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¿Será que “nadie se muere en la víspera”?

Nunca pude explicarme por qué en esta época del año se producen tantos accidentes y hechos de sangre provocados. Forzando una causa para ello, cada año reflexiono y trato de hallar la explicación en la celebración del Año Nuevo y los excesos que con ese motivo se producen, especialmente con las bebidas alcohólicas, que siempre son desaconsejables en cualquier época, pero que con preferencia en el inicio del nuevo año y el carnaval son consumidas sin medir lo que pueden provocar.

Pero la inevitabilidad y la predestinación de la muerte son premisas que están en abierta contradicción con la prudencia y el buen juicio, porque si todo tuviera que suceder el día que tenía que suceder, y no antes ni después, no habría por qué tomar precauciones en ninguna circunstancia. En pocas semanas del año en curso, en el mundo, por ejemplo, en Irán, donde centenares de personas inocentes han muerto, y en Bolivia, ya decenas han perdido la vida provocada por la imprudencia de conductores o peatones, o de ambos, o por el estado arcaico de lo que acá les llamamos carreteras, y eso parece desmentir esa soterrada convicción de que contra el destino nada podemos hacer.

Hace pocos días se produjo el inesperado asesinato de Mauricio Aramayo, mano derecha —dicen— del presidente Rodrigo Paz en Tarija. El fatal hecho pretenden atribuirlo a un caso de corrupción en que la víctima se negó a ser parte, provocándole la muerte en venganza por su —hoy ya rara— integridad moral. Y una niña fue acuchillada por su propio padre no sin antes ser vejada sexualmente.

Esos son algunos de los casos que tienen cierta relevancia mediática, porque en las clases sociales más deprimidas no hay la costumbre de denunciar la comisión de delitos cuyo resultado es la pérdida de vidas humanas, y que para la sociedad pasan desapercibidos, aun si por casualidad llegara a sus oídos, quedando en evidencia que uno, si puede morirse en la víspera, porque la muerte no es un hecho que tiene día y hora, y a pesar de que no tenemos el poder de evitar la muerte de un amigo, de un familiar o de la nuestra, puede soslayar el final de la vida con una decisión juiciosa.

¿Acaso los más de 800 iraníes, luego acribillados por el gobierno teocrático de aproximadamente 50 años, sabían que, al salir de sus casas, ya no iban a regresar más? ¿O la niña que en Yungas hace unas semanas hizo “dedo” a una camioneta, sabía que nunca iba a llegar a su escuela? Es que, definitivamente, no podemos confiar tan ciegamente en aquello de que todos tenemos un destino y de que, por mucho que lo desafiemos, nos pasará lo que tenga que pasar. Es más bien la cordura, aun en las más apremiantes circunstancias, la que nos debe imponer a mantener el sosiego hasta el límite de nuestras posibilidades emocionales y materiales, porque contra todo pronóstico o presentimiento “el día más claro, llueve”, o una bala perdida te atraviesa el corazón, como ya ocurriera hace algunos meses acá mismo. Un perro “amigable” inesperadamente te muerde y te deshace la piel o te contagia una rabia (lo que a menudo ocurre en nuestro medio). Te matan para quitarte el celular o te explota una garrafa de gas (casos muy recurrentes en nuestras calles y en los humildes locales de expendio de comidas). Un hombre al que no se le pasó por la cabeza dejar este mundo, murió por la imprudencia de manipular una dinamita en su domicilio.

Así que aquello de que “nadie se muere en la víspera” parece haber nacido de la mente de quien todo ha controlado en su vida. Bueno, eso no existe, y no sabemos cómo murió el que esta sentencia ha introducido en casi todas las culturas. Y así como sales de casa y en la primera esquina te resbalas con una cáscara de plátano y desparramas toda tu masa encefálica, sin explicaciones aparentes te curas de una enfermedad terminal… si es que antes no te parte un rayo.

Por eso soy un convencido de que no debemos forzar los acontecimientos, por minúsculos que nos parezcan, pues los que, conforme a las Escrituras, creemos en el libre albedrío, tratamos de evitar hechos que puedan poner en riesgo nuestra existencia. Es así de grande el valor de la autonomía de la voluntad que nos permite tomar decisiones prudentes que dan por resultado vidas más largas. Alguien que contrae una tuberculosis y se automedica con hierbas cuya composición química desconoce, tiene la desventaja respecto a otro enfermo que acude a la tecnología que puede atrasar el reloj y hacer que “su hora” sea “negociable”.

Entonces, llegamos a la conclusión de que si no obedecemos a nuestro instinto de conservación, y en lugar de eso nos lanzarnos delante de un vehículo que se acerca a toda velocidad solo por creer que esa no es nuestra hora de morir, lo más seguro es que emprendamos el camino que ya no tiene retorno,  porque para morirse no hace más falta que estar vivo.

Augusto Vera Riveros es abogado

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