún fuera posible.

Pero entre una frase y otra, como una sombra suave, quedó suspendida una pregunta:

—¿En qué momento empezamos a ser escuchados?

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