Márcia Batista Ramos
En la Europa medieval —siglos XII al XIV— ser mujer y no ser esposa ni monja, sin ser hereje (aunque las malas lenguas así las nombraran), era una empresa casi imposible. Aun así, las beguinas decidieron vivir al margen del destino aceptado para las mujeres y habitaron los márgenes: de las ciudades, de la Iglesia, del poder.
En Flandes, en el actual Bélgica y los Países Bajos, levantaron beguinajes, que no eran otra cosa que pequeñas ciudades dentro de la ciudad: casas, huertos, hospitales, talleres. Espacios de trabajo y de silencio, de comunidad y de soledad elegida.
Vivían del tejido, de la enfermería, de la enseñanza, de la copia de manuscritos. Algunas eran pobres; otras, hijas de comerciantes acomodados. Lo verdaderamente revolucionario no fue su origen social, sino su decisión de vivir sin tutela masculina permanente. No obstante, muchas beguinas contaron con el apoyo y la protección de clérigos, obispos y reyes —como Luis IX de Francia—, quienes veían en ellas un modelo de vida apostólica que la Iglesia oficial no lograba ofrecer. Ese respaldo masculino inicial permitió que el movimiento perdurara durante siglos.
Eran, simplemente, mujeres que eligieron cómo vivir su propia vida.
Las beguinas eran mujeres laicas, sin votos perpetuos, sin clausura, sin obediencia absoluta a una jerarquía masculina. Vivían solas o en comunidad; trabajaban, pensaban, escribían, curaban, rezaban a su modo. Y, sobre todo, decidían. Pese a ello, la vida en los beguinajes era austera y disciplinada: comunas regidas por normas estrictas (regulae), horarios de oración y jerarquías internas —como la figura de la Gran Dama o Grootjuffrouw. Aun así, siempre estuvieron bajo la sombra de la sospecha de herejía.
Para la época, aquello era una rebeldía difícil de asimilar. El mundo masculino no soportó ser rechazado por mujeres pensantes que buscaban la santidad. Su rebelión no era contra Dios ni necesariamente contra la fe, sino una búsqueda de pureza espiritual. Muchos no comprendieron —ni toleraron— que una mujer pudiera decir: no me caso, no ingreso a un convento, no me someto. No soportaron que la fe pudiera vivirse sin intermediarios, que la palabra divina no necesitara permiso. Por eso, las autoridades eclesiásticas y otros poderes de la época buscaron motivos para perseguirlas.
No puedo dejar de imaginar que, seguramente, también fueron envidiadas por mujeres de su tiempo que no tuvieron la oportunidad de elegir algo diferente al mandato social vigente. Porque, en aquellos siglos —como ahora—, la libertad ajena, cuando no es compartida, suele doler. Y duele aún más cuando se parece demasiado a un sueño propio abortado.
Pero la envidia no fue el mayor peligro.
El verdadero riesgo fue el pensamiento.
Pensar a Dios sin pedir permiso constituía un delito imperdonable para la religión dominante.
Las beguinas pensaban. Y eso era inadmisible. La Iglesia las toleró mientras fueron útiles: como enfermeras en tiempos de peste, como trabajadoras silenciosas, como parte integrada y respetada de la economía urbana. Pero cuando pensaron demasiado, cuando hablaron, cuando escribieron, cuando enseñaron, cuando influyeron, comenzaron los procesos canónicos.
Muchas desarrollaron una mística radical, íntima y corporal. No una fe disciplinada, sino una experiencia directa con lo divino. Escribieron en lenguas vernáculas —no en latín— para que otras mujeres pudieran leerlas. Hablaron del amor a Dios con un lenguaje audaz, incluso erótico, excesivo para los oídos clericales.
A finales del siglo XIII se produjo un cambio político-religioso decisivo: la Iglesia se volvió más centralista y temerosa de los movimientos populares. Fue entonces cuando las beguinas se convirtieron en blanco de persecución. Su pecado residía en el hecho de que, siendo mujeres, no pedían autorización para pensar. No pedían indulgencia para sentir. No pedían absolución por existir.
Entre ellas, Marguerite Porete es quizá el nombre más doloroso y luminoso. Autora de El espejo de las almas simples, sostuvo que el alma libre, unida a Dios por amor, ya no necesitaba mediaciones. Ese pensamiento fue considerado intolerable. En 1310, en París, Marguerite fue quemada en la hoguera. Su libro fue prohibido. Su silencio, impuesto por el fuego.
Como ella, podemos recordar a Hadewijch de Amberes, poeta y mística del siglo XIII, autora de cartas y poemas de una intensidad filosófica y espiritual extraordinaria, donde el amor es una experiencia absoluta, sin concesiones.
Mechthild de Magdeburgo, cercana al movimiento beguinal, escribió La luz fluyente de la divinidad, un texto donde Dios no es trono ni castigo, sino corriente viva, desbordamiento, voz que irrumpe en el cuerpo femenino que escribe.
Y Beatriz de Nazaret, aunque luego fue integrada al mundo cisterciense de la Orden benedictina del Císter, compartió ese mismo impulso beguinal. Escribió Los siete modos del amor, una obra fundamental de la mística medieval femenina.
El Concilio de Vienne (1311–1312) condenó ciertas prácticas beguinales. No a todas, pero sí a la idea peligrosa que representaban: mujeres organizadas, espiritualmente autónomas, fuera del control clerical.
Algunas beguinas se disolvieron en órdenes religiosas para sobrevivir. Otras desaparecieron sin dejar nombre. Otras fueron silenciadas en la orilla del camino, en una mañana cualquiera. El movimiento no murió de golpe: fue erosionado, vigilado, desarticulado lentamente, como algo que se cocina a baño maría. Como suele hacer el poder con aquello que no puede domesticar.
La última beguina fue Marcella Pattyn, quien murió el 14 de abril de 2013, a los 92 años. Con ella fue enterrado, oficialmente, el movimiento beguinal, en pleno siglo XXI.
Sin embargo, las beguinas no fueron derrotadas del todo. Permanecen en cada mujer que elige una vida que no cabe en los moldes. En cada escritura que incomoda. En cada pensamiento que no se disculpa por existir.
Fueron precursoras del feminismo, aunque no usaran esa palabra. Filósofas sin cátedra, teólogas sin permiso, poetas sin academia, aunque ellas se pensaran apenas como siervas de Dios. Fueron, ante todo, mujeres que se atrevieron a vivir según su conciencia.
Tal vez por eso aún incomodan.
Tal vez por eso siguen siendo necesarias.
La historia oficial las llamó herejes, pero la historia profunda sabe que fueron mujeres libres en un tiempo que no perdonaba la libertad femenina. Y estoy segura de que, aún hoy, cada vez que una mujer piensa por sí misma, una beguina vuelve a caminar, silenciosa y firme, por las calles estrechas de la historia.
Bibliografía
Porete, Marguerite. El espejo de las almas simples. Trad. y ediciones diversas.
Mechthild de Magdeburgo. La luz fluyente de la divinidad. Trad. y ediciones diversas.
Simons, Walter. Cities of Ladies: Beguine Communities in the Medieval Low Countries, 1200–1565. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2001.