Márcia Batista Ramos
La pantalla devuelve un rostro que no existe.
Es casi el suyo, pero no del todo.
El rostro real es el del espejo, sin botón para “likes”.
Todo ocurrió muy rápido. Sin demasiadas explicaciones. Con adaptación forzada a la conectividad total, al 5G, a la inmediatez. De pronto, la humanidad despertó en la era de la inteligencia artificial y de los filtros que prometen perfección instantánea. En ese tránsito acelerado, muchas mujeres comenzaron a perder algo más profundo que un rasgo del rostro: el vínculo con su propia presencia.
La imagen que circula en redes ya no es un reflejo, sino una construcción.
Un rostro fabricado por la máquina.
Un cuerpo corregido, una piel sin memoria, una simetría que no tiembla.
Y cuanto más perfecta se vuelve esa imagen, más distante resulta el cuerpo real que la sostiene.
Una piel sin historia.
Una simetría domesticada.
Unos ojos agrandados que aprendieron a mentir con dulzura.
Un rostro afilado, sin los surcos que narran la biografía de una vida.
Las redes sociales han instalado un nuevo mandato: no basta con ser, hay que parecer. Parecer joven, parecer delgada, parecer luminosa, parecer siempre disponible para la mirada ajena. El uso excesivo de Photoshop, filtros y editores no solo embellece: desfigura la autopercepción. Así nace la dismorfia selfie, una obsesión silenciosa con defectos inexistentes, una persecución interminable de una versión editada que nunca coincidirá con el espejo.
El filtro no embellece: borra.
Y en ese borrado minucioso se va perdiendo el cuerpo real: el que pesa, el que late, el que recuerda. Se instaura así, a través de la pantalla, un nuevo tipo de maltrato hacia la mujer.
La selfie editada se convierte en un espejo tirano. Nadie reconocerá a la imagen publicada cuando se cruce con la persona real, porque no son la misma. La imagen digital no corresponde al rostro que tiembla, que suda, que duda. Tan humana.
El cuerpo deja de ser casa y se convierte en eterno proyecto.
Cada gesto cotidiano —reír, comer, mirarse de perfil— queda sometido a la comparación silenciosa con esa versión pulida que no envejece ni duda. La distancia entre lo que se es y lo que se muestra comienza a doler como una herida invisible. Entonces aparece la obsesión: corregir, afinar, ocultar, volver a tomar la foto. Como si la identidad pudiera ajustarse con un deslizador.
En este territorio vigilado, medido y castigado, las mujeres empiezan a padecer una nueva forma de violencia: aquella en la que ellas mismas terminan siendo sus peores verdugos.
El hambre deja de ser señal y se vuelve enemigo. La comida se transforma en culpa.
El espejo, en juez. La aprobación ajena, en una droga de corta duración.
Cada “me gusta” promete alivio, pero exige más: más retoque, más control, más distancia de sí. Menos encuentros con el otro. Más soledad.
Cada retoque incrementa la fractura interior.
Lo que se muestra no coincide con lo que se es, y esa disonancia termina vaciando por dentro. El cuerpo se vuelve un problema a resolver: se vigila, se ajusta, se castiga. La identidad se transforma en una meta inalcanzable: ser la imagen, no el cuerpo; parecer, no habitarse. Y eso duele.
La tecnología no es la culpable.
No es el enemigo.
La raíz está en la pedagogía de la crueldad que nos enseñó a mirarnos con ojos ajenos.
Sin embargo, el cuerpo insiste.
Late bajo el filtro, respira bajo la edición, espera ser mirado sin retoques.
La mujer se toca la cara como si perteneciera a otra. Se observa desde afuera, fragmentada, ajena. No hay reconocimiento, solo una nostalgia imprecisa por una imagen que nunca fue real.
Al final del día, cuando la pantalla se apaga, queda el silencio.
Un silencio hondo.
La imagen admirada por otros no acompaña, no abraza, no responde. Frente al espejo, la mujer se encuentra sola con un cuerpo que no coincide con la promesa digital. Y allí aparece el hueco, la sensación de abandono, la certeza incómoda de haber sido vista sin haber sido realmente mirada.
Para no entrar —o para salir— de este nuevo ciclo de violencia contra la mujer, es necesario comprender que no se trata de una elección individual ni de una falla de autoestima. Se trata de un sistema. De una economía de la mirada que mercantiliza el cuerpo femenino, de algoritmos que premian la obediencia estética y castigan la diferencia, de una industria que convierte la inseguridad en negocio y la autoflagelación en norma.
La violencia digital no deja marcas visibles, pero modela subjetividades. No grita, susurra. No golpea, corrige. No prohíbe, induce. Y en ese proceso, muchas mujeres aprenden a vigilarse a sí mismas, a desconfiar de su propio cuerpo, a ofrecer una imagen que no habitan para no quedar fuera del mercado simbólico de la visibilidad.
Nombrar esta violencia es un acto político.
Resistirla, también.
Recuperar el cuerpo como casa, como territorio vivido y no como vitrina, es hoy una forma de desobediencia. Dejar de parecer para volver a estar. Permitir que la piel conserve su historia, que el rostro envejezca con dignidad, que el cuerpo exista sin pedir permiso al algoritmo.
Porque ningún sistema que exige la negación del propio cuerpo puede llamarse progreso.
Y porque ninguna imagen —por más celebrada que sea— vale el precio de perderse a una misma.