La política boliviana nos tiene acostumbrados al surrealismo, pero lo que ocurre hoy en el Palacio de Gobierno raya en lo inédito. La reciente promulgación del Decreto Supremo 5552 no es una simple «reforma administrativa»: es, en los hechos, una intervención quirúrgica diseñada para extirparle el poder a la Vicepresidencia. Lo desconcertante no es la medida en sí, sino su origen: un presidente, Rodrigo Paz Pereira, que parece haber asumido el rol de principal opositor de su propio Gobierno.
Desde hace meses, el ambiente político se ha saturado de dardos lanzados desde el entorno presidencial. Hoy, esas intrigas se han cristalizado en norma. Al cercenar las atribuciones presupuestarias y operativas de Edmand Lara, Paz Pereira no solo castiga a un hombre: está canibalizando la institucionalidad del Ejecutivo para alimentar un hiperpresidencialismo de emergencia.
El «vicepresidente decorativo»
Históricamente, la Vicepresidencia ha sido el pulmón que permite al Gobierno respirar en la Asamblea Legislativa. Al despojar a Lara de su capacidad de gestión —desde el control de auditorías hasta su representación en las regiones—, se le reduce a un «relacionador público» de lujo.
¿Qué busca el presidente con este cerco? La respuesta es el miedo: anular cualquier sombra. En un juego de desconfianzas, Paz Pereira prefiere un aliado mutilado que un sucesor potencial. El mensaje es brutal: en este Gobierno, el mérito de la lealtad se paga con el aislamiento funcional.
El ascenso del «Súper Ministro»
Mientras la Vicepresidencia se desangra, el ministro José Luis Lupo emerge como la mano derecha —y única— del mandatario. Al concentrar proyectos sociocomunitarios y activos bajo su mando, el Ejecutivo deja de ser una estructura colegiada para convertirse en un búnker.
Esta centralización no es eficiencia: es la necesidad de controlar cada centavo y cada imagen en las regiones, eliminando intermediarios con agenda propia. Lupo ya no es un gestor; es el custodio de una billetera política que antes pertenecía a la segunda magistratura del Estado.
El efecto bumerán
El riesgo de esta estrategia es que los votos no siempre siguen al decreto. Rodrigo Paz ha decidido jugar al «todo o nada», ignorando dos frentes críticos:
- La fractura oficialista: Los legisladores que aún responden a Lara no verán esto como una reforma, sino como una humillación que cobrarán en cada votación parlamentaria.
- El regalo a la oposición: No hay mejor campaña para los adversarios que un Gobierno que se declara la guerra a sí mismo. El DS 5552 es la prueba que necesitaban para denunciar una deriva autoritaria.
Conclusión
Rodrigo Paz ha decidido que en su mesa solo hay espacio para un comensal. Al convertir la Vicepresidencia en un cascarón vacío, quizás logre el control administrativo total a corto plazo, pero a un costo político suicida.
Gobernar contra su propio binomio no es liderazgo: es el preludio de una fractura que terminará por implosionar desde adentro. En política, el que intenta ser presidente y verdugo al mismo tiempo termina por no ser ninguna de las dos cosas. El DS 5552 no es un triunfo: es la firma de un divorcio que deja al Estado en la orfandad.