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Un relato, aumentado y revisado, que participó sin éxito de uno de estos concursos que hoy invaden las redes sociales. Buena lectura.

Maurizio Bagatin

Tres noches en Ámsterdam

Schiphol está a varios kilómetros de la ciudad, de ahí con un tren metropolitano llegas hasta el centro de Ámsterdam. Una Venecia del norte, calvinista en su pensamiento, y “libertaria” en el control del ser humano, con Spinoza y Cruyff en el alma y Rembrandt en su corazón. Desde un famoso escondite la memoria de Anna Frank nos sigue desahuciando. Escribí libertaria entre comillas y ya me arrepiento, no por las comillas sino por el termino libertaria. Erick, un funambulesco bluesman holandés que conocí una noche de muy buen blues y muy buen whisky, me dijo que todo esto que llaman libertad no es nada más que una forma de control sobre el ciudadano. Nosotros, me siguió narrando, fuimos marineros esclavistas, temperamentales e impulsivos, y a causa del paisaje tan particular de nuestro país, somos una nación de “neuróticos del espacio”, donde el territorio es demográficamente muy concurrido y muy rígidamente controlado. Con algo tuvieron que ablandarnos y vigilarnos. Y nunca mejor fórmula que la holandesa fue así tan eficaz, por un buen tiempo. Mucha juventud de los años ochenta del siglo pasado pasó por ahí, el fin del movimiento del ’77 llevó a un buen número de jóvenes de esta generación hacia los Países Bajos. Un extraño y casi seguramente único welfare, un desconcertante asistencialismo permitió a muchos jóvenes un sano ocio: Coffe Shop, boliches y pizzerías surgieron como hongos en época de intensa humedad. Así se generó una fauna que no hizo olvidar el futbol total de la famosísima Naranja mecánica, Eros y civilización de Marcuse y los deslumbrantes colores de Vincent Van Gogh. Las vitrinas de Warmoestraat estaban ahí, con el color de nuestra sangre adobando interiores y reflejando en los canales el ánimo de Sardanápalo.

La primera noche en Ámsterdam fue bastante tranquila, en la casa de cambio una espléndida criatura, o un cuadro de Vermeer, tal vez equivocándose nos dio muchos más florines de los que en la moneda italiana salían a nuestros cálculos de cambio oficial. Fuimos a festejar. Y de los festejos en la Kerkstraat salimos bien, el fuerte dolor de cabeza solo apareció a la madrugada, después del horrible café que el camarero nos sirvió, sin anunciarnos el abominable comistrajo crepuscular al cual nos sometería. En Indonesia, que un tiempo fue colonia holandesa, se producen buenos cafés, el kopi luwak, por ejemplo, es actualmente el café más caro del mundo. Se elabora con granos que son digeridos y excretados por un felino nativo del sudeste asiático, la civeta (luwak), luego son lavados, tostados y molidos. ¡Y en Ámsterdam nos ofrecen una ominosa sultana! ¿Locura? Tal vez, pero no es la única, la de los tulipanes es la más famosa. Llevó Alejandro Dumas a escribir una novela, El tulipán negro, ambientada en la Holanda del ‘600. Desde que se introdujeron, traídos de Turquía en la segunda mitad del siglo XVI, los tulipanes se hicieron protagonistas de especulaciones financieras, de locas inversiones por parte de coronas y mercaderes, hasta llegar a la primera burbuja especulativa de la historia. Antes de esta locura una familia noble de origen véneta, los Della Borsa, fueron los más grandes comerciantes de tulipanes holandeses, y fueron los protagonistas del amor por esta flor que llevó Holanda a la locura y al colapso financiero en 1637. En Holanda se los conocía con el nombre de Van der Beurse (o Bourse), y de ahí, tal vez, el nombre de la Bolsa de valores. Así los tulipanes hoy se cultivan en Colombia, en Ecuador y otra vez en su lugar de origen, Turquía. Desde una mesa del café se oía hablar un fluido italiano, aparentemente no se trataba de turistas, al seguir escuchándolo hablar se confirmó la sospecha, eran universitario, becados por una universidad local. El tema de la conversa era el color naranja de Holanda, uno sostenía que proviene de la Casa de Orange-Nassau, la familia real holandesa. Este color se convirtió en un símbolo nacional debido a Guillermo de Orange, quien lideró la revuelta que condujo a la independencia del país del dominio español en el siglo XVI. Otro de los becados iba alargando el tema a la monarquía, y preguntaba “como un país que ha evolucionado tanto -citaba el hecho de que lograron construir barreras para que el mar no sumergiera su territorio- siga conservando una monarquía. De repente cambiaron de tema. El infaltable futbol fue entonces el protagonista: “mientras, el trio funambulesco del futbol holandés estaba andando a mil, Rijkaard, Van Basten y Gullit estaban ganando con el Milán de Silvio Berlusconi y de Arrigo Sacchi, y les faltaba poco por llevar a su primer triunfo a la naranja mecánica. Todos los restaurantes turísticos, todas las tiendas, ofrecían los afiches coloradísimos con el trio galáctico; en la entrada del Museo Van Gogh un vendedor ambulante nos quiso enchufar una polera, dijo que era la original, de cuando Van Basten jugaba con el Ajax. Los napolitanos no pueden, y no podrán, nunca traicionar su fama de Sciusciá. Le compramos un llavero del Ajax, el equipo que nació entre mitos y leyendas, bautizado con el nombre del más grande héroe griego, primo de Aquiles, y muerto suicida”.

“Este verano no será como los demás veranos. Nadie me leyó los horóscopos del año, nadie sabe a cuál signo del zodiaco pertenezco, tampoco al signo chino. Pronto cumpliré veinte años y ya es hora de irse de este país. No estaré ahora en recordar el porqué, hay que irse y nada más. Soñé anoche que un barco de piratas libertarios, con un Samuel Bellamy imaginario, nos haría subir al velero. Mañana podría estar ya en alta mar, haber cruzado el Estrecho de Gibraltar y enfrentar el gran océano.”

La segunda noche fue un poco agitada. Unos vendedores de hachís, magrebinos, estaban peleándose con otros pusher africanos, subsaharianos. Cada calle turística debía ser respetada como territorio de cada uno de los clanes a las cuales pertenecían. Alguien salió del confín establecido y se desencadenó una caza al que no respetó las reglas. Un norteafricano se escapó y vino a ocultarse entre nosotros en el boliche donde estábamos tomando una cerveza, tenía en la mano un cuchillo de guerra, nos miró bien a ambos en la cara y dijo: “¡Estos negros no llegarán vivos a mañana!”, y se escapó por la cocina del local. El negro que lo perseguía no asistió a la escena. Nos retiramos. Estas escenas son de todas las noches. La historia de los Países Bajos es la historia de las colonias, y siempre es un bumerán que tarde o temprano hace su retorno. Retornando al alojamiento escuchamos una trompeta, un piano y un saxófono, era jazz. Así me fui recordando del final de la vida de Chet Baker. Justo aquí en Ámsterdam. Era mayo del 1988 cuando se transfirió aquí en la Venecia del norte, un lugar donde para él conseguir drogas hubiera sido más fácil, mucho más fácil que en cualquier otra plaza europea. Pero su equilibrio físico y mental ya era muy inestable y su estadía en los Países Bajos duró apenas unos días. Voló desde el tercer piso del hotel donde se había alojado, la heroína había hecho un efecto maldito sobre un cuerpo ya muy débil y una mente que ya perseguía solo fantasmas. Los fantasmas que se llevaron muchos de los genios de la beat generation: “Demasiado jóvenes para morir, pero demasiado rápidos para vivir”.

“A nuestra vuelta habrá Moët & Chandon, la excitación que provoca el champagne, y el pasto con la humedad de la noche que irá mojando los pálidos glúteos de Daniela, ella echada bajo las estrellas de la noche de San Lorenzo, sus cabellos color de la miel sueltos encubriendo el largo cuello, el seno adonde chorreará el champagne, hasta el rosado intenso de sus hermosos pezones. Luna llena de una noche de verano.”

La tercera noche fue de larga espera. La chica de la agencia de viaje, pálida y triste, ya no como la belleza de un cuadro de Vermeer, no lograba conseguir el traspaso de nuestros boletos por un vuelo a Barcelona, o a Lisboa, o en fin a Venecia, de donde veníamos. Nerviosa, impaciente, sudando frente el monitor, nos miraba como diciéndonos “¿Justo ahora se les ocurrió cambiar de itinerario, cabrones?”, “¿Una noche mas no podían quedarse en Ámsterdam?” “¡Así yo no estaría aquí, a esta hora, resolviendo problemas que no son míos!”. Hasta que un vuelo a Venecia, que estaba programado en un horario que ni la chica supo decirnos cual, se reprogramó y podíamos salir a las 2 y media de la mañana; vamos al hotel, retiramos nuestros equipajes y salimos para tomarnos un trago en la misma Kerkstraat, de ahí inmediatamente al aeropuerto. A esta hora, que debería ser la más silenciosa, Ámsterdam es como su “hermana” New York. Hay un gen que las hace inseparables, en la vida nocturna seguramente.

Pensaba yo en cuan efímero es el verano, que es como la vida, muy bien resumida en ciertas poesías. Todas estas bicicletas cruzando el pavé todos los días del año a todas horas. Un barco de rescate que va cargado de velocípedos de todos colores, miles de cuadros esqueléticos y oxidados, ruedas, manubrios y asientos destrozados. Una tienda donde se ofrece quesos, imagen de una vaca Holstein que debe ser la gemela de Lullubelle III. Hay un menú a la entrada de todo Coffe Shop, eliges la calidad y el THC, luego el vuelo vendrá de por sí, tendrás hambre, mucha hambre y te dirigirás hacia el primer carrito de cheeseburger y ahí tu vuelo aterrizará felizmente. Vas caminando por Ámsterdam, el efecto del cannabis es aún estable, te chocarás con la entrada al Aquarium, uno de los más completos de Europa. Lo bautizaron Acuario ARTIS e incluye un zoológico y un planetario, un viaje completo, psicodélico e ilustrativo.

Nos despertamos con toda la voluntad del mundo para ir a visitar los dos museos que queríamos visitar, el Museo Van Gogh y el Museo Rembrandt. En la esquina de la calle del Museo Van Gogh está la sede de uno de los periódicos más leídos de Holanda, el De Telegraaf. En la primera plana, con fotos de una inconfundible proveniencia policial, los tres africanos que la noche antes se pelearon con los magrebinos, abajo, aunque escrito en un idioma para nosotros extraño, las probables horas del deceso: entre las 02.00 a.m. y las 04.00 a.m., la hora del hallazgo: las 6.30 a.m., y la causa de la muerte: acuchillamiento. Entramos al Museo Van Gogh con una copia del periódico. Mirábamos los cuadros y mirábamos las fotos de los africanos acuchillados. En el Retrato de una prostituta encontré todas las que ofrecían placer en la Warmoestraat, en Los comedores de patatas, todos los campesinos del mundo; en el Retrato de Camille Roulin, los niños que fuimos en nuestras Via Paal; en la Calavera con un cigarrillo, el inmediato futuro de los tres africanos.

“En la noche escucharé los grillos y las cigarras, soñare la luz efímera de las luciérnagas, recordaré los abrazos de Daniela. No esperaré el canto del gallo para levantarme. A las primeras luces del diluculo iré a preparar un café fuerte, negro y amargo. Resucitaré. Luego olvidaré todo.”

El aeropuerto de Venecia estaba completamente inundado, parecía ser la prolongación de la Laguna Véneta. El Boeing dio algunas vueltas antes de que desde la torre de control autorizaran el aterrizaje. Una lluvia tropical seguía abatiéndose en la región, pero ya se estaba alejando de Tessera; dos chicos que antes de Ámsterdam estuvieron en Barcelona, miraban desde la ventanilla y uno le dijo al otro: “Mira aquel tipo ahí afuera, bajo semejante lluvia y con la linterna encendida” y con el dedo indicaba la luz que desde un ala del avión se movía por efecto de las ultimas violentas gotas de lluvia que seguían cayendo desde el cielo negro. “Se puede ser todo lo loco que se quiera con tal de tener la virtud de reconocerlo”, en aquel momento me acordé de un pensamiento de Erasmo de Rotterdam, otro holandés ilustre.

Eran las 5 de la mañana. Tres noches en Ámsterdam terminaban aquí, en la Venecia real. El policía de la aduana quería saber dónde habíamos ocultado el hachís, o la marihuana con el THC increíblemente alto, o si nos habíamos fumado todo un Coffe Shop y volvíamos sin siquiera un regalito para los amigos. Nos reímos y saludándolo le regalé el periódico que aún conservaba entre mis manos, el ya famoso De Telegraaf con las fotos de los africanos acuchillados en la primera plana.

“¡Estuvimos con ellos anoche!” le dije, y nos salimos riéndonos.

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