Alud
Ildiko Nassr – Argentina
El granizo ha teñido de blanco los cerros y ha dejado un regusto helado en la mañana de verano. A lo lejos, la tierra se mueve y alguien logra ver cómo la montaña se derrite hasta devorarlo todo.
Venganza consumada
Juan Martínez Reyes – Perú
Sus gritos desgarraban el silencio del bosque. Como una presa indefensa, ella mantuvo cautivo al asesino de su hijo durante días, torturándolo y acuchillándolo de hambre y de sed. El día que acabó con su dolor lo obligó a comer la carne de su única hija. Su venganza estaba consumada.
Desconfianza
Carmen Nani – Argentina
Cuando mi marido se va a trabajar, mis ojos se agigantan, se redondean y se ponen negros. Mis brazos se convierten en alas y en un segundo mi cuerpo se reduce y me vuelvo la mosca que lo sigue. Voy en el auto con él y revoloteo por su escritorio. Así descubrí que me era infiel. Quise ser avispa para clavarle un aguijón en el ojo. No pude. El matamoscas fue más rápido y certero
Ot qishlog’i
Daniel Frini – Argentina
En el Pueblo de los Caballos tienen unas calesitas hermosas, con humanos atravesados por una barra de hierro, que suben y bajan, mientras los potrillos, subidos a sus espaldas, saludan a sus madres que los observan, embelesadas, luciendo las mejores sonrisas equinas de domingo. Algunos humanos aún no han muerto.
El clavadista
Paola Tena – México
El clavadista, muy erguido dentro de su bañador a rayas, hace un saludo militar, se ajusta las gafas y salta desde el trampolín situado a mil doscientos cincuenta metros de altura cayendo en picada con la cabeza por delante, los brazos pegados al cuerpo. Entra limpiamente en el agua contenida en un dedal. El público aplaude frenético, incluso los espectadores de las tres primeras filas, completamente empapados.