Lo del título lo digo yo, pero que no quepa duda de que al presidente Rodrigo Paz le invaden esos mismos sentimientos, o de que no tiene muy claro que su vicepresidente, que hasta solo algunos meses iba a ser el mejor segundo mandatario por su equilibrio, su condición de abogado que le permitiría tener una lectura imparcial de los asuntos jurídicos del Estado y algunos encomios más que le nublaron la visión política, tiene problemas cuya naturaleza parecen estar fuera de discusión.
Esas contradictorias sensaciones que con seguridad tiene el presidente de quien, en condiciones normales, tendría que ser su mejor aliado, en pocas semanas de gobierno ya le han traído serios contratiempos. “Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia”, el eslogan que el entonces candidato y hoy primer hombre del Estado repitió con entusiasmo para redefinir la política exterior, luego de 20 años de un alineamiento a tres o cuatro regímenes de los que nada bueno el país obtuvo, hasta hoy fue su principal tropiezo: renunció al derecho, pero ante todo resignó a la utilidad de asistir a Davos, para mandar una delegación de nivel ministerial, insuficiente para obtener la confianza que buscaba.
Se puede aducir cualquier cosa de parte del gobierno respecto a los motivos de su inasistencia a ese foro, pero habría que ser ingenuo para no saber que fue la inquietud —además razonable— que provocaría Edmand Lara si se quedara interinamente en el ejercicio de la presidencia. Lara es un populista y demagogo cuya candidatura obedeció a una coyuntura ampliamente favorable a él, que necesitaba un instrumento político, hallándolo en un político que requería con urgencia una figura emergente como su acompañante de fórmula. Ambos se utilizaron; ambos acordaron eludir, especialmente luego de la primera vuelta, la redundante consulta de la prensa acerca de las acciones que tomarían respecto a Evo Morales. Eso les valió ganar el balotaje con relativa comodidad.
Lo demás es historia conocida y muy reciente. Por mucho que Paz negara inicialmente un distanciamiento de Lara, se percibía en el ambiente que el temperamento del expolicía era ya una piedra en el zapato del presidente, al extremo inédito de que el segundo mandatario, conformante en otro tiempo de una plancha con identidad de programas, coincidencia ideológica y convergencia programática (si es que las hubo), se autodefinió como opositor al gobierno al que día que pasa agravia sin piedad.
Pero tampoco No se puede caer en el razonamiento simplista de que, ahíto de tanto berrinche de Lara, dictándose un decreto que cuando deje el territorio nacional no tenga necesidad de aplicarse la sucesión constitucional por el tiempo que dure su ausencia, el intríngulis esté zanjado, pues un simple juego de palabras que se esgrime para justificar la medida es caer no solo en un error semántico, sino en una ligereza jurídica peligrosa. Sostener que la implementación de la firma digital exime de la obligación constitucional de desprenderse interinamente de la Presidencia en favor del vicepresidente, no tiene sustento constitucional, pero tampoco es carente de lógica. Se debe partir de la premisa de que cuando el presidente abandone el territorio nacional con motivos oficiales, no significa que el vicepresidente en el ejercicio de la presidencia duplique la función, como con equivocado criterio se está justificando la medida, pues esa prevención constitucional no es más que una ficción jurídica que permite, claro que sí, que el electo presidente funja su función en el exterior y su sustituto cumpla simultáneamente el papel que a aquél le correspondería si estuviera en el país.
Por otra parte, es cierto que, por imperio de la Carta Magna, el vicepresidente tiene como atribución coadyuvar con el presidente (…) en la política general del Gobierno. Pero, de la interpretación idiomática de “atribución”, se tiene que el término es sinónimo de potestativo y de ninguna manera de preceptivo. En contrapartida, está implícito en la práctica política que el vicepresidente no puede ser detractor del presidente, pero esa es la Constitución de la que todavía siguen gloriándose todos los que la han aprobado.
Y, a pesar de esa novela que por capítulos está tejiendo el insólito vicepresidente, Paz no puede arrepentirse de haberlo hecho parte de su binomio, porque sin él, nunca hubiera alcanzado el poder, pero tampoco puede complacerse por quien pasará a la historia como el mayor enemigo de su presidente, superando ampliamente a la antipatía entre Hernando Siles Reyes y Abdón Saavedra.
Resumen: Paz Pereira tendrá en Lara a su más jurado incordio.
Augusto Vera Riveros es abogado