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«Editar para que Bolivia se lea a sí misma» Entrevista con Marcelo Paz Soldán

Marcelo Paz Soldán es una figura clave del ecosistema literario boliviano. Economista de formación, con estudios en La Paz, Estados Unidos, Holanda y Alemania, su vocación por las letras lo llevó a fundar en 1996 editorial Nuevo Milenio, una de las más influyentes del país.

Desde Cochabamba ha impulsado más de 120 títulos, varios de ellos indispensables para comprender la narrativa boliviana de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Fue fundador de la Cámara del Libro de Cochabamba y de la Feria Internacional del Libro de Cochabamba (FILC).

Su trabajo como editor y crítico ha ayudado a articular redes entre autores, lectores y espacios de circulación que fortalecen el campo cultural boliviano.
Esta conversación recorre su oficio, el ecosistema del libro, el lugar de la lectura en la vida pública y los desafíos de editar en la Bolivia de hoy.

Inmediaciones presenta esta entrevista como parte de su compromiso con la difusión de voces que configuran el panorama cultural boliviano. Al abrir este espacio de diálogo con Marcelo Paz Soldán, reafirmamos nuestra vocación por visibilizar el trabajo de quienes, desde la edición, la crítica y la escritura enriquecen el tejido literario del país y promueven una reflexión profunda sobre el lugar del libro en nuestra sociedad.

—Usted viene de la formación económica, pero ha dedicado gran parte de su vida a la edición literaria. ¿Cómo se cruzaron esas dos vocaciones?

—Empecé trabajando como economista, pero en mi casa vivíamos rodeados de libros: mi padre nos legó esa disciplina de lectura. En mi primer empleo me pedían redactar cartas e informes; con el tiempo me encargaron los documentos de consultoría y descubrí que mi obsesión por la claridad y el tono tenía tanto de economía como de literatura. La economía me enseñó a ordenar, a medir costos y riesgos; la edición me enseñó a afinar la mirada, a cuidar cada palabra. En 1996 fundé Nuevo Milenio como un proyecto casi doméstico y terminó desplazando a mi lado economista. Desde entonces edito ficción con una ética de precisión: economía del lenguaje, eficiencia narrativa, inversión a largo plazo en autores. Puede sonar paradójico, pero para mí cuadrar un presupuesto y componer una página comparten una misma búsqueda: que todo esté donde debe estar y nada sobre.

¿Cómo nació la idea de fundar Nuevo Milenio? ¿Qué criterios han guiado su catálogo y su visión como editor?

—Nació en un almuerzo familiar con mi padre y mi hermano Edmundo. Queríamos unir talentos: Edmundo escribiendo, Marcel Ramírez imprimiendo y yo editando. Desde el principio el criterio fue sencillo y exigente: publicar sólo aquello que, por su calidad literaria, pueda reconfigurar la conversación sobre la literatura boliviana. A mí me interesa un catálogo que dialogue con el país real —urbano y rural, migrante y contemporáneo— y que, al mismo tiempo, resista el paso del tiempo. Pienso el catálogo como un mapa: novelas, cuentos, crónicas y ensayos que, juntos, permitan leer Bolivia sin folclorismos ni complacencias. Eso implica edición rigurosa (estructura, estilo, corrección), diseño cuidado y una relación de largo aliento con los autores: acompañarlos libro a libro, no sólo “publicarlos”.

—Desde 1996, ¿cuántos escritores nuevos encontraron su primera oportunidad en Nuevo Milenio? ¿Abrir puertas a voces emergentes fue parte del plan?

—No llevo una estadística fría, pero son algunos. Lo esencial no fue “lo emergente” como etiqueta, sino el nivel de la escritura. Sin esas voces hoy no se entiende el panorama: pienso en Gustavo Munckel, Cecilia Romero, Wilmer Urrelo, Miguel Ángel Gálvez, Aldo Medinaceli, Fabiola Morales, Edmundo Paz Soldán, entre otros. Publicar debuts exige un pacto: el autor confía su primer salto y la editorial se compromete con el proceso —lecturas editoriales duras, reescrituras, tiempos—. Ese riesgo compartido ha dado frutos y ha renovado la narrativa boliviana.

¿Cómo ha sido su relación con antologadores, editores independientes y proyectos colectivos? ¿Qué redes culturales ayudó a construir desde la edición?

—En Bolivia los proyectos editoriales son frágiles; sostenerlos por décadas es casi una rareza. Por eso las alianzas han sido clave: coediciones puntuales, antologías que conectan generaciones, circulación entre ciudades, encuentros y ferias. Hemos tejido redes con libreros, bibliotecas, críticos y gestores para que los libros no queden encapsulados en círculos pequeños. Creo en una idea simple: cada libro funda su propia comunidad de lectores; la tarea del editor es crear las condiciones para que esa comunidad exista y crezca.

¿Qué papel juega la FIL Cochabamba en la circulación cultural del país? ¿Cómo evalúa su evolución?

—La feria de La Paz es hoy la más gravitante; luego viene Santa Cruz. Cochabamba todavía está en construcción, aunque avanza. Cuando impulsamos la FILC la pensamos como un punto de encuentro nacional, una “feria de ferias” que conecte circuitos. Para consolidarla faltan dos cosas: curaduría literaria más ambiciosa —programas que formen lectores, no sólo agendas de firmas— y una política sostenida de ciudad: presupuestos, escuelas, bibliotecas, prensa cultural. Va creciendo, pero a paso corto; ojalá se anime a grandes ligas.

¿Qué autores considera fundamentales para entender la literatura boliviana contemporánea? ¿Qué voces nuevas le entusiasman?

—Me interesa una constelación diversa. Entre los imprescindibles menciono —por razones distintas— a Edmundo Paz Soldán, Liliana Colanzi, Rodrigo Hasbún, Giovanna Rivero, Guillermo Ruiz Plaza. Entre voces que me entusiasman mucho: Gustavo Munckel, Mauricio Murillo, Diego Mattos, Bernardo Paz y Cecilia Romero. Lo fundamental no es “la lista”, sino la energía con la que estos autores empujan la lengua y la mirada sobre el país.

¿Qué significa editar libros en Bolivia hoy? ¿Cuáles son los desafíos urgentes del sector?

—Editamos en un ecosistema frágil: costos de papel e impresión al alza, lectores dispersos, distribución compleja, piratería y una presencia del Estado que compite en lugar de impulsar. A eso sumemos la transformación de los hábitos de lectura y la precariedad de la prensa cultural. Aun así, seguimos: con tirajes ajustados, reimpresiones cuidadas, construcción de catálogo, venta directa y mucha pedagogía con los lectores. Sin romanticismo, pero con convicción.

¿Cómo construir una política editorial con identidad nacional sin caer en localismos ni depender de modelos externos?

—Con una noción de “lo local” que sea porosa y moderna. Ser bolivianos no significa encerrarnos, sino dialogar con la región y el mundo desde una singularidad propia. ¿Cómo se logra? Con edición seria, traducciones, coediciones, circulación de autores, presencia en ferias y, sobre todo, con políticas públicas que respalden ese horizonte. Ir a Argentina o a España no como “sellos sueltos”, sino como un país que sabe qué catálogo propone.

¿Qué rol debería asumir el Estado en lectura, edición y circulación del libro?

—Central. Aplicar la Ley del Libro “Óscar Alfaro”, crear un plan nacional de lectura con metas medibles, realizar compras públicas transparentes para bibliotecas, apoyar la presencia internacional, facilitar exenciones impositivas y fletes, y profesionalizar la cadena del libro con formación técnica. La cultura no es gasto: es infraestructura simbólica.

¿Qué le preocupa de la crítica literaria en Bolivia? ¿Hay espacio para el debate riguroso?

—La crítica es escasa y muy concentrada. La academia privilegia los clásicos y deja a la intemperie lo contemporáneo; los suplementos culturales han disminuido; los lectores, cuando no encuentran crítica, se quedan sin brújula. Necesitamos crítica que acompañe los lanzamientos, relecturas de autores vivos, mesas con desacuerdos y criterios. Sin mediación seria, los libros circulan a ciegas.

Economía cultural y sostenibilidad: ¿se puede vivir de editar en Bolivia?

—Se puede, pero es arduo. Sobrevivimos con mix de ingresos: backlist que sigue respirando, novedades muy trabajadas, presentaciones, venta directa, derechos, talleres, ferias. El editor boliviano es un artesano y un gestor financiero a la vez. No hay cheques en blanco: hay trabajo diario, austeridad y fe en el catálogo.

¿Qué lugar ocupa la investigación en el campo editorial? ¿Cómo profesionaliza al sector?

—El músculo de investigación suele estar en los autores, pero la editorial debe investigar procesos: públicos, edición de estilo, tipografías legibles, estándares de corrección, costeo, métricas de lectura. En nuestro caso, además, exploramos automatizaciones y herramientas de IA para asistir tareas editoriales —siempre al servicio del texto, nunca como atajo—. Profesionalizar es documentar, medir y enseñar lo aprendido.

Con el crecimiento del libro digital, ¿cómo evalúa su impacto en Bolivia?

—El mercado de pago sigue siendo pequeño; lo que hay es un hábito de descarga gratuita. Aun así, el digital abre puertas: lectores fuera del país, accesibilidad, catálogos vivos. Nuestra apuesta es híbrida: cuidar el libro impreso —su diseño, su papel, su presencia en la mesa— y, a la vez, avanzar en catálogos digitales serios. Creo que convivirán mucho tiempo; el papel guarda una experiencia que no es nostalgia, es cuerpo.

Frente a plataformas globales como Amazon, ¿qué rol deben asumir las editoriales nacionales?

—Construir canales propios y eficientes: tiendas en línea robustas, medios de pago amigables, logística clara, servicio posventa, comunicación con comunidad. Si la gran plataforma es autopista, nuestra tienda debe ser la casa a la que se vuelve: información precisa, curaduría, disponibilidad real. No se trata de pelear con el gigante, sino de afirmar una relación directa con el lector.

¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría que le hicieran ahora, aunque incomode?

—¿Cuánto tiempo puede sostenerse una editorial independiente en un ecosistema frágil? Mi respuesta: mientras tengamos lectores que confíen y un Estado que no nos quite el piso. La duración no depende sólo de la voluntad: depende de políticas, de cadenas sanas y de que el país valore su literatura como parte de su educación cívica.

¿Qué le diría al Marcelo joven que empezaba sin saber si habría lectores? ¿Y al Marcelo de mañana?

—Al de entonces: prepárate para un oficio hermoso y severo; aprende a decir que no, a editar con paciencia y a defender el libro por encima de tu vanidad. Al de mañana: no olvides por qué empezaste. Si un día la contabilidad te tapa la vista, vuelve al texto. Ahí está la razón.


* [Esta entrevista fue realizada por Jorge Larrea a Marcelo Paz Soldán en octubre de 2025]

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