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El Estado indecente

Los gobernantes, cuando mienten de manera sistemática, suponen que los ciudadanos son incapaces de identificar o enfrentar la realidad. El Estado, cuando sus funcionarios desacreditan a quienes lo cuestionan, atenta contra la dignidad de las personas y de la sociedad misma. Los ciudadanos, cuando son obligados a decir embustes, o cuando los dicen para congraciarse con el poder, erosionan su propia dignidad. Todas esas son conductas de indecencia en sociedades autoritarias.

Desde que la propuso el filósofo israelí Avishai Margalit, la idea de sociedad decente ha sido muy útil para entender la ofensiva disparidad que, en contextos autoritarios, pueden alcanzar las relaciones entre poder y ciudadanos. Las instituciones, y no sólo las personas, tienen responsabilidades morales. Cuando abusan, maltratan, desprecian o engañan a sus ciudadanos, tales instituciones, y quienes las manejan, incurren en indignidades contra ellos. Para Margalit, la sociedad decente “es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas”. Una sociedad civilizada, en cambio, “es aquella cuyos miembros no se humillan unos a otros” (La sociedad decente, Paidós, 2016. La primera edición es de 1997).

En los Estados autoritarios la indecencia suele ser parte del comportamiento del poder político y se extiende a medida que se debilitan los contrapesos al predominio de los gobernantes. El desprecio por los otros, el rechazo a la diversidad y la egolatría de los líderes, se expresan con más desparpajo mientras más débiles son los límites ante ellos. La humillación, que no es sólo una actitud personal sino que llega a constituir un daño público, es conducta y recurso frecuente del autoritarismo.

Los autoritarios amagan, excluyen, reprimen. Su talante indecente injuria, maltrata famas públicas, confunde con falsedades intencionales, cancela. En Minneapolis un agente del Servicio de Inmigración asesinó de cuatro balazos a la escritora Renee Nicole Good cuando le marcaron alto y no abrió la puerta de su camioneta. Ahora, el gobierno estadunidense despliega una infame campaña para presentarla como terrorista, enfatizando que era lesbiana. Good era ciudadana estadunidense, pero fue víctima del clima de persecución que trata a los migrantes como delincuentes en ese país: la humillación para disuadir.

El acentuado egocentrismo de Donald Trump, sus caprichosos afanes imperiales, el empleo de la fuerza militar o la amenaza de aranceles contra quienes no se subordinan a sus antojos, así como las falsedades que difunden sus propagandistas, se conjuntan para hacer de la humillación un elemento central en la actual política exterior de la Casa Blanca. A los ciudadanos de Groenlandia, por ejemplo, los amenaza con la intervención militar si no aceptan venderle su país.

La enfermiza manía de Trump con el Premio Nobel de la Paz influyó en la descalificación que hizo de María Corina Machado, después de que el dictador Nicolás Maduro fue secuestrado. La vicepresidenta electa quiso halagar al déspota de la Casa Blanca con la medalla que él no tiene méritos para ganar y con declaraciones de una excesiva complacencia.

María Corina Machado ha sufrido una cruel persecución, tuvo que permanecer escondida en Venezuela y luego salió de su país corriendo grandes riesgos. Es una mujer extraordinaria que ha demostrado un temple y una perseverancia que le ganaron el respaldo de sus compatriotas y un respeto global. Ahora, sin embargo, en su apuesta por el realismo político, Machado incurre en una penosa autohumillación, doblegándose a los arbitrarios humores de Trump. Quienes la defienden dicen que el reconocimiento al gobierno legítimo de Venezuela bien vale una medalla. Pero junto con los votos que ganó al lado de Edmundo González, el patrimonio político de María Corina Machado descansa en la dignidad a toda prueba que había mostrado hasta ahora. Ella misma deteriora ese prestigio al doblegarse ante Trump. Los pendencieros, mientras más sumisión encuentran, más abusivos se vuelven.

El respeto hacia sí mismo es lo contrario de la humillación, apunta Margalit. Cada circunstancia y persona son complejas. La decencia y el respeto por parte de los Estados y gobernantes, y sobre todo las respuestas de los ciudadanos cuando se enfrentan a exigencias indecentes, hay que apreciarlos según cada contexto. El pensador holandés Ian Buruma escribió hace poco un extraordinario ensayo sobre las respuestas de ciudadanos notables novelistas, compositores, artistas— a las presiones del nazismo y el estalinismo.

La preocupación de Buruma, al enumerar ejemplos de “la humillación de tener que repetir falsedades” que afecta a figuras públicas, recuerda, toda proporción guardada, los múltiples y con frecuencia penosos casos de periodistas, comunicadores y dirigentes políticos, o de académicos e intelectuales, que se suman a campañas de mentiras y difamaciones impulsadas hoy en día por gobiernos populistas. En México, el oficialismo hace todo lo posible para doblegar la independencia de los medios de comunicación que no se subordinan a sus puntos de vista. Al mismo tiempo, ha construido una influyente trama de portavoces en redes sociales, financiada con abundantes recursos públicos, en donde sin evidencias ni rigor se propagan mentiras que favorecen las narrativas del gobierno.

Un ejemplo: a comienzos de enero la señora Juncal Solano, militante de Morena, aseguró que la presidenta municipal de Uruapan, Grecia Quiroz (viuda del asesinado Carlos Manzo) estaba involucrada en el descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca. Es una flagrante difamación que no ameritó explicaciones, ni disculpas, por parte de quienes la propagaron. La señora Solano es regidora en Tonalá, Jalisco, y a pesar de sus mentiras, o debido a ellas, tiene una acentuada notoriedad en redes alineadas con el morenismo. Su canal en YouTube reúne a 1.7 millones de suscriptores y en “X” alcanza medio millón de seguidores. En las redes afines a Morena se desacredita y humilla, empleando recursos públicos, a ciudadanos incómodos para el poder político.

Después de hacer un devastador inventario de la humillación como política de Estado en regímenes con libertades canceladas, Buruma se pregunta qué sucede en los Estados indecentes en donde aún hay “libertades que los ciudadanos de las democracias liberales dan por sentadas, como las elecciones libres, la libertad de prensa y un grado de independencia judicial”. Esa es la situación, explica, de Israel y Estados Unidos, cuyos gobiernos despliegan políticas de humillación. Sin demasiado esfuerzo podemos considerar que así sucede también en México, con el agravante de que estamos en riesgo de que la contrarreforma oficial suprima la democracia electoral, la libertad en los medios resulta cada vez más difícil y el Poder Judicial quedó supeditado al oficialismo.

La expansión de la indecencia, y la consiguiente humillación pública acicateada desde el poder, atemorizan a ciudadanos que en otras circunstancias manifestarían actitudes críticas en sus respectivos ámbitos. Periodistas que se autocensuran, escritores que abandonan temas de coyuntura para refugiarse en asuntos menos polémicos, medios de comunicación que excluyen a comentaristas críticos, académicos que dan la espalda al análisis y desde luego al cuestionamiento de acciones y políticas públicas, ciudadanos que prefieren no enterarse de novedades políticas que les disgustan pero ante las que no quieren reaccionar: todas esas son actitudes de voluntaria indiferencia ante el Estado indecente.

Buruma intenta explicarse las reacciones de quienes, en situaciones de amago estatal, se apartaron de los asuntos públicos. Ese autor recuerda que, cuando los nazis llegaron al poder, el escritor Thomas Mann, que los abominaba, salió de Alemania, más tarde se fue a Estados Unidos y descalificaba la producción literaria que se desarrolló bajo el Tercer Reich. Otro novelista, Frank Thiess, le respondió a Mann que había ocurrido una “emigración interna”. Buruma señala: “Vivir los tiempos más oscuros en el propio país y protegerse del Estado criminal refugiándose en los pensamientos privados era seguramente más heroico… que aleccionar a sus compatriotas desde la comodidad del exilio californiano”.

Buruma reconoce que, frente a un Estado indecente, es comprensible “la tentación de ocuparte únicamente de tu jardín privado, de desterrar el ruido de la polis, de negarse a prestar atención a las noticias”. Pero, subraya, cuando la indecencia del Estado no es impuesta por una dictadura y todavía hay libertad de expresión, “la obediencia anticipada no es la manera de seguir siendo decente”. Añade: “Los ciudadanos deben protestar, del modo que mejor les parezca, contra los esfuerzos por destruir las instituciones que protegen la democracia liberal, sobre todo cuando hombres y mujeres que dirigen esas instituciones, incluyendo el mismo presidente, las utilizan para humillar a la gente”. Tal cual.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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