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El paso lento de los gigantes: la verdadera marcha de dinosaurios y mamuts

Durante décadas, la paleontología y la cultura popular construyeron una imagen de los grandes animales del pasado como colosos que se desplazaban con fuerza y rapidez. Los dinosaurios saurópodos, los mastodontes y los mamuts fueron retratados como criaturas capaces de avanzar con velocidad imponente, reforzando la idea de que su grandeza residía tanto en el tamaño como en la potencia física. Sin embargo, un estudio internacional publicado en Scientific Reports ha desmontado esa visión: los gigantes eran mucho más lentos de lo que se pensaba.

El problema de los modelos tradicionales

La estimación de la velocidad de especies extintas ha sido uno de los grandes desafíos de la paleontología. Sin posibilidad de observar directamente su locomoción, los investigadores dependieron de modelos matemáticos que agrupaban animales con anatomías y modos de desplazamiento muy distintos. Estas fórmulas, aplicadas durante décadas, generaron sobreestimaciones significativas.

Un ejemplo claro es el de los elefantes actuales, los animales terrestres más pesados de nuestro tiempo. Aunque su velocidad máxima no supera los 25 kilómetros por hora, las ecuaciones tradicionales llegaron a exagerar esa cifra hasta en un 70 por ciento. Este margen de error, según los especialistas, era incompatible con una reconstrucción rigurosa del comportamiento ecológico de especies extintas.

El trabajo fue liderado por investigadores de las universidades de Queensland (Australia), Helsinki (Finlandia), Granada y Madrid (España). Entre ellos destacan el arqueólogo Juan Manuel Jiménez Arenas, de la Universidad de Granada, y el profesor de geodinámica interna Javier Ruiz, de la Universidad Complutense de Madrid.

Su propuesta fue innovadora: abandonar los modelos teóricos que agrupaban animales dispares y desarrollar cálculos basados exclusivamente en datos empíricos de elefantes vivos, considerados el mejor análogo de los grandes vertebrados del pasado.

Los resultados en mamuts y mastodontes

Los cálculos ajustados ofrecieron cifras muy distintas a las que se manejaban hasta ahora. El mamut lanudo, que alcanzaba unas seis toneladas de peso, habría sido el proboscídeo extinto más veloz, con poco más de 20 kilómetros por hora. En contraste, el enorme Mammut borsoni, que llegó a pesar hasta 16 toneladas, apenas habría superado los 15 km/h.

El estudio también analizó los mamuts que habitaron la cuenca de Orce, en Granada. El Mammuthus meridionalis, especie contemporánea de los primeros humanos de Eurasia occidental, se movería a una velocidad máxima aproximada de 18 km/h. Incluso ejemplares excepcionales, como el conocido “Titán del Pleistoceno” de Fuente Nueva 3, que pudo alcanzar las 14 toneladas, no superaban esa cifra.

Los saurópodos: colosos aún más lentos

Los dinosaurios gigantes resultaron ser todavía más pausados. El Argentinosaurus hiunculensis, uno de los mayores animales terrestres conocidos, con unas 75 toneladas de peso, no habría excedido los 10 km/h. En Europa, el Turiasaurus riodevensis, hallado en Teruel y con un peso estimado de 42 toneladas, alcanzaría como máximo los 11,8 km/h.

Estas cifras sitúan a los grandes mamíferos y reptiles extintos en rangos de velocidad comparables —e incluso inferiores— a los de la marcha atlética humana de élite. Muy lejos, por tanto, de las velocidades alcanzadas por los grandes velocistas actuales.

El estudio marca un antes y un después en la reconstrucción del comportamiento de los gigantes del pasado. Entre sus principales aportes destacan la corrección de modelos matemáticos que sobrestimaban la velocidad de animales extintos, la validación de los elefantes como análogo biomecánico para estimar locomoción en especies desaparecidas, la redefinición de las capacidades atléticas de mamuts, mastodontes y saurópodos, y la apertura de nuevas líneas de investigación sobre migraciones, alimentación y uso del entorno de estas especies.

Implicaciones científicas y culturales

Más allá de los números, el trabajo redefine la manera en que paleontólogos y público deben imaginar la vida cotidiana de estos animales. No eran veloces depredadores ni caminantes incansables, sino seres que imponían respeto por su magnitud y presencia, más que por su rapidez. Su lentitud, además, tiene implicaciones sobre cómo interactuaban con su entorno, cómo se alimentaban y cómo sobrevivían en ecosistemas que dependían de su paso lento pero constante.

La conclusión de los investigadores es clara: para comprender con precisión la biología y el comportamiento de los grandes animales extintos, es necesario abandonar los modelos teóricos que exageran sus capacidades y recurrir a cálculos basados en la biomecánica real. Solo así se puede reconstruir con fidelidad cómo vivían, cómo se desplazaban y cómo se relacionaban con el mundo que habitaron.

Este hallazgo, más allá de lo científico, también tiene un valor cultural. Nos recuerda que la fascinación por los gigantes del pasado debe estar acompañada por la rigurosidad del conocimiento. Los dinosaurios y mamuts fueron, sin duda, criaturas extraordinarias, pero su grandeza no residía en la velocidad, sino en la monumentalidad de su existencia. Y es precisamente esa monumentalidad, ahora mejor comprendida, la que sigue despertando admiración y respeto.

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