Armando Chirveches, siempre visionario, escribió «La candidatura de Rojas» como una novela de ficción política. Lo que quizá no imaginó es que, décadas después, Bolivia se empeñaría en convertirla en un manual de procedimiento. Porque hay ficciones que envejecen mal y realidades que envejecen peor.
En la novela, el ascenso del candidato Rojas está rodeado de ambigüedades, favores opacos, personajes que aparecen y desaparecen con demasiada oportunidad y una atmósfera en la que la política parece menos una vocación pública que una coartada elegante. Todo es insinuación, nada es probado, pero el lector entiende rápido que ahí no se gana poder con discursos sino con silencios bien pagados.
Saltemos al presente y el apellido vuelve a escena, ya no en una librería sino en los titulares. La ex diputada y actual candidata Laura Rojas —personaje real, no literario— aparece mencionada en un extraño episodio que incluye maletas, un vuelo charter millonario desde Los Ángeles y destino final en Santa Cruz. No es necesario exagerar, la sola enumeración de los elementos alcanza para que el relato se escriba casi solo. Falta apenas el narrador omnisciente y un par de metáforas de Chirveches.
Maletas que viajan más cómodas que los ciudadanos comunes, vuelos privados que parecen más eficientes que la lucha contra el narcotráfico y una política que, una vez más, se ve rozada, aunque sea por la sospecha, por circuitos que no figuran en ningún programa de gobierno. No sabemos qué había en esas maletas, pero sí sabemos lo que simbolizan, la naturalización de lo inexplicable.
En «La candidatura», nadie se sorprende demasiado cuando el dinero aparece de donde no debería. En la Bolivia de hoy, tampoco. Hemos desarrollado una peligrosa tolerancia al “caso extraño”, al “hecho confuso”, al “aún no aclarado”. Como si la democracia incluyera, en letra chica, un margen razonable para el delito siempre que vista traje y tenga credencial.
La sátira, entonces, no está en forzar paralelismos, sino en constatar que la política boliviana ha dejado de incomodarse cuando roza lo delictivo. Ya no escandaliza, administra daños, gana tiempo, espera que llegue el próximo escándalo. Exactamente como en la novela.
Chirveches usó la ficción para denunciar una época. Nosotros usamos la realidad para confirmar que aquella época no terminó. Cambiaron los aeropuertos, los aviones y los montos, pero la lógica sigue intacta, la política como territorio permeable, donde las fronteras entre lo legal y lo criminal se vuelven tan difusas como el origen de ciertas maletas.
Tal vez por eso «La candidatura» sigue siendo actual. No porque predijera nombres propios, sino porque entendió algo más profundo, cuando la política se acostumbra a convivir con el delito, deja de ser una novela de intriga y se convierte en una crónica. Y ahí, ya no hay sátira que alcance.