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El comunista que leía sobre Hobsbawm: lecciones de un retiro en Cochabamba

Gracias a una invitación de la Fundación UNIR, pasé junto con un grupo de personas algunos días de “retiro político” en una casa de retiros ubicada en las afueras de la ciudad de Cochabamba. En las jornadas se hicieron varias actividades de intercambio de pareceres y posturas sobre la realidad económica, social y política de Bolivia, en las cuales afloró no solo la racionalidad, sino también, y acaso más, la catarsis emocional, como no es raro —ni malo, en tanto esté controlada— en la actividad política de todas partes. Pero más allá de las conclusiones a las que llegó el grupo al final del evento —relacionadas con cómo va la situación en Bolivia y con qué se debería hacer para solucionarla—, lo más valioso, al menos para mí, fue la confraternización que se logró entre todos durante las pausas para los refrigerios o en los momentos de distensión.

En lo personal, durante esos días me sucedió un hecho que fue una lección de desprejuicio y humildad.

Hace varios años, allá por 2019-2020, cuando era candidato a diputado y el ambiente político boliviano era tan tenso como violento e incierto, había en redes sociales una persona afín al MAS que criticaba irrespetuosamente varias de mis publicaciones proselitistas. Entonces me hice un concepto no muy bueno de aquel hombre. Después traté de averiguar un poco de él y caí en la cuenta de que era un marxista ortodoxo; años después, en la campaña presidencial de 2025, lo vi en Instagram pronunciando encendidos discursos en pro del candidato por el MAS, Eduardo del Castillo.

En el encuentro de actores políticos de Cochabamba de hace unos días lo encontré, y cuando fuimos llamados a trabajar en la primera actividad, fue él quien se acercó a mí. Me dijo que era militante del Partido Comunista, y me habló cordial y hasta amigablemente. Luego de la actividad, en el primer receso de media mañana, me le acerqué yo y comenzamos a platicar sobre autores marxistas, marxismo y postmodernismo. Y hacia la noche, me habló sobre interesantes temas de filosofía (racionalismo francés, idealismo alemán y las vertientes de las cuales se había nutrido el joven Marx) y me comentó que estaba leyendo una biografía de Eric Hobsbawm, que al día siguiente me mostró (era un volumen de más de 800 páginas).

Al siguiente día continuamos la plática y analizamos la situación geopolítica de Europa y Asia, para luego proseguir nuestro interesante diálogo en el que, ahora ya en un restaurante del bulevar cochabambino, hablamos de poesía francesa y el único poema que escribió Lenin. Más allá de las ideas y los libros que comentábamos, había risas, anécdotas personales y espontaneidad, cosas que nunca pensé que podría compartir con un masista/comunista (y menos con él). ¿No era todo ello una lección, a la vez que una oportunidad de conocer a un adversario ideológico que podía compartir conmigo lo prosaico o los problemas de la vida cotidiana? ¿No teníamos muchas más cosas en común que diferencias ideológicas? Desde la vulnerabilidad (las risas y las cuitas), los seres humanos conectamos mejor: nos comprendemos y hasta nos estimamos. Y entonces la ideología política puede quedar en un segundo o tercer plano.

La capacidad de convivir con las diferencias, y hasta de disfrutarlas, no es fácil de adquirir; por ende, no se da espontáneamente. Es un arte que se adquiere con esfuerzo. La “irritante” pluralidad de los seres humanos puede dejar de ser irritante, e incluso puede diluirse, cuando hablamos distendidamente con el Otro y dialogamos con él sobre asuntos que trascienden la política. En realidad, tratar de homogeneizar pensamientos puede resultar dañino, pues cuando se lo hace, el disenso o la diferencia pueden resultar incómodos y hasta amenazantes.

Además de todo esto, al final de las jornadas de trabajo, y habiendo escuchado las diferentes posturas y distintas necesidades y analizado las diversas perspectivas desde las que cada uno de los actores políticos juzgaba y entendía la realidad, me sentí inerme ante el desafío de entender Bolivia y resolver sus estructurales y seculares problemas. (¿Cuánto más difícil será comprender algo del complejo mundo?) De todas formas, aquel estado de perplejidad en el que me hallé al final, podía ser una ganancia en vez de una pérdida, ya que me colocaba en la postura de seguir persiguiendo la verdad, la cual, aunque siempre será esquiva, me será un impulso y una brújula durante toda la vida.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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