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Carnaval entre campañas y patrimonio en riesgo

El carnaval boliviano es una fiesta que desborda alegría, música y color. Sin embargo, detrás de cada danza y cada máscara late una memoria profunda: la de pueblos que resistieron la colonización, la explotación y el olvido. No es solo entretenimiento, es un acto político y una expresión cultural sin igual en el mundo. Y es la reafirmación de que nuestra identidad no se reduce a lo que dicta la modernidad globalizada, sino que se nutre de raíces indígenas, afrodescendientes y mestizas que han sobrevivido a siglos de imposición, viven, se desarrollan y emergen con nuevas manifestaciones.

El Carnaval de Oruro, declarado en 2001 por la Unesco como Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, es mucho más que una fiesta, es un misterio que se revela en cada danza, un ritual que conecta con la Pachamama y con la Virgen del Socavón, un museo vivo que cada año atrae a más de 400.000 visitantes y genera alrededor de 35 millones de dólares en movimiento económico. Allí se interpretan 18 especialidades de danza reconocidas oficialmente, entre ellas la diablada, morenada, caporales, tinku, kullawada, llamerada, saya afroboliviana, tobas, negritos, incas y waca tokoris. En total, Bolivia cuenta con más de 200 danzas folklóricas y alrededor de 1.200 festividades a lo largo del año. Cada paso, cada máscara, cada melodía es un testimonio de resistencia cultural.

Pero lo que debería ser motivo de orgullo nacional se ve amenazado por la apropiación. Países vecinos como Chile y Perú han presentado en festivales internacionales danzas ya reconocidas en Bolivia,  pero asegurando que tienen origen en sus territorios, invisibilizando festividades, registros y hasta canciones de autores bolivianos. Y no se trata solo de la morenada, la diablada o los caporales: también el tinku, la kullawada, la llamerada y la saya afroboliviana han sido objeto de copia y apropiación. La pregunta es inevitable: ¿qué hacen nuestras autoridades para resguardar este patrimonio? La respuesta, lamentablemente, aun es poco. Mientras las comunidades mantienen viva la tradición con esfuerzo y sacrificio, los representantes oficiales parecen más preocupados por discursos y otras temáticas que por políticas de protección.

El carnaval también refleja la política: vivimos un carnaval de discursos, las promesas se repiten con la misma intensidad que las comparsas, y ahora que se acercan las elecciones subnacionales, vemos más candidatos que propuestas serias, más campañas que estrategias reales de protección del patrimonio. La fiesta se convierte en metáfora de un país que celebra su identidad, pero que no logra defenderla frente al mercado y la apropiación.

No podemos olvidar que el Carnaval de Oruro es más que un espectáculo: es también espiritualidad y memoria. Cada danza es un ritual que conecta con lo más profundo de nuestra historia. Reducirlo a simple entretenimiento es ignorar su esencia. Y permitir la copia es aceptar que nuestra memoria se convierte en mercancía.

La responsabilidad no es solo de las autoridades. También es nuestra. ¿Qué hacemos como ciudadanos para defender estas danzas? ¿Las conocemos, las valoramos, las transmitimos a las nuevas generaciones? El patrimonio se pierde no solo por apropiación externa, sino también por indiferencia interna. Si no exigimos políticas de protección, si no educamos a nuestros hijos en el valor de estas tradiciones, si no defendemos con orgullo lo que nos pertenece, entonces somos cómplices del olvido.

El Carnaval de Oruro es un espejo que nos devuelve preguntas incómodas. ¿Qué significa ser boliviano en un mundo que nos copia y nos invisibiliza? ¿Qué significa celebrar mientras otros se apropian de lo que nos define? ¿Qué significa bailar mientras la política se disfraza de comparsa y el patrimonio se desangra en silencio?

El desafío es claro: necesitamos pasar de la celebración a la acción. El carnaval debe ser un espacio de resistencia cultural, un recordatorio de que la memoria histórica no se archiva ni se copia: se baila, se canta y se defiende. Ciertamente debe mejorar el orden, el acceso y el control.

¿Hasta cuándo vamos a permitir que otros países se apropien de nuestras danzas mientras las autoridades callan? ¿Seguiremos celebrando un carnaval de discursos vacíos o exigiremos estrategias reales para proteger lo que nos define como nación? ¿Qué pesa más: la fiesta del momento o la memoria que nos sostiene como pueblo? ¿Estamos dispuestos a asumir nuestra parte de responsabilidad o preferimos seguir bailando mientras otros escriben nuestra historia?

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