En un contexto regional marcado por la fragmentación política, la desconfianza diplomática y los retrocesos en derechos, el IV Encuentro del Grupo de Mujeres Bolivia–Chile, realizado en Santiago los días 26 y 27 de enero de 2026, ofrece una noticia poco frecuente pero profundamente necesaria: la construcción sostenida de confianza binacional desde el feminismo y la sociedad civil organizada.
No se trata de un gesto simbólico ni de una reunión protocolar más. El Plan de Acción 2026–2027, emanado de este Encuentro, es una hoja de ruta ambiciosa y estratégica que articula cinco ejes clave —Política Exterior Feminista; Migración y Género; Mujer, Paz y Seguridad; Integración Regional con enfoque de género; y Comunicación Transversal— bajo un marco común: los 30 años de la Plataforma de Acción de Beijing
Un recordatorio oportuno de que los avances en derechos de las mujeres han sido reales, pero también lentos, frágiles y hoy amenazados.
El Grupo parte de una constatación incómoda pero honesta: la igualdad de género no está garantizada por inercia histórica. Sin institucionalidad sólida, sin anclaje normativo y sin financiamiento sostenido, los derechos pueden retroceder. A ello se suma una crisis de los espacios multilaterales y de los recursos para la incidencia, que obliga a repensar estrategias, alianzas y formas de acción política desde abajo y entre países vecinos.
Uno de los aportes más innovadores del Plan es su apuesta por la evidencia y la memoria como herramientas políticas. La creación de un repositorio binacional de datos, el trabajo conjunto con observatorios de género y la propuesta de un Índice de Compromisos Cumplidos (ICC) buscan algo que suele faltar en el debate público: seguimiento, rendición de cuentas y presión informada a los Estados
. No hay transformación sin datos, pero tampoco sin memoria. Por eso, la reconstrucción de una cartografía feminista binacional —que recupere testimonios, redes y luchas— es una apuesta intergeneracional que desafía el olvido y fortalece la continuidad política del movimiento.
En materia de migración y género, el Plan aborda una de las realidades más sensibles y menos protegidas entre Bolivia y Chile: la vida de las mujeres migrantes. Capacitar a funcionarios consulares, mejorar la implementación de protocolos contra la violencia y la trata, generar evidencia sobre la reconducción migratoria y diseñar modelos de cuidado biopsicosocial no son medidas abstractas; son respuestas concretas a violencias estructurales que atraviesan fronteras y cuerpos
El eje de Mujer, Paz y Seguridad refuerza esta mirada binacional al proponer observatorios de seguimiento a la Resolución 1325 de Naciones Unidas, incorporando a la sociedad civil y proyectando prácticas conjuntas entre ambos países. En una región donde la seguridad sigue pensándose sin mujeres, este enfoque resulta tan necesario como incómodo para los poderes tradicionales
La integración regional con enfoque de género, por su parte, rompe con la idea de que el comercio y la economía son terrenos neutros. Difundir el capítulo de género del ACE 22, visibilizar el rol de las mujeres en el comercio exterior, fortalecer a las MYPES y apostar por una integración territorial y cultural en zonas de frontera demuestra que otra integración es posible: una que no reproduzca desigualdades, sino que las enfrente
Finalmente, el Plan no esquiva los desafíos internos. Plantea la necesidad de avanzar hacia una posible institucionalización del Grupo, asegurar financiamiento, sumar nuevas integrantes y evaluar críticamente lo realizado desde su fundación en 2021. La referencia a la metodología de diálogos improbables de John Paul Lederach no es casual: Bolivia y Chile arrastran historias, traumas y conflictos no resueltos, pero también la posibilidad de construir lo que el propio documento llama “milagros relacionales”
En tiempos de polarización y discursos de odio, el Grupo de Mujeres Bolivia–Chile nos recuerda que la política también puede hacerse desde el cuidado, la memoria, la evidencia y la cooperación feminista. No como un gesto ingenuo, sino como una estrategia profundamente política para sostener derechos, prevenir retrocesos y hacer región desde abajo.
Porque cuando los Estados dudan, las mujeres dialogan. Y cuando dialogan, transforman.