La UNAM fue escenario de un encuentro inédito: decenas de jóvenes que se identifican como therians y furries se reunieron en Ciudad Universitaria para visibilizar sus identidades animales. El evento, que trascendió las redes sociales y ocupó espacios académicos, abrió un debate urgente. “No es una patología, sino una búsqueda de pertenencia en medio de la soledad y la falta de reconocimiento”, advierte el psicólogo boliviano Rodrigo Ayo, mientras especialistas en México y Argentina coinciden en que el fenómeno refleja las tensiones de la juventud hiperconectada.
En plazas, parques y sobre todo en redes sociales, cada vez más jóvenes se identifican con animales como lobos, felinos, dragones, aves rapaces e incluso criaturas mitológicas. Se trata de los therians (del inglés therianthropy, “transformación animal”) y los furries (del inglés furry fandom, “comunidad peluda”), dos comunidades distintas pero relacionadas que han captado la atención pública y desatado polémicas en América Latina y el mundo. Lo que comenzó como una práctica marginal en foros digitales hoy se ha convertido en un fenómeno cultural que interpela a familias, escuelas y medios de comunicación.
La viralización de videos en TikTok e Instagram, donde adolescentes aparecen caminando en cuatro patas, usando máscaras o colas, ha multiplicado la conversación. Para algunos es una forma legítima de identidad y expresión, mientras que otros lo ven como una moda pasajera que provoca burla o rechazo. La tensión entre curiosidad y crítica refleja el impacto que estas comunidades tienen en la cultura digital contemporánea.
El término therian proviene del griego thēríon, que significa “bestia” o “animal salvaje”. En la cultura contemporánea describe a personas que se identifican psicológica o espiritualmente con un animal no humano. No creen ser físicamente animales, sino que experimentan una vivencia interna de “sentirse” como tal. Esta idea se consolidó en los años noventa en foros digitales de Estados Unidos, vinculada al concepto de therianthropy (transformación mítica de humanos en animales).
Con el tiempo, la comunidad therian se relacionó con la cultura otherkin (del inglés otherkin, “otros seres”), personas que se identifican con entidades no humanas como ángeles o dragones, pero se consolidó como un grupo propio. En paralelo, los furries surgieron en los años ochenta en convenciones de ciencia ficción, centrados en el gusto por los animales antropomórficos. Mientras los furries enfatizan la creatividad y la estética a través de disfraces y arte, los therians ponen el acento en la vivencia identitaria y espiritual.
El fenómeno therian comenzó a viralizarse en el Cono Sur, especialmente en Argentina y Uruguay, donde los primeros videos mostraban jóvenes con máscaras y desplazándose en cuatro patas en espacios públicos. Desde allí se expandió rápidamente hacia México, Colombia y Centroamérica, con registros digitales que evidencian su presencia en El Salvador y otros países. La globalización digital ha permitido que estas comunidades se conecten y se reconozcan más allá de las fronteras nacionales.
Aunque no existen cifras oficiales ni censos sobre cuántos jóvenes se identifican como therians, los indicadores digitales son contundentes: miles de videos y publicaciones acumulan millones de visualizaciones en TikTok, Instagram y X. En 2026, hashtags como #therian y #furro se han convertido en tendencia global, con comunidades que organizan encuentros virtuales y presenciales. Incluso se han registrado casos virales, como jóvenes que realizan caminatas largas en cuatro patas como forma de performance identitaria, generando tanto admiración como polémica.
Desde la psicología, no existe un diagnóstico clínico que englobe estas identidades. Se las entiende más bien como formas de autoexpresión simbólica y de construcción de comunidad. Algunos especialistas las relacionan con fenómenos de role-playing (juego de roles) y búsqueda de pertenencia, mientras otros las interpretan como exploraciones de identidad en un mundo hiperconectado. En este sentido, los therians y furries pueden ser vistos como laboratorios de identidad en la era digital.
En el plano cultural, estas comunidades reflejan la necesidad de diferenciarse y de encontrar espacios alternativos de reconocimiento. La estética animal, el juego con lo fantástico y la performatividad son recursos que permiten a los jóvenes construir narrativas propias frente a un entorno social que muchas veces los invisibiliza. Más que una moda, se trata de un espejo de las tensiones entre libertad individual y comunidad virtual.
Perspectiva profesional
Diversos especialistas en América Latina han comenzado a analizar el fenómeno desde la psicología y la sociología. Para el psicólogo boliviano Rodrigo Ayo, estas prácticas reflejan un síntoma existencial de una sociedad que no ofrece pertenencia, donde los jóvenes encuentran un refugio frente a la falta de roles tradicionales. En México, la investigadora Imelda Robles advierte que más que una moda pasajera, se trata de una búsqueda de identidad que puede generar tensiones psicológicas si se acompaña de aislamiento.
En República Dominicana, la periodista Elkys Cruz recoge opiniones de psicólogos que interpretan estas expresiones como un “grito de auxilio” frente a crisis de identidad, más que como un trastorno clínico. Por su parte, el guatemalteco Esdras Laz subraya que el fenómeno surge en medio de la soledad y la necesidad de reconocimiento, y debe entenderse como parte de la exploración identitaria en redes sociales. Finalmente, el argentino Diego Buenosvinos analiza el fenómeno desde la psicología conductual, señalando que caminar en cuatro patas o adoptar conductas animales es una forma de expresión que inquieta por lo que revela de la personalidad y la búsqueda de comunidad.
Reacciones sociales y mediáticas
El fenómeno no está exento de controversia. Videos de reuniones de therians en espacios públicos han generado burlas y críticas, mientras figuras mediáticas lo califican de moda dañina. La exposición mediática ha amplificado los prejuicios, convirtiendo a estas comunidades en blanco de estigmatización y debate público.
Sin embargo, también hay quienes defienden estas prácticas como expresiones legítimas de diversidad cultural y libertad individual. Para ellos, los therians y furries son una forma de resistencia simbólica frente a la homogeneización cultural y un recordatorio de que la identidad es múltiple, cambiante y siempre en construcción.
Más allá de la polémica, los therians y los furries nos invitan a reflexionar sobre cómo las nuevas generaciones exploran la identidad en la era digital. No son simplemente modas pasajeras: son espejos de las tensiones entre libertad individual, comunidad virtual y necesidad de reconocimiento en la diferencia. Su existencia nos obliga a repensar qué entendemos por identidad y cómo se construye en un mundo hiperconectado.
La pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos a aceptar estas formas de expresión como parte de la diversidad cultural contemporánea o si seguiremos viéndolas como extravagancias juveniles. ¿Estamos preparados para reconocer que la identidad puede incluir lo animal y lo fantástico? ¿O preferimos limitarla a lo que consideramos “normal”? ¿Qué nos dice este fenómeno sobre la libertad de ser en el siglo XXI y sobre los límites que la sociedad está dispuesta a tolerar?