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Sub-racionales

Las elecciones del 22 de marzo pueden perfectamente calificarse de “sub-racionales” en lugar de subnacionales o regionales. Votar fue un acto desprovisto de convicción, como elegir entre la guillotina y el fusilamiento. El 90 % de los candidatos tenía cola de paja y se veía a la legua la mentira, la demagogia y el oportunismo. 

En La Paz ni siquiera se podía votar “contra”, como otras veces, porque en la papeleta, con 17 candidatos varones (ni una mujer) que no representan  más que a sí mismos (sin partido ni ideología), la única posibilidad decente era abstenerse. 

Surgieron como hongos “organizaciones sociales” con candidatos prestados, siglas que nadie conoce pero que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y los tribunales departamentales certifican sin rechistar con el argumento falaz de la “pluralidad”. Pero las decisiones tomadas sobre casos concretos de candidatos como Mario Cossío en Tarija, están teñidas de matufia, trampa y dolo. Otra vez estamos en manos de vocales y tribunales que sirven al poder dócilmente. Cambia, pero nada cambia. 

La gente no votó por el gobierno ni contra el gobierno, puesto que nadie sabía nada de las abundantes siglas que fueron admitidas por el Tribunal Electoral, sin mayores exigencias o criterios. La dispersión del voto era previsible con una papeleta tan confusa. Al final, la gente votó por los nombres más identificables, por los que hicieron campaña durante más tiempo o por las “caras conocidas” que habían tenido alguna figuración política en el pasado (aunque fuera por malas referencias). Como en Cochabamba: “que hablen de ti, aunque sea bien”. 

Los candidatos no tenían programas y si los tenían, nadie los conocía o nadie los leyó, por una razón muy sencilla: ya no creemos en programas ni en discursos electorales, ni en esos debates donde prometen el cielo y la luna. Sólo podemos creer en lo que vemos después. 

Entre las campañas, discursos y “caras conocidas” fue favorecido, por ejemplo, el candidato exmasista oportunista César Dockweiler, porque la gente ve en los cielos de La Paz el Teleférico y no parece importarle que sea una obra que costó mucho más de lo que debía haber costado, si se compara con otros teleféricos del mundo. 

Por razones similares ganó Luis Revilla, ya que durante su gestión se introdujo el PumaKatari, el transporte municipal que todos queremos y defendemos (con excepción de Jesús Vera y de Iván Arias, que trataron de liquidarlo).

Hasta bribones conocidos y con acusaciones judiciales por maltrato a mujeres, como Oscar Sogliano, obtuvieron votos. El candidato que se vendía como “innovador industrial con inversiones en Paraguay”, Xavier Iturralde, también ha sido acusado formalmente de haber engañado a varias personas (incluso una amiga suya muy cercana) que le entregaron grandes sumas de dinero, confiadas en su proyecto de reciclaje para la producción de carburantes, algo que nunca despegó de su fase experimental. En realidad, el que quería reciclarse políticamente era él. 

No teníamos la menor posibilidad de apelar a la razón para votar por uno u otro candidato, ya que todos prometían de todo. Los más cínicos fueron los que habiendo ya ejercido como gobernadores o como alcaldes, ofrecían lo que no hicieron cuando tenían cinco años para hacerlo. 

El caso del alcalde Arias y de Santos Quispe, gobernador de La Paz, es patético: pretendían la reelección cuando lo que les espera muy probablemente (si se hacen auditorías independientes) es la cárcel. 

Pocas veces en mi larga vida he ido a las urnas con menos entusiasmo. No tengo ya obligación de hacerlo, pero lo hago por disciplina participativa, porque nos costó mucho recuperar la democracia en 1982, y luego reivindicar el ejercicio de la democracia después de 20 años de autoritarismo avasallador del MAS. 

El único candidato abiertamente masista (de cuya fidelidad absoluta a Evo Morales nadie puede dudar), Leonardo Loza, fue electo como gobernador de Cochabamba. Algunos “analistas” políticos han interpretado ese triunfo como un resurgimiento del masismo evista, pero eso no es tan cierto. Basta analizar de dónde vienen los votos que le permitieron a Loza ganar: son en su mayoría votos cautivos, disciplinados e inducidos en el Chapare (hay videos de cómo obligan a votar a la gente), con altos porcentajes en las provincias del trópico que ningún otro candidato ha obtenido en otras provincias del país. Me queda claro que sin esa disciplinada votación chapareña –obligatoria– Loza no hubiera ganado en primera vuelta.

Entre candidatos del MAS disfrazados de otros colores (caraduras como Dockweiler o Mario Silva), tiktokeros o locutores (como Nemo Rivera, Cae Palenque o Johnny Plata), y otros corruptos con probada experiencia (como Sogliano), o bailarines folclóricos (como Fernando Valencia), algún mal administrador y varios desconocidos notables, daban ganas de mandarlos a todos al cuerno anulando el voto.

Lo mismo daba que gane uno que otro. La ciudad pierde de todas maneras. La Paz perdió, Santa Cruz ganó claramente un buen alcalde. 

Siempre me ha sorprendido el afán de llegar a la Alcaldía (aunque lo primero que hacen los alcaldes electos es quejarse de la falta de presupuesto), pero no debería sorprenderme ya que los candidatos saben que es como dirigir la aduana: una fábrica de billetes. Todo aquello que tenga que ver con obras públicas, contratos con empresas “accidentales” o permisos de construcción, está contaminado. Es una cadena interminable de corrupción. 

Cuando vemos a una cuadrilla de jardineros plantando flores en un parque, o trabajadores de la alcaldía arreglando una plaza, pintando una pasarela o distribuyendo mochilas escolares, podemos estar seguros de que detrás de cada uno de esos contratos, corrió plata en especie o en favores. De lo más pequeño a lo más grande, la alcaldía es un nido de corrupción. 

Varias veces he citado el ejemplo de los edificios Vitruvio que rodean el lugar donde vivo en Calacoto. Desde mi piso fotografié la construcción del más alto en todas sus etapas, y le puse el nombre de “Torre de pizza” porque parece una tajada de pizza, con apenas dos metros de ancho en un extremo, y ocho metros en el otro. 

Son 19 pisos, dos departamentos por piso, con salida a una vía lateral, la calle 10 de Calacoto. Ese edificio ha violado más de una norma de construcción, pero cuando fuimos a indagar a la Alcaldía, nos mostraron un legajo enorme que tenía todos los sellos y firmas de autorización. Cada sello y firma de un burócrata o inspector, significa una coima, así funciona la verdadera “norma”. 

Constructores bribones como Harold Lora, que erigió más de 15 edificios sin tener las licencias de la alcaldía en orden, fueron los mimados de la alcaldía de Arias, Chaín, Sogliano y Chambilla, mientras otros pocos constructores, por respetar las normas, tardaron años en obtener los permisos catastrales o de fraccionamiento de los burócratas ediles. 

Los funcionarios de la alcaldía “observan” cualquier majadería, por ejemplo, un medidor de luz a un metro de donde debería estar, o una variación de 20 cm en un plano, cuando en realidad lo que pretenden es una coima para poner su sello de aprobación. 

Molestan por tonterías mientras en la ciudad crecen como hongos construcciones que no respetan ninguna norma, pero obtienen los sellos de aprobación mediante coimas. Basta tomar cualquier teleférico para constatar el caos de construcciones encimadas, sin planos, sin normas. 

¿Tendrá el nuevo alcalde de La Paz los cojones para echar a los corruptos? Por supuesto que no. Pondrá a su gente de confianza en los puestos clave, pero todo seguirá igual o peor. Ahora amenaza al alcalde perdedor de a hacer auditorias de su gestión, pero esas son solamente bravuconadas para mantenerlo a raya. Luego ambos se entenderán y “arreglarán” en el Concejo Municipal, porque entre bomberos no se pisan la manguera. 

Alfonso Gumucio es escritor y cineasta.

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