El señor de los Magníficos

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Hubo un tiempo, el mismo durante el cual diputados y senadores se hacían llamar honorables, que los rectores de las Universidades recibían el título de magníficos y los Consejos Universitarios (órgano de gobierno de las Casas de estudio) el de Ilustres. Que yo sepa, los delegados estudiantiles no tenían uno que los distinguiera. Tanto nombre retumbante y pretencioso, ciertamente no mejoraba la calidad de las instituciones, ni las sustraía a nuestra triste historia de imitación de otras experiencias estatales.

Hoy, por cambios en sus reglamentos, los parlamentarios no son portadores de una honorabilidad postiza y son pocos los rectores universitarios que usan coloniales adjetivos para engrandecer su rango. Pero, aun así, son enormemente poderosos en términos del poder económico que supone el manejo de las finanzas universitarias, especialmente durante los años de los gordos ingresos estatales. No en vano, las campañas para ganar el puesto suelen ser tan grandes y costosas.

Los dirigentes estudiantiles del cogobierno paritario también disfrutaron de la bonanza, pero recién acabamos de enterarnos, con el apresamiento del dirigente estudiantil que sobresale por encima de todos, que no solo eran estudiantes los que el manejaba, sino a una gran mayoría de los magníficos y al máximo organismo de conducción de todas las universidades, según lo consignan despachos periodísticos.

A diferencia del pasado, cuando un dirigente estudiantil era conocido por su combatividad, por su capacidad de encabezar movimientos que desde las casas proponían cambios y avances sociales, el dirigente más poderoso y con unos 30 años a sus espaldas, de ascender y pasar por los cargos de dirección, nos era completamente desconocido fuera -y con bastante seguridad-, también dentro de las universidades, excepto entre los altos puestos de conducción, donde se lo reconocía al instante, entre otras cualidades, por ser amigazo del expresidente Morales.

Su peso, su influencia, su poder son tan irrebatibles que nunca fue denunciado por una FUL, aunque digitaba a gran parte de ellas, ni por una asociación o federación docente, menos por rectores y, desde luego que no por el Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana, que le estaba pagando unos 3.000 dólares mensuales, durante varios años. Ha sido un docente de base que interpuso la demanda que ha conducido a su arresto.

No es tan raro que el más poderoso dirigente haya sido tan anónimo y subrepticio, en una época de más de tres décadas en la que apenas aparece algún movimiento estudiantil. El último que tengo registrado es el que respaldó la movilización de los pueblos del Tipnis, cuando llegaron a La Paz. Y, en cuanto a las universidades, probablemente el movimiento más significativo fue el de algunos docentes y las autoridades que apoyaron con información técnica la crítica al megaproyecto más caro, destructivo y absurdo, en términos técnicos y financieros, cual es el de la enorme represa del Chepete.

Las alianzas y entendimientos entre grupos de estudiantes, docentes, autoridades, militantes partidarios y el Estado no son invento reciente. Datan de muchos años, pero nunca habían alcanzado el dinamismo vertiginoso y, sobre todo, la cualidad subterránea, secreta y hermética que se está revelando con el caso del cincuentón profesionalizado como estudiante constante y dirigente eterno. Él logró lo que el señor Morales Ayma ha pretendido para la Presidencia del país, con el golpe patrocinado por su bancada y ejecutado por el TCP, que llegó al extremo de suspender la vigencia de la Constitución y la anulación de los referendos del 21 de febrero de 2016 y del que aprobó la Constitución en 2009, sin que hasta ahora anule su sentencia golpista.

El alumno, que ya era dirigente universitario, muchos años antes del ascenso del MAS, muy probablemente aliado con otras siglas políticas, sobrepasó a sus maestros y ha mostrado tanto talento para caer siempre de pie que existe la posibilidad de que, después del actual espectáculo mediático y su dura caída, lo veamos volver, más pronto que tarde, a lo que sabe hacer mejor.

El silencio de todos los que tenían que haberlo atajado y no lo hicieron nos enseña que los problemas que hacen que la Policía se comporte como una entidad aliada de los criminales y extorsionadora de la ciudadanía de a pie o de los administradores de justicia que actúan como patrocinadores y protectores del delito, nos muestra que el Estado en su conjunto ha llegado a ser un aparato cada vez más aberrante y alejado de la sociedad, un ente básicamente corrompido y corruptor, que nos despeñará si nos mantenemos ausentes, resignados y pasivos.