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“Las que no firmaron el acta. Mujeres potosinas en la Independencia de Bolivia”

Hace dos semanas presentamos, en el Teatro Modesto Omiste de Potosí, la obra teatral con la que buscamos interpelar nuestras certezas sobre la Independencia boliviana. Bajo el título “Las que no firmaron el acta: Mujeres potosinas en la Independencia de Bolivia”, esta obra procura mostrar el otro lado del proceso emancipador. En tiempos en los que proliferan ceremonias, homenajes y discursos que vuelven a colocar a los caudillos de ayer y de hoy en el centro del escenario, me parece urgente mirar lo que esos rituales silencian: la complejidad histórica y, sobre todo, las vidas que quedaron fuera del acta fundacional.

La historiografía clásica exaltó la gesta ilustrada de 1809 y la acción de criollos y universitarios de élite. Esa narrativa oficial relegó a un segundo plano las grandes insurrecciones indígenas del siglo XVIII, así como a las numerosas mujeres que sostuvieron, nutrieron y articularon esas resistencias. Ningún nombre indígena, y mucho menos de mujeres figuró en el documento de 1825. La república nació simbólicamente sin las mujeres ni los pueblos indígenas.

En los archivos de Sucre (Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia) y de Potosí (Archivo Histórico de la Casa Nacional de Moneda), en los expedientes judiciales, inventarios de bienes y causas penales por “injurias”, se asoman fragmentos de una verdad más amplia. Mujeres que denunciaban abusos para proteger su herencia; otra que reclamaba alimentos para sus hijos mientras sus parejas servían en el ejército realista, y muchas que no figuran con nombre propio, reducidas a “la muger de…”. El silencio en el papel no implicaba ausencia en la historia: ellas cuidaron, alimentaron, ocultaron insurgentes, tejieron redes y sostuvieron la vida en medio del tumulto.

Entre las pocas que sí dejaron rastro se encuentra Andrea Arias y Cuiza, potosina encarcelada y condenada por su participación en actividades revolucionarias. También su hermana Juliana. Sus historias muestran que la independencia no fue un relato épico, sino un entramado de violencias, lealtades ambivalentes y resistencias silenciosas.

Lo inquietante es que, doscientos años después seguimos reproduciendo esa lógica de exclusión. La estética del poder continúa centrada en figuras heroicas como Bolívar o Sucre, o en otros militares, líderes políticos y caudillos contemporáneos. Mientras tanto, los gestos cotidianos que sostienen la vida comunitaria, como los de aquellas mujeres sin nombre de la Colonia y de la República temprana siguen relegados a los márgenes.

Junto a Mujer de Plata presentamos esta obra teatral por primera vez en la Casa Nacional de Moneda. La misma fue seleccionada en la tercera convocatoria del Fondo Cultural del Banco Central de Bolivia, obra con la que busco abordar la Independencia desde la investigación y el arte. En ella planteo una pregunta incómoda: ¿qué ha ocurrido con una patria fundada sin sus protagonistas esenciales? La historia oficial, escrita usualmente desde arriba, se ha negado a mirar los cimientos coloniales que sobrevivieron a 1825: racismo estructural, desigualdad de género, extractivismo y un aparato político que se renueva sin transformarse.

Rescatar de los archivos a las mujeres potosinas que no firmaron el acta no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de reparación histórica. Mirar esos silencios es mirar también el presente. Si la Independencia pretende tener sentido hoy, debe hacerlo desde la memoria crítica y desde la pregunta por aquellas vidas que sostuvieron las sociedades sin recibir reconocimiento alguno. Reconocer esto, es una urgente necesidad política. Si queremos pensar una Independencia que no repita jerarquías coloniales, debemos empezar por escuchar esas voces ausentes, revisar los silencios y preguntarnos quiénes quedan fuera de los relatos oficiales. Mi investigación busca justamente abrir ese espacio: recordar que una nación no se construye solo con actos solemnes, sino con la voluntad de mirar de frente aquello que se quiso ocultar.

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