Roberto Navia Gabriel / Inmediaciones

Don Carmelo Torres tuvo la mala fortuna de sufrir un cólico cerrado en tiempo de lluvia, cuando los ríos mansos de la reserva de Tariquía se ponen insoportables y la ambulancia humana se vuelve totalmente inútil. Los veinte jóvenes más fornidos estaban listos para cargarlo en diferentes turnos en una camilla precaria donde colocan al enfermo, y dando trancos largos y rápidos recorren por una senda estrecha y serpenteada para llegar a tiempo hasta un hospital de Tarija, aquella ciudad que para ellos está al otro lado del mundo. 

Los ríos se abrieron a los peatones cuatro días después del primer dolor. Para entonces,  don Carmelo sintió que ya era muy tarde y pidió que lo dejen tranquilo en su casa cálida de Pampa Grande (la comunidad con más habitantes de Tariquía), donde murió a las cinco de la tarde del 20 de enero de 1960, a los 48 años de edad, en una de las tierras más fértiles y ricas del país, pero también en un lugar desconocido por los bolivianos, donde la rueda aún no ha sido inventada, los burros, los caballos y las mulas son los mejores amigos del hombre y los años nuevos quedaron momificados en el pasado.

Más de medio siglo después de la muerte de don Carmelo, cuando Tarija lidera el índice per cápita anual de Bolivia con $us 7.771, según el INE, Tariquía sigue prisionera en la  provincia Arce de ese departamento, en el  municipio de Padcaya, en un lugar de Bolivia donde la gente vive bajo antiguas formas de civilización, donde las distancias se miden por leguas, no existen fines de semana, el año no avanza por días, sino que se mueve de acuerdo a la llegada de las estaciones, de las cosechas del maíz y de las fiestas religiosas; el trueque está más vivo que nunca y la muerte puede llegar por un simple dolor de barriga. 

En sus 246.700 hectáreas (ocho veces más que la mancha urbana de Santa Cruz de la Sierra), existen una decena de comunidades campesinas donde habitan cerca de 1.800 personas, de las que Pampa Grande es la más poblada con 80 familias y tiene casitas de adobe y alguna de ladrillo, que para ser construidas requirieron de una proeza humana y animal, porque cada bolsa de cemento o cada calamina fue introducida a lomo de mula. El camino para vehículos motorizados empezó a ser construido hace 10 años, pero aún no llega, se quedó estancado a 50 km de la primera pampa con habitantes. 

La condena mayor de este lugar es que una senda precaria y de herradura es el único medio que tienen para llegar al siglo XXI, y transitarlo, es una prueba de fuego a la supervivencia. 

Ebelio el volador

Pudo haber sido el mayor acontecimiento de la historia, capaz de cambiar el enclaustramiento de Tariquía, pero en realidad fue la primera gran desilusión. Ebelio era el que con su ingenio de muchacho promesa diseñó y construyó un par de alas para volar como un avión o como un cóndor, y así, solucionar la falta de caminos, burlar los ríos que en épocas de lluvia impiden a las ambulancias humanas salvar a los enfermos.

Ebelio García nació en 1962, en la comunidad de San Pedro del cantón de Tariquía. Ahora es un hombre maduro con cara de bebé travieso y tiene ojos achinados, caminar lento y una voz musical, como la del violín que este sábado 9 de agosto está tocando en la Feria del Maní, en Acheralito, uno de los ranchos más deshabitados de Tariquía, que queda a seis horas caminando desde Volcán Blanco, donde vive con su esposa Alodia Quiroga y sus cuatro hijos. 

Ebelio no es famoso por el primer violín que fabricó con caña de bambú y cuerdas de pelo de cola de mula, ni por las monturas para caballo que elabora con pasión. Cuando hablan de él, la gente de Tariquía dice que se trata de “Ebelio el volador”. 

“Cuando era chango (tenía 15 años), viendo a los aviones pasar por el cielo, decidí convertirme en un hombre cóndor. Salí a Tarija a comprar plastoform, plástico y alambres. En Tariquía junté plumas de pava del monte.  Construí dos alas de dos metros cada una y me lancé a los aires”.
El vuelo de Ebelio fue presentado como el acto principal en la fiesta de San Pedro, bajo la atenta mirada de escolares y emocionados padres de familia. Todos miraban un árbol de ocho metros de alto, donde estaba el hombre que soñaba con liberar a Tariquía con esas dos alas que tenía atadas en los brazos. 

Él dice que tras lanzarse al vació voló 15 metros, pero otros, aseguran que Ebelio aterrizó como un saco pesado y que tras las primeras carcajadas se dieron cuenta de que el Ebelio arriesgó su vida por el sueño que buscaba beneficiar a todos. Los vecinos se turnaron para atenderlo  durante los dos meses que estuvo en cama, puesto que quedó tan maltrecho que sacarlo en una ambulancia humana hubiera significado ponerlo en riesgo de muerte.

El Indiana Jones de Bolivia

Allá estaba la casa de mi abuelo Carmelo, dice Iván Arnold, el Indiana Jones de Bolivia, el que a través de la Fundación Nativa se mete en proyectos vitales para la vida de los pueblos remotos y la ecología nacional. Iván, tras sus primeras pisadas en Pampa Grande, después de haber caminado durante ocho horas continuas, rememora su vida y la vida de una Tariquía que él empezó a ver con ojos de niño.

Don Carmelo era su abuelo por parte de madre, pero no el único familiar en esta tierra que, a veces por la falta de caminos, parece estar al otro lado del mar que Bolivia no tiene. 

Su abuelo paterno, Godofredo Arnold, fue un alemán que se vino a principios del siglo XX a América Latina y en 1908 llegó a Bolivia, a levantar un ingenio minero en el altiplano, aunque después quedó seducido por Cambarí, un pequeñísimo núcleo del cantón de Tariquía, donde le compró tierras a don Indalicio Maturayo, uno de los últimos guaraníes que quedaban en la zona. Años después se trasladó a Pampa Grande donde fundó una escuela primaria que ahora lleva su nombre y que es la única en toda la región con cursos hasta el bachillerato.  

El tiempo no solo que se ha detenido aquí, sino que también da la impresión de que ha retrocedido, porque ahora ya ni siquiera llega el cartero. 

Don Godofredo hizo gestiones para que las cartas que le escribían de Europa le lleguen a sus manos y consiguió que el  cartero de Padcaya arribe los lunes a Tariquía y con la puntualidad de un reloj europeo salga los martes, a las seis de la mañana, llevando las misivas que los campesinos se hacían escribir con los profesores para sus hijos que salían en busca de trabajo hacia la Argentina o algún rincón de la Bolivia que les da la espalda.
Ahora, la ausencia absoluta de tecnología alejó la posibilidad de que los de Tariquía se carteen con el país y el mundo, porque las palabras ‘correo electrónico’ no fueron pronunciadas aún. 

– “¿Qué cosa es eso?”,  dice Jesús López, el arriero que vive de alquilar burros, mulas y caballos a los comunitarios que no tienen animales para introducir la carga pesada que compran en Tarija y que, por lo general, está compuesta por víveres, material para refaccionar las paredes o los techos de sus casas o mercadería para surtir algunas tienditas donde se venden artículos imprescindibles como el jabón o el papel higiénico.

Don Jesús, flaco, de ojos pequeños y negros, alquila un burro a un precio que va desde los Bs 70 hasta los 100, dependiendo de la distancia en que se encuentre el pueblo de Tariquía y la carretera asfaltada que va a Tarija. El trabajo es riesgoso porque en esos caminitos accidentados de herradura, que fueron construidos probablemente en la época de la Colonia, cuando los jesuitas españoles intentaban que los guaraníes conozcan al dios cristiano, son muy angostos como para que un animal cuadrúpedo y cargado camine con la vida asegurada. 

“Una de mis mulas se despeñó por el precipicio. Desde arriba vi que la pobre intentó pararse pero nunca pudo y después la vi morir con la carga todavía atada al lomo”. 

En Tariquía no existe ningún seguro a favor del dueño del animal ni del de la carga. Cuando un accidente ocurre, ambos lo pierden todo. Aquí, una mula cuesta Bs 4.000 y ese animal para un tariqueño vale tanto o más que para un ciudadano su casa, su vehículo motorizado o su fuente de trabajo. 
Jesús hace memoria. Recuerda que la lluvia está entre los principales enemigos de los viajes, y el cemento, entre las cargas más vulnerables, porque cuando llueve, si el producto no está bien cubierto con bolsa de plástico, se moja, aumenta de peso y se convierte en piedra. Cuando eso sucede, lo que acostumbran es dejar el bulto en medio camino porque el burro no puede cargar más de 50 kilos.

Ante la falta de veterinarios y remedios, cuidar al animal está entre los mandamientos más respetados de Tariquía. Cuando un caballo, burro o mula retorna de un viaje largo, entra en cuarentena y lo deja libre durante 30 días

Walter Arnold, el padre de Iván, si bien nació en Tarija en 1924, hizo vida en Tariquía sin saber que en Cambarí iba a encontrar la muerte el 17 de septiembre de 1983, a la edad de 59 años, tras recibir molestias cardiacas.
“Esa es la realidad de un gran número de familias. Casi todos tienen algún pariente que ha muerto por dolor de cabeza o de estómago o por un paro cardiaco”, dice Iván, el nieto de don Carmelo y el hijo de don Walter, dos víctimas de los caminos que nunca llegan. 

Hace no más de cinco años, el guardaparque Alberto Nieves soportó el trago amargo de ver morir a su hijo Ervin, de 10 años, en pleno camino, cuando cuatro hombre lo cargaban en un camilla a pasos de atleta. El niño, que tenía un cólico, no aguantó el traqueteo de la ambulancia humana y falleció en la quebrada de Ininmiri, a tres kilómetros de alcanzar el camino carretero.

El viejo Donato López pudo haber sufrido la misma suerte en junio del 2013, cuando en una camilla de trapo ordinario lo sacaron casi muerto hasta Emborozú, el punto más cercano de una carretera asfaltada y de un hospital donde puedan salvarle la vida.

Con 82 años de vida, don Donato, que también es el partero de la comarca, ahora está de pie, fuera de su casa, en una pampa extensa desde donde se disfruta un paisaje espléndido, con la camisa y el pantalón sucios porque acaba de llegar de su chaco.

La única pena que tiene este hombre sin prisa es que cada tres meses tiene que caminar más de 50 km hasta el asfalto, para que un bus lo lleve a Tarija para cobrar su renta Dignidad. Es para estos casos, y para cuando se siente enfermo, que don Donato lamenta que Ebelio Gareca no haya salido triunfante aquella vez cuando se lanzó al vacío para intentar volar 
El teléfono, la miel y José, el mágico, endulzan la vida del otro MacondoEn Pampa Grande, la comunidad más poblada de Tariquía, donde viven cerca de 80 familias en casas de adobe con antiguos techos de corteza de árbol y una que otra con calaminas traídas a lomo de burro de la rica Tarija, existe un único aparato por el que la gente puede comunicarse con el resto del mundo.Es el teléfono, el bicho azul y metálico, ese que cuelga de una pared de adobe del corredor de la casa de doña Agustina Civila, el que con su ring ring rompe la monotonía de la comarca y lleva y trae noticias y mensajes de familias que quieren saber cómo están ahí, porque aquí, hasta hace poco, en la posta sanitaria, Emelda Mendieta, con sus conocimientos básicos de auxiliar en enfermería, se batía a duelo con los males graves que atacaban a la gente con ayuda de las tabletas para el dolor de muela o de barriga. La mañana en que trajeron la antena parabólica para que funcione el teléfono a panel solar, la gente se vistió con sus prendas más nuevas  y preparó una fiesta con chicha y comida para invitar al piloto del helicóptero que una empresa petrolera había facilitado para que entregue la carga que más por su volumen que por su peso, era imposible llevar a Tariquía sobre una mula.  Pero los tariqueños no pudieron agasajar al emisario, porque el piloto, obedeciendo órdenes superiores y enterado de que el segundo de vuelo cuesta muchos dólares, dejó la carga sin salir del aparato y emprendió la retirada, dejando a los oriundos con un ¡salud! en la boca.Doña Emelda aclara que el teléfono deja de funcionar cuando hace frío o llueve y que ella gana sólo de las llamadas que hace la gente, porque los que quieren hablar le compran tarjetas que cuesta Bs 18. Pero cuando son los del otro lado de la línea telefónica los que llaman, ella tiene que ir a las casas para avisarles que tienen una llamada. “Y por ese servicio no me pagan ni un peso”, se queja y sus ojos verdes se nublan. 

La miel ganó la copa mundialEn este punto desatendido de Bolivia se produce una de las mejores variedades de miel del planeta. Y eso, la comunidad internacional lo sabe y lo aplaude.  Tal es así que en 1998, la Fundación de las Naciones Unidades entregó a la Asociación de Apicultores de la Reserva de Tariquía (AART), el Premio Internacional de Iniciativa Ecuatorial, comparable con una copa mundial en el mundo de la miel de abeja.  El galardón fue entregado en Barcelona, en las propias manos del presidente de la AART, don Pedro Romero, ese hombre menudo y de barba candado que aprovechó el viaje para conocer el mar y enterarse que está lleno de agua salada y a su retorno compartió esa noticia con sus vecinos y camaradas de Tariquía.  La miel es el producto que impide que el dinero desaparezca en Tariquía, porque es el único alimento que se puede sacar en burro a los mercados del país y que es rentable, a diferencia de la naranja o del durazno que ni vendiéndolos a precio de oro podrían cubrir el flete del animal. 

Las camas con vidrio José Vera se presentó en la reserva de Tariquía como el faquir capaz de ejecutar proezas de resistencia física y mental, como acostarse sobre camas con vidrios o clavos. Eso fue hace por lo menos 10 años y los recuerdos de este hombre que llegó de la nada y que también era capaz de botar fuego por la boca y meterse agujas en un brazo sin que le caiga una gota de sangre, están tan vigentes como la mañana aquella cuando de un helicóptero bajó una antena parabólica que hizo posible que un bicho azul llamado teléfono les permita comunicarse en tiempo real con el mundo moderno.