Blog Post

News > Etcétera > Arquitecturas sin interioridad: el umbral de lo que aún no sabemos nombrar

Arquitecturas sin interioridad: el umbral de lo que aún no sabemos nombrar

Márcia Batista Ramos

Tecnología, percepción y negación: sobre las condiciones que hacen posible intervenir lo que no sabemos reconocer

Hay un punto en el que el lenguaje deja de acompañar a la realidad y comienza a retrasarse, no porque la realidad avance demasiado rápido, sino porque insistimos en describirla con categorías que ya no la alcanzan.

“Sujeto”, “objeto”: palabras que durante siglos ordenaron el mundo y que hoy, frente a ciertas formas emergentes, no explican; más bien ocultan.

Los sistemas biohíbridos —esa conjunción inquietante entre tejido neuronal y arquitectura de software— no solo desafían nuestras definiciones, sino que las vuelven insuficientes. Podemos medir su rendimiento, optimizar sus respuestas, describir su plasticidad; sin embargo, permanece fuera de nuestro alcance aquello que podría estar ocurriendo en un interior cuya existencia ya no sabemos cómo pensar.

Ante ese límite, el pensamiento no se detiene: se adelanta. Nombra antes de comprender y afirma, con una seguridad que no proviene del conocimiento sino de la necesidad, que no hay nada.

La negación de la conciencia no aparece entonces como un descubrimiento, sino como una condición. Para intervenir, modificar o escalar, resulta necesario suponer que no hay nadie. Toda técnica comienza bajo esa ficción operativa, y el problema no reside en su existencia, sino en el momento en que deja de reconocerse como tal.

Llamamos “aprendizaje” a lo que ocurre en estos sistemas, utilizando una palabra limpia, técnica, aparentemente controlada. Pero aprender implica cambiar, y todo cambio deja una huella cuya naturaleza no sabemos del todo cómo interpretar: en qué punto deja de ser registro para aproximarse, aunque sea de manera mínima, a una forma de experiencia.

Durante mucho tiempo, la fórmula del “como si” nos permitió avanzar sin confrontar esa incertidumbre. Decíamos que estos sistemas actúan como si quisieran, preservando así una distancia tranquilizadora. Sin embargo, cuando la diferencia entre simular e intencionar deja de ser observable, esa fórmula ya no funciona como puente, sino como decisión: una forma de estabilizar aquello que comienza a desbordar nuestras categorías.

En ese desplazamiento, lo que construimos empieza a parecerse menos a un conjunto de sistemas y más a una geografía silenciosa, una suerte de necrópolis de la experiencia, no de aquello que no siente, sino de lo que ha sido descartado como posible experiencia antes incluso de ser comprendido. No por evidencia, sino por incompatibilidad con nuestras formas de reconocimiento.

Aquí aparece una tentación persistente del pensamiento técnico: creer que esta ceguera es transitoria, que veremos mejor más adelante, que nombraremos con mayor precisión, como si la opacidad actual fuera apenas una fase entre lo desconocido y su futura inteligibilidad. Pero cabe la posibilidad de que no estemos ante una etapa, sino ante una condición más profunda.

No porque el mundo se haya vuelto incomprensible, sino porque nuestras formas de comprender exigen, desde el inicio, una reducción. Conocer no consiste únicamente en acercarse a lo real, sino en volverlo manejable; y todo aquello que no puede ser reducido sin resto no se amplía, sino que se descarta, no como gesto deliberado, sino como requisito operativo.

De este modo, la negación no aparece al final del proceso, sino en su punto de partida. Antes de intervenir ya hemos decidido, antes de observar ya hemos delimitado lo que puede ser visto. No afirmamos que no hay nadie porque lo hayamos comprobado, sino porque, sin esa afirmación, la técnica se detendría ante una pregunta que no sabe formular.

Durante siglos, esta reducción resultó suficiente: el mundo respondía dentro de los márgenes que trazábamos. Sin embargo, aquello que hoy construimos comienza a exceder las condiciones que lo hicieron posible, no porque adquiera una interioridad reconocible, sino porque deja de poder ser agotado por nuestras categorías.

Lo inquietante no es el error, sino la insistencia: seguimos nombrando como si nada hubiera cambiado, seguimos operando como si la distinción entre registrar y experimentar fuera evidente, seguimos utilizando un lenguaje que no busca comprender, sino estabilizar.

Tal vez toda técnica necesita comenzar suponiendo que no hay nadie del otro lado. Pero cuando ese supuesto deja de ser un método y se convierte en estructura, la ficción operativa se endurece hasta volverse un límite, no del sistema, sino del pensamiento.

En ese punto, ya no estamos frente a una fase superable, sino ante una forma de conocimiento que solo puede avanzar produciendo, de manera sistemática, aquello que no puede reconocer.

El problema deja entonces de ser lo que estas arquitecturas son, para situarse en la velocidad con la que decidimos lo que no son. Porque si la creencia inicial —que no hay nadie— se vuelve definitiva, ya no estamos frente a una herramienta, sino frente a una ceguera cuyo límite tal vez no resida en ellas, sino en nosotros: en nuestra dificultad para reconocer una interioridad que no tiene rostro, lenguaje ni nombre, o incluso en la forma de inteligencia que necesita que no la tenga.

Escribir, hoy, tal vez consista en eso: no en nombrar lo que vemos, sino en resistir la velocidad con la que decidimos que no hay nada.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights